“La Casa de los Chinos”: entre memoria, tragedia y leyenda en el Cerro Grande (Parte dos)

Crónicas de mis Recuerdos

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com 

 

En las faldas del Cerro Grande, donde la ciudad parece bajar la voz cuando cae la tarde, la “Casa de los Chinos”, permanece como una herida vieja que nunca terminó de cerrarse, de día, la fachada derruida apenas sostiene el peso de los años; de noche, en cambio, el abandono adquiere otro rostro y se vuelve rumor, sombra, presagio. Quien pasa por allí, no ve solamente muros quebrados y restos de una historia borrada a medias, ve también la memoria de una familia arrancada del sitio, el eco de un tiempo violento, el temblor de una leyenda que ha crecido con los pasos de generaciones enteras. En el imaginario popular, la casa dejó de ser casa para convertirse en advertencia, y aun así, cada cierto tiempo alguien se acerca, la mira desde la distancia, siente algo en el pecho y luego vuelve a contar lo que vio o creyó ver, como si el miedo también necesitara testigos.

La tarde en que esta crónica urbana empieza, el aire olía a tierra seca y a polvo revuelto por el viento; el cerro, inmóvil, parecía observar a la ciudad con una paciencia antigua, muy cerca, por una brecha casi perdida entre piedras y maleza, se movía un muchacho que dijo llamarse Iván y que aseguró haber pasado por ahí porque le habían hablado de un atajo. Cuando vio la silueta de la casa, sintió que en el camino se le enfriaba los pies. “No era una ruina nada más”, murmuró con la mirada clavada en los huecos de lo que alguna vez fueron ventanas. “Se sentía como si alguien siguiera mirando desde adentro. Yo venía riéndome, pero en cuanto me acerqué oí un golpe, como una puerta cerrándose sola”. Nadie pudo comprobar si el golpe existió, el viento, en ese sitio, también sabe mentir con fuerza.

Más adelante, una señora que regresaba del mercado y que se detuvo a descansar junto a la vereda dijo llamarse Doña Estela, no buscaba fantasmas, buscaba sombra, pero al ver la casa, recordó lo que le contaban de niña, cuando los mayores advertían que al caer la noche no se debía mirar demasiado tiempo hacia el cerro: “Mi abuela decía que allí lloraban los que ya no tenían nombre”, contó con voz baja, como si la misma piedra pudiera escucharla. “Decía que en algunas noches se oían pasos, y que, si uno se quedaba quieto, podía distinguir el arrastre de cadenas, aunque nadie estuviera amarrado. Yo no sé si eso será cierto, pero cuando el aire sopla desde el cerro, a uno se le pone la piel de gallina”. Ella hizo la señal de la cruz sin darse cuenta, como quien responde a un reflejo heredado.

La casa, convertida en ruina, ha sido escenario de innumerables versiones, algunas hablan de una familia de origen chino que trabajó la tierra con disciplina y que hizo florecer huertas donde otros solo veían sequedad; otras sostienen que fueron víctimas del odio, del miedo y de la violencia de una época en que el extranjero era sospechoso por el simple hecho de existir. Con el tiempo, la historia dejó de distinguir con claridad entre lo comprobable y lo narrado de boca en boca; pero en el polvo de esa confusión, quedó encendida la leyenda. Por eso, cuando un hombre de unos cincuenta años, que dijo ser taxista y al que aquí se llamará don Rogelio, relató su experiencia, no parecía estar contando un dato sino confesando una carga: “Una vez llevé a tres muchachos hasta cerca del cerro”, dijo. “Iban jugando a hacerse los valientes. Se bajaron para tomar fotos, y uno de ellos empezó a decir que había alguien parado junto al muro. Yo no vi a nadie, pero sí vi cómo se les borró la sonrisa cuando uno juró que aquella figura no caminaba, se deslizaba. Nos fuimos rápido, nadie quiso volver a pasar de noche por ahí”. No es difícil entender por qué esa zona ha alimentado tantas habladurías. El Cerro Grande, con sus manantiales, sus cañadas y sus sendas casi escondidas, siempre ha sido terreno fértil para lo imposible; hay quienes dicen que las aguas que brotan del cerro guardan secretos, que el subsuelo respira, que en las cuevas se esconden restos de una riqueza maldita. 

En las cantinas y en los portales todavía se escucha la versión del tesoro de Villa, el oro enterrado, la fortuna supuestamente escondida entre piedras, como si la Revolución hubiera dejado en esa ladera no solamente muertos y derrotas, sino también una promesa envenenada de abundancia; fue precisamente esa promesa la que llevó a un antiguo albañil, de nombre Jacinto, a hablar con una seriedad que parecía venirle de una sustancia dolorosa. “Yo no creo en brujas”, dijo, “pero sí en la codicia. Y la codicia ha destruido más cosas que cualquier fantasma. He visto gente cavar cerca de la casa como si allí fuera a salir un cofre. Lo que salen son más piedras sueltas, más daño al muro, más silencio. Hay algo triste en ver cómo un lugar que ya sufrió tanto sigue siendo herido por los vivos”.

Entonces apareció la voz de una joven estudiante, Andrea, que subía el cerro con un grupo de amigas para grabar un video que jamás terminó de publicarse, ella no hablaba como quien cree, sino como quien todavía no sabe si debe creer: “Yo no sentí miedo al principio”, recordó. “Nos reíamos, hacíamos bromas, pero al llegar a la casa todo se puso raro. Se escuchó como un gemido, aunque pudo ser el viento. Una de mis amigas dijo que vio una sombra en la puerta. Otra se puso blanca y me dijo que alguien estaba detrás de nosotras, cuando volteamos, no había nadie, o eso pensé. Pero luego, al revisar la grabación, se oye algo que no supimos explicar. Una voz bajita, no se entiende lo que dicen, desde entonces, ya no subo por ahí”. Su relato, como tantos otros, no ofrece pruebas concluyentes, ofrece, en cambio, la textura exacta del sobresalto.

A media tarde, un anciano que caminaba con bastón y que dijo haber vivido toda su vida en las cercanías se detuvo frente a la casa con una lentitud solemne. Se llamaba Eusebio. Al verlo, parecía que no miraba una ruina sino una lápida abierta. “Esa casa no está vacía”, aseguró. “La gente cree que está sola porque se le cayeron los techos, pero en realidad está llena de recuerdos. Mi padre me contaba que por las noches se veían luces adentro, como si alguien encendiera lámparas en habitaciones que ya no existen. También decía que había perros que no se atrevían a ladrar cuando pasaban por ahí. Los animales saben antes que la gente cuándo un sitio guarda dolor”. Luego hizo una pausa larga, tanto que parecía escuchar el propio silencio. “No digo que haya aparecidos”, agregó, “pero sí digo que hay lugares donde la tristeza se queda prendida como humo” …esta crónica continuará.

“La Casa de los Chinos”: entre memoria, tragedia y leyenda en el Cerro Grande”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII, adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) y si está interesado en los libros, mande un WhatsApp al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.

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