
Yo creo que a todos nos ha pasado ese momento en el que la brújula se vuelve loca. Apunta para todos lados, mientras uno se queda detenido, esperando que reaccione para poder avanzar, porque asumimos que sin dirección no vamos a ningún lado.
Cuando viajo, me gusta caminar. Evito el transporte en la medida de lo posible, porque siento que caminando conozco más, veo más, registro más. Pero la cosa cambia cuando hay que decidir. Cuando se trata de amor, de trabajo, de relaciones, de liderazgo o de seguir instrucciones, entonces buscamos algo más: una guía, una señal, alguien que valide nuestras decisiones, nuestras intuiciones… o incluso nuestras locuras.
Siempre nos enseñaron que el equilibrio es calma, es paz, es orden. Pero no. El equilibrio real no es quieto. Se mueve. Se pierde, se recupera, se vuelve a perder. Y así. Hay una frase que me persigue desde hace tiempo: “perder el equilibrio también es parte de tenerlo”. Y no habla solo de amor. Habla de todo. De la vida, del trabajo, de los vínculos, de uno mismo.
Y entonces aparece otra incomodidad. La de no encajar. Porque cuando tus valores siguen siendo los mismos —la lealtad, la honestidad, el compromiso— pero el entorno cambia… te cuestionas. No porque dudes de lo que eres, sino porque no encuentras eco. Y eso pesa. Pesa en lo personal. Y pesa más en lo profesional. Porque hay lugares donde hacer bien las cosas incomoda, donde destacar molesta, donde trabajar más no es virtud… es amenaza. Y entonces te preguntas: ¿me detengo?, ¿me adapto?, ¿me apago? Y ahí, otra vez… el equilibrio se tambalea. Porque no se trata de cuánto das, se trata de dónde estás.
Una orquesta puede tener músicos extraordinarios… pero si no hay dirección, no hay armonía. Y no es culpa de quien toca bien. Es falta de conducción. Y eso también descoloca. Porque no siempre puedes ordenar lo que te rodea, pero sí tienes que decidir cómo te colocas tú. Y eso implica aceptar algo incómodo: no todos los espacios están hechos para sostenerte, no todos los vínculos saben recibirte, no todos los entornos quieren que brilles. Y no pasa nada. Pero sí pasa… si te quedas.
Perder el equilibrio no siempre es caer. A veces es darte cuenta. De que estás dando de más, de que estás sosteniendo sola, de que estás insistiendo donde ya no hay. Y ahí, justo ahí, empieza el verdadero ajuste. No el externo. El interno. El que te obliga a moverte, a soltar, a reacomodarte. Aunque incomode. Aunque duela. Aunque no encaje con la idea de “cómo debería ser”. Porque quizá el equilibrio no es permanecer igual. Es saber cambiar de lugar cuando ya no hay armonía.
Y en ese proceso hay algo que también es necesario entender: lo que no cambias, lo estás aceptando. A veces no por elección, sino porque no hay una salida inmediata, porque las cuentas no esperan, porque moverte también desata caos. Pero incluso en la tormenta, el barco encuentra momentos de estabilidad. Y ahí —justo ahí— aparece la responsabilidad. La de cambiar algo. Con miedo o sin él.
Porque al final, vivir también implica eso: atreverse a moverse, a saltar, a sumergirse, y aun así… seguir. Porque el equilibrio no es un lugar al que se llega. Es la decisión constante de no traicionarte aunque todo alrededor te pida lo contrario.