
México padece una miseria más honda que la económica: la pérdida de la dignidad humana. El antiguo ciudadano, celoso de su libertad y de su trabajo, ha sido reducido a cliente electoral; por una despensa menguada, por unas monedas depositadas cada bimestre y por promesas de redención terrenal, muchos han trocado su conciencia por dependencia. No se les gobierna ya como hombres libres, sino como multitudes adiestradas. Ya advertía la Sagrada Escritura: “El que toma prestado se hace siervo del que presta” (Proverbios 22,7).
La Doctrina Social de la Iglesia enseña que la dignidad del hombre nace de ser criatura de Dios y no pieza de un aparato político mientras que el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “la dignidad de la persona humana radica en su creación a imagen y semejanza de Dios” (CEC 1700). Asimismo, el principio de subsidiariedad advierte que el Estado no debe absorber aquello que corresponde a la familia, a la comunidad y al trabajo libre.
Conviene hablar con verdad: la ayuda temporal al necesitado no es pecado; pecado es convertir la necesidad en instrumento de dominio político; pecado es fabricar pobreza para eternizar la obediencia electoral; pecado es acostumbrar al hombre a vivir de la dádiva antes que del fruto de sus manos. San Pablo habló con severidad: “El que no quiera trabajar, que no coma” (2 Tesalonicenses 3,10). Tal sistema engendra servidumbre moral, corrupción pública y silencio cómplice ante el saqueo del erario. La encíclica Centesimus Annus, de San Juan Pablo II, advirtió que el “Estado asistencial” termina por quitar responsabilidad a la sociedad y multiplica gastos públicos dominados más por lógica burocrática que por verdadero servicio humano.
Durante décadas, los gobiernos mexicanos, de diversos colores y doctrina, prometieron combatir la pobreza multiplicando programas asistenciales. Empero, el pueblo continúa pagando impuestos cada vez más pesados, mientras la inflación devora salarios y la inseguridad consume regiones enteras; el pobre sigue siendo pobre, mas ahora también depende psicológicamente del poder civil. El asistencialismo no edificó industrias vigorosas, ni fortaleció el campo, ni impulsó ciencia, ni consolidó empleos dignos, sólo perfeccionó la maquinaria clientelar. El libro del Eclesiástico enseña: “Más vale morir que mendigar” (Eclesiástico 40,28), exaltando la honra del trabajo y la responsabilidad personal.
Muchos católicos han caído igualmente en la confusión moderna del liberalismo: creen que el Estado es providencia absoluta y no simple administrador temporal. Han olvidado que el poder civil posee límites morales y que ninguna autoridad puede ocupar el lugar de Dios, de la familia o del trabajo honrado. El cristiano no debe vender su voto ni su conciencia por beneficio pasajero alguno; antes bien, ha de procurar justicia verdadera, emprendimiento, formación y caridad auténtisin
México no saldrá de su abatimiento repartiendo migajas perpetuas, sino formando hombres libres, capaces de crear riqueza, defender la verdad y sostener a sus familias con dignidad. El gobernante justo no compra voluntades: crea condiciones para el trabajo, la inversión y el desarrollo regional. Y el ciudadano virtuoso no mendiga eternamente al César aquello que puede conquistar con esfuerzo, comunidad y fe.
Abramos, pues, los ojos antes que la nación termine de cambiar su libertad por una despensa y su alma por subsidios temporales.
Por, Sergio Bolio.