
M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega
Docente universitario en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Facultad de Economía Internacional e Ingeniería.
Cuenta una historia que dos aprendices de navegación zarparon el mismo día del mismo puerto. El primero aprendió a leer las estrellas, a interpretar el viento, a entender la relación entre la profundidad del agua y el color del mar. El segundo aprendió a operar el sistema de posicionamiento más avanzado de la época: rápido, preciso, confiable. Durante años navegaron juntos sin problema visible. Un día, en alta mar, el sistema falló. El primero llevó el barco a puerto sin instrumentos electrónicos. El segundo, con toda su habilidad operativa intacta, no supo en qué dirección estaba la costa.
Esa parábola no es sobre tecnología. Es sobre lo que ocurre cuando formamos operadores en lugar de pensadores. Y es, en este preciso momento, la pregunta más urgente que Chihuahua debería hacerse antes de celebrar la llegada de cada nueva herramienta digital: ¿estamos formando personas capaces de pensar, o solo personas capaces de seguir instrucciones muy sofisticadas?
El nuevo analfabetismo no será tecnológico
En el siglo XX, el analfabetismo significaba no saber leer ni escribir. En el siglo XXI, la forma más peligrosa de analfabetismo puede ser mucho más sutil: saber operar herramientas inteligentes sin comprender cómo evaluar lo que producen. Una persona puede escribir un prompt, generar un análisis, producir una presentación ejecutiva y, al mismo tiempo, ser incapaz de detectar un error lógico en el argumento que acaba de publicar. Esa es la paradoja central de la inteligencia artificial en la educación: puede aumentar la capacidad operativa de una persona mientras oculta, silenciosamente, la pobreza de su razonamiento.
La UNESCO lo ha articulado con claridad en sus marcos de competencias publicados en 2023 y 2024. Tanto el AI Competency Framework for Students como el AI Competency Framework for Teachers parten de una premisa común: los sistemas educativos no deben preparar a los jóvenes para ser consumidores pasivos de inteligencia artificial, sino agentes con criterio, con conciencia ética y con la capacidad de interrogar la tecnología en lugar de obedecerla. El término que ambos documentos priorizan no es «uso». Es ºagencia». La diferencia entre ambas palabras define dos proyectos educativos radicalmente distintos.
La OCDE, en su informe AI and the Future of Skills (2021), añadió una dimensión económica al argumento: las habilidades cognitivas de orden superior —evaluación crítica, razonamiento causal, síntesis de información compleja— son precisamente las que los sistemas de automatización tienen mayor dificultad para replicar. En otras palabras, la capacidad de pensar críticamente no es solo una virtud intelectual. Es una ventaja competitiva estructural en la economía de la inteligencia artificial.
La IA no elimina la necesidad de pensar: la hace más urgente
Hay una idea peligrosa que circula con creciente naturalidad: creer que mientras más poderosa sea la inteligencia artificial, menos necesitaremos pensar nosotros. El razonamiento parece lógico en superficie. Si la máquina puede calcular, sintetizar, redactar y analizar, ¿para qué desarrollar esas capacidades en profundidad? La respuesta requiere entender cómo funciona realmente la IA, no cómo la imaginamos.
Un sistema de inteligencia artificial generativa no razona. Predice. Identifica patrones en datos masivos y genera salidas estadísticamente probables dada una entrada. Eso puede producir textos elegantes, diagnósticos plausibles y análisis coherentes. Pero también puede producir errores factuales formulados con total confianza, argumentos circulares disfrazados de lógica, y conclusiones que reflejan los sesgos del corpus con el que fue entrenado. Sam Wineburg, profesor de educación en Stanford y director del Stanford History Education Group, ha documentado cómo incluso estudiantes universitarios de alto rendimiento tienen dificultades para distinguir fuentes confiables de desinformación sofisticada cuando evalúan información digital. Si eso ocurre con fuentes humanas, la complejidad se multiplica cuando la fuente es un sistema que genera texto con fluidez pero sin comprensión.
La inteligencia artificial reduce el costo de producir respuestas. Pero eleva dramáticamente el valor de formular preguntas de calidad. Quien llega a una herramienta de IA con pensamiento crítico desarrollado obtiene un multiplicador de su criterio. Quien llega sin él obtiene un multiplicador de sus errores. El sistema no discrimina entre ambos. Esa discriminación es, y seguirá siendo, tarea humana.
La inteligencia artificial puede generar una respuesta en segundos. Solo un ser humano que piensa puede saber si esa respuesta vale algo.
Pensar bien es una disciplina, no un talento
El pensamiento crítico tiene mala prensa porque se confunde frecuentemente con escepticismo generalizador, con opinar fuerte o con desconfiar de todo. En realidad es una disciplina intelectual precisa. Peter Facione, en el informe Delphi que se convirtió en referencia estándar para la educación superior en 1990, definió el pensamiento crítico como el juicio autorregulatado y deliberado que se manifiesta en la interpretación, el análisis, la evaluación y la inferencia de información. Richard Paul y Linda Elder, de la Foundation for Critical Thinking, lo operacionalizaron de manera aún más directa: pensar críticamente es el arte de analizar y evaluar el pensamiento propio con el fin de mejorarlo. No es una capacidad innata. Es una habilidad que se construye con práctica deliberada, del mismo modo en que se construye cualquier otra competencia compleja.
Eso significa que se entrena. Se entrena leyendo textos largos que exigen sostener atención y rastrear argumentos a lo largo de páginas, no de párrafos. Se entrena escribiendo con argumento propio y defendéndolo públicamente. Se entrena comparando fuentes, detectando contradicciones, aceptando la complejidad sin buscar el atajo de la respuesta fácil. Se entrena, en resumen, en todo lo que la economía de la inmediatez digital castiga implícitamente: la pausa, la duda productiva, el «no sé todavía, necesito revisar mejor». En un entorno donde todo premia responder rápido, defender el espacio para pensar despacio es ya un acto de resistencia intelectual.
Chihuahua frente a una oportunidad que no se repite
Este debate tiene en Chihuahua una dimensión de urgencia que pocas regiones del país comparten con igual intensidad. De acuerdo con datos de la Secretaría de Economía, el estado acumuló al segundo trimestre de 2024 más de 1,076 millones de dólares en inversión extranjera directa, con 251 millones correspondientes a nuevas inversiones, posicionándolo como líder nacional en captación de capital fresco. El nearshoring continúa trayendo plantas de manufactura avanzada, operaciones tecnológicas y servicios de alto valor añadido que requieren algo que ningún parque industrial puede construir por sí solo: talento capaz de pensar bajo presión, aprender continuamente y evaluar decisiones en entornos de alta incertidumbre.
El Foro Económico Mundial, en su Future of Jobs Report 2025, identifica el pensamiento analítico como la habilidad más demandada por los empleadores globales para el período 2025–2030, seguido del pensamiento creativo, la resiliencia cognitiva y la inteligencia emocional. Significativamente, ninguna de las cinco habilidades más valoradas en ese reporte es una habilidad técnica. Son, todas ellas, capacidades cognitivas y humanas que se forman en años de educación de calidad, no en semanas de capacitación en plataformas. Chihuahua puede atraer inversión indefinidamente. Pero si no forma el tipo de talento que esa inversión requiere en su nivel más exigente, la región seguirá siendo un destino para la manufactura de ejecución y nunca alcanzará la manufactura de innovación.
La diferencia entre ambas no es de infraestructura. Es de pensamiento.
Universidades, empresas y familias: una tarea que no admite fragmentación
Formar mentes críticas en la era de la IA no es una tarea que una sola institución pueda resolver en solitario. Es un proyecto educativo que exige coherencia entre la universidad, la empresa y la familia, y el mayor riesgo es que cada una espere que las otras dos lo resuelvan primero.
Las universidades deben asumir que el problema del pensamiento crítico frente a la IA es más profundo que el del plagio académico. La integridad académica importa, pero el desafío de fondo es más ambicioso: cómo diseñar experiencias de aprendizaje que la IA no pueda sustituir trivialmente. Eso implica menos tareas de recolección y más ejercicios de síntesis original; menos exámenes de memorización y más defensa oral de argumentos propios; menos trabajos individuales que nadie lee y más proyectos vinculados con problemas reales de la región. Implica también formar docentes capaces de enseñar con IA y no a pesar de ella, tal como lo propone el marco de competencias docentes de la UNESCO.
Las empresas tienen una responsabilidad análoga. Si una organización quiere trabajadores que usen IA con criterio, no puede limitarse a capacitarlos en plataformas. Debe invertir en pensamiento analítico, en evaluación de fuentes, en ética de datos y en cultura de cuestionamiento interno. Una organización donde nadie se atreve a preguntar si el algoritmo está equivocado no está usando inteligencia artificial con inteligencia. Está usándola con fe ciega, que es exactamente lo contrario.
Y las familias definen el punto de partida. Un niño que crece sin lectura sostenida, sin conversación de fondo, sin límites digitales y sin espacio para el aburrimiento productivo llega a la escuela con una desventaja cognitiva que ningún programa escolar remedial corrige fácilmente. El pensamiento crítico empieza mucho antes de la universidad. Empieza la primera vez que alguien le permite a un niño preguntar ¿por qué? y se toma el tiempo de responder con honestidad.
El riesgo silencioso: usuarios veloces, ciudadanos débiles
La inteligencia artificial puede producir, si no se actúa con intención educativa, una generación extraordinariamente hábil para operar herramientas y extraordinariamente frágil para evaluar consecuencias. Podemos formar jóvenes que generen imágenes, videos, ensayos y código en minutos, pero que no sepan distinguir una fuente confiable de una manipulación bien diseñada. Profesionistas que respondan rápido pero no sepan argumentar. Trabajadores que sigan instrucciones algorítmicas sin cuestionarlas cuando algo no cuadre. Ese sería el fracaso silencioso de la educación digital: producir eficiencia sin criterio. Y una sociedad eficiente pero acrítica es vulnerable de una manera muy específica: no a la fuerza, sino a la persuasión. No al error obvio, sino al error elegante.
Hay dos tipos de ignorancia: la que no sabe que no sabe, y la que cree saber porque tiene acceso a herramientas que piensan en su lugar. La segunda es más difícil de detectar y más costosa de corregir.
La nueva alfabetización tiene cuatro verbos
Si la alfabetización del siglo XX se construyó sobre leer y escribir, la del siglo XXI necesita cuatro verbos que ninguna herramienta de inteligencia artificial puede ejercer en nombre del ser humano: leer, pensar, preguntar y decidir. Leer con profundidad porque sin esa capacidad no hay pensamiento complejo posible, solo procesamiento de fragmentos. Pensar porque la velocidad de producción que ofrece la IA no puede reemplazar la lentitud necesaria para comprender. Preguntar porque la calidad del resultado que entrega cualquier sistema de IA depende enteramente de la calidad del razonamiento humano que formula la consulta. Y decidir porque la responsabilidad moral de las consecuencias no puede delegarse a un algoritmo, por sofisticado que sea.
La UNESCO lo formula con una precisión que merece citarse: la IA en educación debe fortalecer la agencia humana, la inclusión, la ética y la dignidad. Eso no es retórica institucional. Es la descripción de un proyecto educativo que pone al ser humano en el centro, no como usuario de la tecnología, sino como su propietario intelectual y moral.
Chihuahua tiene frente a sí una elección que ninguna inversión extranjera puede tomar por ella. Puede convertirse en una región que adopta inteligencia artificial con rapidez y superficialidad, celebrando cada nueva plataforma sin preguntarse quién está formando a las personas que la operarán. O puede aspirar a algo más difícil y más valioso: convertirse en una región que forma mentes capaces de dirigir la tecnología con criterio, de cuestionarla cuando sea necesario y de tomar decisiones que ningún algoritmo puede asumir por nosotros.
La diferencia entre ambos caminos no se verá en los indicadores del próximo trimestre. Se verá en el tipo de ciudadanos, profesionistas y líderes que esta región produce en la próxima década. El segundo aprendiz de la parábola tenía todas las herramientas. Lo único que le faltó fue aprender a navegar cuando las herramientas no estuvieran.
La pregunta no es si la inteligencia artificial puede pensar. La pregunta, la única que realmente importa, es si nosotros todavía queremos hacerlo.
REFERENCIAS
Facione, P. A. (1990). Critical thinking: A statement of expert consensus for purposes of educational assessment and instruction. The Delphi Report. California Academic Press.
OCDE. (2021). AI and the future of skills, Volume 1: Capabilities and assessments. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/5ee71f34-en
Paul, R., & Elder, L. (2020). The miniature guide to critical thinking: Concepts and tools (9th ed.). Foundation for Critical Thinking Press.
Secretaría de Economía. (2024). Estadísticas de inversión extranjera directa en México. Gobierno de México. https://www.gob.mx/se
UNESCO. (2023). K-12 AI curricula: A mapping of government-endorsed AI curricula. UNESCO Digital Library. https://doi.org/10.54675/PCSP7350
UNESCO. (2024). AI competency framework for students. UNESCO. https://doi.org/10.54675/BXOW7567
UNESCO. (2024). AI competency framework for teachers. UNESCO. https://doi.org/10.54675/BZXM8340
Wineburg, S., McGrew, S., Breakstone, J., & Ortega, T. (2016). Evaluating information: The cornerstone of civic online reasoning. Stanford Digital Repository. https://purl.stanford.edu/fv751yt5934
World Economic Forum. (2025). The Future of Jobs Report 2025. World Economic Forum. https://www.weforum.org/publications/the-future-of-jobs-report-2025/
World Economic Forum. (2023). Schools of the future: Defining new models of education for the fourth industrial revolution. WEF. https://www.weforum.org/reports/schools-of-the-future