
Por, Luis Villegas Montes
Escribí en la pasada entrega que guiaría mi afán aclaratorio “de la mano de un extraordinario escritor mexicano, chihuahuense por añadidura, que servirá de faro a este mi humilde intento: don José Fuentes Mares”. En el trance en el que el país se halla, hablar de don José resulta no solamente oportuno e indispensable, sino imperioso; particularmente, de su Cortés. El Hombre.[1]
Con desparpajo y singular maestría, en ese texto fundacional, Fuentes Mares es uno de los primeros en brindarnos un retrato de un Cortés humano. El retrato que de él hace tiene un seductor aire de autenticidad porque nos lo pinta tal como fue: ni santo ni diablo, sino una fuerza histórica telúrica, descomunal. Escribe Bernal refiriéndose a su empresa, que “no era cosa de hombres humanos”;[2] y agrega don José, que estaba “guiada por una fe absoluta en su victoria y en el respaldo divino”.[3]
Quizá esta línea argumentativa demande dos o tres artículos, ni modo. Se aguantan mis veintitrés lectores (¿ustedes creían que por hocicón me habían dejado de leer? ¡Pues no! Hemos crecido en forma vertiginosa).
Empecemos por el anuncio que hice en la pasada entrega: por qué “Cortés” y no “Hernán Cortés”; porque, como nos lo recuerda Fuentes Mares, a él así le habría cuadrado:
“[…] sin embargo, sobran seis [letras]: las de su nombre de pila. De haberse pedido la opinión de Bernal Díaz del Castillo, su testigo por excelencia, éste habría aconsejado consignar sólo el nombre de Cortés, porque así le cuadraba ser nombrado: Cortés, no Femando ni don Hernando sino Cortés, como César, Pompeyo, Escipión, Alejandro, Aníbal o el Gran Capitán. Así le llamaban sus soldados y le conoce la posteridad. Es el destino de los creadores de la historia: perder sus nombres de pila, y en ocasiones su condición de hombres de carne y hueso, para volverse símbolos”.[4]
El debate que explica estas líneas es prueba fehaciente de ello.
Y antes de irnos por ahí, permítanme mis amadísimos veintitrés lectores una breve reseña biográfica de don José Fuentes Mares, para entender la magnitud de este empeño —y la oportunidad dorada que nos brinda la controversia entre Clau y Chabelita—.
Aunque Fuentes Mares no fue un pionero absoluto en hollar con sus plantas ese suelo (el que dejaba a Cortés como lazo de cochino), sí fue muy a contracorriente en el México intelectual de su época; además, todo sea dicho, don José tuvo algo que muchos “cortesianos” anteriores no tuvieron ni tenemos: músculo literario, ironía y manifiesta voluntad de dar una pelea cultural. Porque lo primero que habría que reconocerle es la buena pluma. No sólo escribió historia: escribió bien. Eso, en un medio donde la gran mayoría de los intelectuales eran escribidores mediocres de una ramplonería mendicante (con sus memorables excepciones como Daniel Cosío Villegas, Edmundo O'Gorman u Octavio Paz), ya es mucho decir.
Fuentes Mares venía de una tradición hispanista (era un hispanófilo declarado) y, para muchos, un meticuloso revisionista —“reaccionario”, le llamarían sus homólogos contemporáneos, asalariados o con pluma tarifada— que, sin embargo, se tomó su labor de historiador muy en serio; y aunque antes de él existieron figuras que ya habían defendido, con méritos diversos y matices distintos, una lectura menos demonizadora de Hernán Cortés (como Lucas Alamán, Salvador de Madariaga e incluso, parcialmente, José Vasconcelos con su reivindicación de la herencia hispánica y mestiza), el chihuahuense fue una figura señera en esa lid. Por cierto, don José Vasconcelos, presente lo tengo yo, desfloró mi intelecto con su maravillosa Breve Historia de México.[5] Libro que me regaló mi papá Cruz y por ese camino llegué a Fuentes Mares (y no, como dice mi compadre Puente, a través de él) y a otro grande, don Salvador Borrego, pero divago. Centrémonos.
Íntegro, historiador cabal como fue, el propio Fuentes Mares reconoce varias de esas influencias en el prólogo y aparato bibliográfico de su obra; empero, el contexto sí importa muchísimo. Cuando publica su Cortés, en 1981, el relato dominante en nuestro país llevaba décadas enraizado profundamente. Era un México, como el de ahora, nacionalista, juarista, revolucionario, crecientemente antihispánico e indigenista; por ese motivo, el Cortés oficial, el del discurso escolar posrevolucionario era el de un invasor, genocida, codicioso, traidor, destructor de una civilización paradisíaca y feo como consciencia de magistrado chihuahuense —así lo “retrata” Diego Rivera (¡el comal dijo a la olla!)—: un villano funcional para explicar el deplorable relato del Estado mexicano.
En ese punto, llegó Fuentes Mares a patear el pesebre.
Continuará…
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[1] FUENTES MARES, José. Cortés. El Hombre, Grijalbo, 6.ª edición, México, 1981.
[2] Escribió Bernal Díaz del Castillo. Citado por Fuentes Mares, op. cit., p. 200.
[3] Ibid., p. 95.
[4] Ibid., p. 15. Énfasis añadido.
[5] VASCONCELOS, José. Breve Historia de México, Compañía Editorial Continental, 22.ª impresión, México, 1978.