
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Hay topónimos que nacen en la piedra y topónimos que nacen en la voz; hay lugares que se llaman por lo que son, y otros por lo que evocan, “La Cantera” parece pertenecer a ambos mundos, al mineral y al lenguaje, a la materialidad y al recuerdo hoy, cuando se pronuncia el nombre del arroyo, no se piensa solamente en una corriente de agua, sino en todo un sistema de vida urbana en los barrios antiguos, que crecieron cerca de su cauce, en las familias que se asentaron en sus alrededores hacia 1900, en los trabajadores que vieron en la piedra una oportunidad de sustento, en los mapamundis locales que fueron creciendo y estrechándose a la vez, en la ciudad pequeña de 1905, y en la metrópoli extendida de hoy, tan distinta y tan semejante al mismo tiempo.
Así, el arroyo de La Cantera sigue siendo una presencia doble, visible en el nombre de la avenida, invisible bajo el concreto; antigua en su origen, moderna en su uso, delicada en su memoria, brutal en sus inundaciones; humilde en su cauce, enorme en su significado. Y quizá por eso, al hablar de él, no se habla sólo de un arroyo, sino de una ciudad entera que aprendió, entre la cantera y la tormenta, que la historia también corre por los cauces que ya no vemos. En el Chihuahua antiguo, cuando todavía se llamaba San Francisco de Cuéllar y la ciudad respiraba alrededor del Chuvíscar y del Sacramento como un cuerpo estrecho, frágil y todavía joven, el arroyo de La Cantera era sólo un cauce natural, un hilo de agua obediente al relieve y a las lluvias, no una avenida, no una frontera de concreto, no una arteria de velocidad, sino una vena abierta de la geografía.
Los mapas de 1922 muestran una capital pequeña, contenida, casi tímida frente a su propio porvenir; al norte la detenía el antiguo cauce del río, hoy canal del Chuvíscar, y al sur, apenas alcanzaba el entorno de la antigua penitenciaría.
El territorio habitado se reducía a colonias como Centro, Obrera, Pacífico, Cerro Coronel, y quizá la Popular, mientras Santo Niño, San Rafael y San Felipe aún no extendían su nombre sobre la mancha urbana.
En ese paisaje de llanura, adobe y polvo, el arroyo no era todavía la cicatriz moderna que hoy conocemos, sino un desagüe prudente, una modesta franja de escurrimiento que llevaba aguas pluviales hacia el Chuvíscar, sin embargo, junto a esa modestia geográfica, ya latía la ciudad futura, la bonanza minera e industrial, empujó a la población hacia nuevos barrios y colonias periféricas, y hacia 1900 comenzaron a nombrarse La Industrial, Santo Niño, Plan de Álamos, Obrera, San Felipe Viejo, Palomar, Pacífico y Ranchería Juárez, entre otras, como si la ciudad se estuviera desbordando de sí misma y aprendiera a crecer desde sus bordes. Allí, en la ladera, el Palomar fue vereda, fue refugio, fue patria chica; el barrio surgió en 1901, entre pastizal, matorral y clima semiárido, y sus primeros habitantes levantaron casas humildes, elaboraron adobes, bajaron al río por agua y trabajaron la cantera como quien trabaja una esperanza dura, áspera y blanca. El arroyo, entonces, era vecino y destino; no sólo bordeaba la vida, la condicionaba.
Pero la memoria de Chihuahua no se escribe sólo con planos, sino con desastres; no sólo con barrios, sino con heridas, en agosto de 1932, la ciudad, todavía pequeña, todavía poco urbanizada, todavía con arroyos “desnudos” y sin canalizar, recibió un aguacero histórico que volvió rebeldes a los cauces: La Canoa, Manteca, Santa Rita, El Mimbre y otros arroyos desataron su furia y la condujeron al Chuvíscar, que creció hasta desbordarse y arrancó alrededor de setenta casas del borde urbano, mientras la lluvia seguía cayendo como si el cielo no conociera el cansancio. La crónica de aquel día no habla con voz neutra, ruge. Habla de techos arrancados, de talleres arrastrados, de familias que corrían, de niños que lloran, de una ciudad entera descubriendo, con espanto, que el agua no pide permiso para cobrar sus deudas. Y, décadas después, la historia repetiría su golpe el 22 de septiembre de 1990, una tromba feroz descargó más de 100 milímetros de lluvia en pocas horas, llenó los cauces, hizo del arroyo de La Cantera una corriente súbita, dejando 47 muertos, 10 desaparecidos, más de 12 mil damnificados y cientos de viviendas dañadas, con colonias como Santa Rita, Pacífico, Rosario, Emiliano Zapata, arroyo de los Perros, Arroyo de la Cantera, Francisco Villa, Revolución, Las Granjas, Ignacio Allende y Campesina entre las más golpeadas.
Entonces el nombre del arroyo dejó de ser un dato topográfico para volverse advertencia, y la ciudad, que durante años había convivido con la ilusión de domar su entorno, tuvo que aceptar que el agua, cuando despierta, no negocia. De ahí que la canalización posterior no fuera sólo una obra de ingeniería, sino una confesión urbana, el Arroyo de la Cantera, fue encauzado y embovedado en tramos, y sobre su curso se levantó la Vialidad La Cantera, incluso con el tramo entre el Periférico de la Juventud y la avenida Río de Janeiro ya cubierto, mientras en años recientes el municipio impulsó proyectos formales de encauzamiento para contener los daños pluviales.
Sin embargo, en ese gesto de concreto hay una ambivalencia dolorosa, se ganó tránsito, sí, pero se perdió visibilidad; se ganó velocidad, sí, pero se borró parte del trazo original; se ganó modernidad, sí, pero a costa de cubrir la memoria del cauce.
Y es precisamente ahí donde la discusión sobre el nombre de Víctor Cruz Russek se vuelve más que administrativa, se vuelve ética, simbólica, casi dramáticamente cívica. El Ayuntamiento de Chihuahua aprobó en abril de 2026, agregar nombres honoríficos a tres vialidades, y en el caso de La Cantera la formulación oficial habló de incorporar “Víctor Cruz Russek” al nombre de la avenida, no de borrar de golpe el topónimo histórico; la propia información municipal y periodística la presentó como una adición, una adhesión, una convivencia nominal, pero la legalidad no se agota en el entusiasmo del homenaje. El Reglamento de Desarrollo Urbano Sostenible del Municipio de Chihuahua establece que, el nombre propuesto, si es propio, debe corresponder a una persona fallecida, que, sólo puede modificarse el nombre de una vía pública por motivos técnicos, como duplicidad o ajuste al sistema de ejes rectores; que el Ayuntamiento debe salvaguardar la continuidad del nombre de una vía en toda su longitud, y que, la dirección debe emitir certificaciones con estudio histórico de factibilidad. Allí está la llave del juicio, la norma no parece hecha para caprichos, sino para continuidad; no para sustituir memorias, sino para ordenarlas; no para improvisar, sino para justificar. Por eso, aunque puede defenderse que un ciudadano distinguido reciba reconocimiento, no parece justo que la raíz histórica de La Cantera quede subordinada, desplazada o domesticada por el nombre de un empresario reciente.
La ciudad no es una página en blanco donde el poder escriba y borre a placer; es un archivo vivo donde cada nombre conserva un suelo, una historia, un barrio, un arroyo, una herida. Y si alguna vez la toponimia debe abrir espacio al homenaje, ese homenaje tendría que caminar con humildad, no con imposición; sumar sin sepultar, añadir sin arrasar. En ese sentido, la defensa de La Cantera no es nostalgia vacía, es defensa de la proporción histórica, porque el nombre “La Cantera” no nació para honrar una fortuna, sino un paisaje y una práctica material del territorio, y porque en barrios como Palomar, la cantera fue trabajo, sustento y memoria, incluso entre los primeros asentamientos y los oficios que daban forma a las casas humildes y a la vida cotidiana. Por eso, si la pregunta es si es justo reemplazar el nombre histórico por el de Víctor Cruz Russek o añadirlo, la respuesta más honesta es no; no sería justo borrar la memoria geográfica para elevar otra memoria, por valiosa que ésta pretenda ser. Si la pregunta es si puede aceptarse una adición honorífica sin anular el nombre original, entonces sí, pero con una condición severa, que La Cantera siga siendo La Cantera, porque los nombres que nacen del agua, de la piedra y del tiempo no deberían rendirse ante la urgencia del aplauso.
Fuentes: Archivo Histórico del Municipio de Chihuahua, Profesor Rubén Beltrán Acosta. Ciudad de Chihuahua, Apuntes Históricos. Zacarías Márquez Terrazas. Libros Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas I y II.