
De todos es sabido que el fin de semana, en la sierra de Chihuahua se realizó un operativo que desmanteló la capacidad industrial del crimen organizado. Sí, porque no eran fogones de ocasión, ni estufas de leña, ni una tina y dos bidones con químicos, ni campamentos de paso; se trata de instalaciones con infraestructura, insumos y logística para producir drogas a gran escala. Y no cualquier tipo de droga —hablamos de ese asesino del que tanto se queja, y con razón, el presidente Trump—: meta.
En síntesis: en la sierra de Chihuahua se hizo pomada una infraestructura del narco. Un golpe de verdad. Uno que duele, que desangra cuentas bancarias y que rompe cadenas de mando, porque, a la postre, es también dinero que deja de fluir, control territorial que se debilita y violencia que —al menos por un tiempo— pierde combustible. Ése es el hecho. Lo demás es ruido, zumbido de mayates.
En este país de imbéciles luminosos (o iluminados), preferimos la narrativa a la realidad; por eso el ruido llegó puntual (y no creo que sea casual). Abejorros y moscas, opinadores de ocasión, filtradores profesionales, estrategas de café, zumbando alrededor del evento, sustituyendo los datos —o francamente ignorándolos— por la insinuación, vía cambiar el expediente por el adjetivo. Esos mentecatos que confunden un titular con la realidad, la sospecha con la prueba y el ignaro comentario con aires dogmáticos. Así, mientras unos cuantos valientes ponen alma, vida, cerebro y honra sobre la mesa para desmantelar laboratorios clandestinos, una jauría de pendejos se dedica a olfatear sangrecita. Aquí es donde empieza el carnaval de las gallinas.
Sin embargo, hay algo más que esos pobres infelices no ven, porque no quieren, porque no saben, porque no pueden o porque no entienden: el silencio revelador. Porque en ese operativo estaba el Ejército; y aquí conviene dejar de fingir. En México, el combate al narcotráfico es competencia federal, y cuando hay presencia militar en campo, en terreno serrano, con objetivos de ese tamaño, no se está de paseo; se está donde se decide estar. De ahí se desprende una inferencia que no es capricho ni bravata, sino implacable lógica operativa: si el Ejército estuvo en campo ese día, como todo mundo lo reconoce, su papel no pudo ser marginal… en ningún sentido.
Y no, no, no, no, no es acusación, es claridad; porque la cadena de mando no es un detalle técnico menor; es, al fin de cuentas, responsabilidad; y no obstante, en estos momentos se habla de todo, menos de eso. Metidos en la fábula de una novela gringa malhecha: que si los agentes de la CIA, que si la filtración, que si el guiño desde Washington… ¡Mierda! Se habla de todo, menos de la pregunta que ordena el caso: ¿quién condujo efectivamente el operativo? ¿Quién es corresponsable?
Porque, estuviera al mando o no, ¿qué estaba haciendo el Ejército? O sea, ¿no sabían nada, nada, nada, nada, nada? (aquí aparece el general Ricardo Trevilla, titular de SEDENA, para decir: “que no, que no”). Insisto, ¿qué estaba haciendo? Porque me queda claro que el único responsable de informar a Claudia Sheinbaum es ese Ejército. Estuviera a cargo o no. ¿Entonces? ¿Sí sabía la presidente o no? Porque si sí, lo suyo es un montaje fenomenal cargado de hipocresía (de esos que nos receta a diario); y si no, “Houston tenemos un problema”. ¿Por qué nadie le informa? ¡Pobre mujer!
El silencio no es casual. Es cómodo. Es más sencillo hablar a lo baboso que sostenerse en una postura. En todo caso, es más rentable repartir culpas en el aire; y en medio de esa orgía de mediocridad, está el Fiscal, el tipo que hizo lo que tenía que hacer y actuó dentro de su ámbito. Por eso mi aplauso al Fiscal Jáuregui, el único con redaños aquí, que no se esconde y a cara descubierta (sí debería ponerse una cremita de vez en cuando) está, prácticamente solo, capeando el temporal. Ése, el generado por la polvareda de quienes no quieren ver los hechos, tienen miedo a enfrentarlos o ven “raja” política y prefieren deslindarse, mientras toman aromático café en sus oficinas de palacio.
No nos equivoquemos, el signo en este asunto es la pereza intelectual o la mala fe y el Fiscal no es el pararrayos de la cobardía política. No hay nada más miserable que ver a funcionarios que, en vez de acuerparse con quien deben, nadan en la indolencia y el valemadrismo vulgar sin ver que —aquí y ahora—, el tema es cerrar filas. Nada más torpe que creer que debilitar al Fiscal fortalece al gobierno por que no. No lo fortalece ni tantito, lo fractura, lo exhibe, lo convierte en presa fácil, porque hay que decirlo con todas sus letras: en Chihuahua, la máxima autoridad es María Eugenia, y cualquier crisis de esta naturaleza le pega primero a ella, porque en Chihuahua hay una sola cabeza política visible y toda crisis, inevitablemente, sube hasta ella; quien golpea abajo, golpea arriba. De modo que quien decide alimentar el ruido o sonreír a lo idiota para “no tener pedos” es un mezquino, porque no está siendo astuto, está siendo desleal e irresponsable… o peor, oportunista. Carroñero.
Ése es el personaje más despreciable de esta historia: el traidor con vocación de necrófago. El que pretende pescar en río revuelto, el que convierte un gran golpe contra el crimen en moneda de cambio, el que no busca transparencia ni verdad sino ventaja.
En medio de esa bulla infernal, conviene regresar a lo básico y tener en mente a quien destruye laboratorios e incide favorablemente en la realidad; a quien no tiene miedo (y si lo tiene se aguanta); a quien se queda firme como una roca (y hasta parece una) viendo cómo ladran los perros… o van a esconderse tras las faldas de una mujer, a beber cafecito mañanero en sus cuencos.
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Luis Villegas Montes.