
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
En las faldas del Cerro Grande, donde el viento parece arrastrar voces antiguas entre la tierra seca y los matorrales, la “Casa de los Chinos” permanece como una herida abierta en la memoria de la ciudad, su figura, deshecha por el tiempo, no inspira solamente abandono, sino una especie de temor sagrado, como si las piedras que aún resisten supieran más de dolor que de ruina. De día, la casa parece un resto triste de lo que alguna vez fue refugio; de noche, en cambio, se transforma en presencia, en sombra, en amenaza. Nadie que pase por sus alrededores, puede evitar la sensación de que algo lo observa desde los huecos de las ventanas rotas, desde los corredores sin techo, desde el polvo inmóvil donde el pasado no termina de morir. Allí, en ese sitio donde la historia fue arrancada con violencia y la memoria quedó enterrada bajo el silencio, han nacido relatos que se repiten de boca en boca como plegarias torcidas, como advertencias que nadie se atreve a desobedecer del todo.
La primera historia, la contó un joven que, por valentía o por imprudencia, decidió subir una tarde por la vereda que conduce hacia la casa; dice que al principio caminaba riendo, despreocupado, convencido de que todo lo que se decía del lugar era exageración de gente mayor. Sin embargo, al llegar frente a los muros quebrados, sintió que el aire se volvía más frío, y que el ruido de la ciudad desaparecía por completo, como si el cerro hubiera cerrado la boca de la tarde. Entonces escuchó un golpe seco desde el interior de la ruina, como una puerta que se cerraba con furia; miró alrededor y no vio a nadie, después vio una figura inmóvil junto a lo que alguna vez fue una ventana, no distinguió rostro ni ropa, sólo una silueta oscura, más densa que la noche misma. Quiso correr, pero sus piernas tardaron en responder, como si la tierra lo sujetara desde abajo, sin embargo, desde aquel día asegura que, cada vez que cierra los ojos, vuelve a escuchar ese golpe, y que en la oscuridad de su cuarto hay una respiración que no pertenece a nadie.
La segunda historia, pertenece a una anciana que vivía en las cercanías y que juraba haber escuchado desde niña que la casa no estaba vacía; su abuela le había dicho que allí se quedaron prendidos los lamentos de una familia arrancada del sitio, y que las paredes, aunque caídas, seguían guardando el eco de los que fueron expulsados por el odio y la codicia. “Hay lugares donde el dolor no se va”, decía la viejita. “Se queda esperando” y una noche, al regresar tarde con una canasta de pan, la anciana vio una luz tenue moviéndose detrás de las ruinas, como si alguien llevara una vela por un pasillo invisible. Pensó que era una ilusión, pero entonces escuchó un murmullo, un canto bajo, triste, en una lengua que no reconoció. No huyó de inmediato, primero sintió una pena profunda, como si la tristeza del lugar se le hubiera metido en el pecho; sólo después, cuando el murmullo se convirtió en un gemido largo y casi humano, se santiguó y echó a correr sin mirar atrás, nunca volvió a pasar por ese camino al anochecer.
La tercera historia, la narró un taxista que juraba no creer en fantasmas hasta que una madrugada llevó a tres muchachos hasta las cercanías del cerro; ellos iban entre risas, burlándose de las leyendas del barrio, prometiendo tomar fotografías de la casa para demostrar que no había nada sobrenatural, bajaron del vehículo con esa insolencia que da la juventud cuando todavía no ha sido tocada por el miedo. El conductor, sin embargo, percibió desde el principio que algo estaba mal, el aire era demasiado quieto, las sombras demasiado largas; los muchachos, caminaron unos pasos y uno de ellos se detuvo de golpe. Dijo que había alguien junto al muro, los otros no vieron nada, pero el taxista sí notó en el espejo retrovisor una figura que parecía deslizarse detrás del asiento trasero, apenas un destello oscuro, una presencia fugaz y cuando los jóvenes regresaron al auto estaban pálidos, temblando, y ninguno volvió a bromear. El más valiente de los tres, confesó después que había sentido que la casa lo llamaba por su nombre.
No muy lejos, una mujer que se identificó como Nancy, vecina de un fraccionamiento cercano, relató una experiencia que terminó por volverse comentario de familia. Una noche volvió tarde del trabajo y, al pasar por el camino que bordea el cerro, sintió que alguien caminaba tras ella. Acelerar no sirvió; el sonido de los pasos seguía su ritmo. “Yo traía música en el celular”, contó. “La apagué para escuchar mejor y ahí fue cuando oí algo horrible: como si arrastraran las uñas por una lámina. Me regresé temblando. Cuando llegué a la esquina me animé a voltear, y vi una figura delgada junto a la entrada de la casa. No tenía cara. O no se la vi. Sólo estaba ahí, inmóvil, como si me estuviera esperando”. El relato se deshace en el borde de lo increíble, pero en la ciudad abundan historias así, historias que nadie documenta y que todos repiten con un gesto de solemnidad involuntaria.
La última historia la dio una mujer mayor conocida en el barrio como “La China Lupe”, no por su origen, sino porque la tradición popular terminó por convertirla en guardiana de relatos viejos, ella sostuvo, con una calma que imponía respeto, que la casa no está vacía y que nunca lo estuvo del todo. “Lo que hay allí no son sólo ruinas”, dijo. “Es lo que el tiempo no pudo borrar”, según ella, cada pared caída, conserva el eco de una voz, cada grieta guarda una pena, cada sombra del cerro levanta la memoria de lo que se quiso esconder, por eso, cuando cae la noche y la ciudad se recoge en su propio silencio, la “Casa de los Chinos” parece crecer dentro de la oscuridad, como si se alimentara del miedo ajeno. No es solamente una construcción abandonada, es una advertencia, una herida, una historia que se negó a morir, y que sigue caminando en la imaginación de quienes pasan cerca y sienten, sin saber por qué, que alguien los mira desde el polvo. Y así permanece, inmóvil y terrible, sosteniendo en sus huesos de adobe el peso de lo que fue, de lo que se perdió, y de lo que jamás quiso irse del todo. La Casa de los Chinos no necesita alzar la voz para estremecer, le basta el silencio, le basta la noche, le basta la imaginación de una ciudad que todavía se detiene al pasar frente a ella. Porque hay lugares que no se derrumban por completo, quedan en pie dentro del miedo de los demás. Ojalá alguna autoridad o grupo se interese por conservar este “monumento mítico urbano” para que las siguientes generaciones conozcan más a acerca de esta tan misteriosa casa.
“La Casa de los Chinos”: entre memoria, tragedia y leyenda en el Cerro Grande”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII, adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) y si está interesado en los libros, mande un WhatsApp al 614 148 85 03 y con gusto le brindamos información.