Estamos cansados, y no es casualidad: el agotamiento que el sistema produce

M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega

Docente universitario en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Facultad de Economía Internacional e Ingeniería

 

Hay una frase que se repite cada vez con mayor frecuencia, casi como un diagnóstico colectivo: "Estoy cansado, pero no sé bien de qué." No es el agotamiento del trabajo físico pesado. No es el cansancio explicable de una jornada excepcional. Es otra cosa — más difusa, más persistente y, curiosamente, más resistente al descanso. Un cansancio que aparece en días que deberían haber sido tranquilos. Un cansancio que no cede del todo aunque uno duerma. Un cansancio que cada vez más personas reconocen como el estado de fondo de su vida cotidiana.

Ese cansancio no es una debilidad personal. Es el síntoma más honesto de un sistema que no fue diseñado para la recuperación humana. Y la inteligencia artificial no lo está aliviando. Lo está acelerando.

El sistema que aceleró sin preguntar

El sociólogo alemán Hartmut Rosa desarrolló a lo largo de dos décadas la teoría más rigurosa disponible para comprender el fenómeno que describe ese cansancio difuso. En su obra Social Acceleration: A New Theory of Modernity (2013), Rosa argumenta que la modernidad tardía no se caracteriza simplemente por ser más rápida que sus predecesoras. Se caracteriza por haber institucionalizado la aceleración como imperativo estructural: un sistema donde la velocidad no es una opción sino la condición de participación en la vida económica, social y cultural.

Rosa distingue tres dimensiones de la aceleración que operan de manera simultánea y que se refuerzan mutuamente. La primera es la aceleración tecnológica: el incremento constante de la velocidad de los procesos técnicos — comunicación, transporte, producción. La segunda es la aceleración del cambio social: la reducción del período en que las instituciones, las prácticas y los marcos de referencia permanecen estables, produciendo una sensación de que el mundo en que uno aprendió a vivir ya no es el mundo en que tiene que vivir. La tercera es la aceleración del ritmo de vida: el incremento del número de acciones, experiencias y compromisos que una persona siente que debe gestionar por unidad de tiempo — más cosas en menos tiempo, con la crónica sensación de que el tiempo siempre es insuficiente.

“No estamos cansados porque trabajamos más. Estamos cansados porque el sistema nos aceleró sin preguntarnos si queríamos ir a esa velocidad — y sin diseñar las condiciones para recuperarnos de ella.”

La paradoja que Rosa identifica es devastadoramente precisa: la tecnología fue prometida como liberadora del tiempo. Cada innovación técnica — desde el automóvil hasta el correo electrónico, desde el smartphone hasta la IA generativa — fue presentada como una herramienta para hacer más en menos tiempo, liberando tiempo para lo que importa. Lo que ha ocurrido, documentado con coherencia en múltiples indicadores sociales, es exactamente lo contrario: a medida que la tecnología acelera los procesos, las expectativas sobre el volumen de actividad aumentan en la misma proporción o mayor, y el tiempo liberado es inmediatamente colonizado por nuevas demandas. Nunca se libera. Se reasigna.

 La sociedad del rendimiento: cuando el agotamiento es virtud

Byung-Chul Han, filósofo surcoreano-alemán de la Universidad de las Artes de Berlín, ofrece en La sociedad del cansancio (2010) un diagnóstico que complementa el de Rosa con una dimensión que la teoría sociológica sola no captura completamente: la dimensión subjetiva del agotamiento en el sujeto contemporáneo. Han argumenta que la sociedad disciplinaria del siglo XX — caracterizada por la prohibición, la norma y la obediencia — ha sido reemplazada por una sociedad del rendimiento caracterizada por la positividad, la capacidad y el imperativo del "sí se puede". El sujeto contemporáneo no es reprimido por el poder externo. Se autoexplota en nombre de la libertad y el rendimiento.

Esta distinción tiene una consecuencia que Han subraya con precisión clínica: en la sociedad disciplinaria, el agotamiento tenía un culpable externo — el patrón, el sistema, la norma. En la sociedad del rendimiento, el agotamiento no tiene culpable externo. El sujeto se ha convertido en el gerente de su propio rendimiento, y cuando ese rendimiento falla, la culpa se interioriza. El resultado no es solo agotamiento físico o cognitivo. Es lo que Han denomina depresión del rendimiento: el colapso del individuo que ha internalizado el imperativo de poder siempre más, y que cuando no puede más, se culpa a sí mismo en lugar de cuestionar el sistema que produjo esa expectativa.

La inteligencia artificial es, en este marco, el amplificador más sofisticado que la sociedad del rendimiento ha producido. Al automatizar las tareas rutinarias y presentarse como herramienta de eficiencia, la IA no libera al trabajador de la presión de rendimiento. Eleva el piso de lo que se considera "suficiente". Si antes producir un análisis en un día era un resultado aceptable, hoy — con IA — ese análisis debería estar listo en una hora. El tiempo ganado no se convierte en descanso. Se convierte en capacidad adicional de rendimiento exigible.

El burnout: del diagnóstico individual al fenómeno colectivo

La Organización Mundial de la Salud incluyó el burnout en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) en 2019, definiéndolo no como una condición médica sino como un "fenómeno ocupacional" resultante del estrés crónico laboral que no ha sido gestionado adecuadamente, caracterizado por tres dimensiones: agotamiento de energía, distancia mental del trabajo y reducción de la eficacia profesional. Esa definición captura algo importante: el burnout no es un fallo individual de gestión del estrés. Es la respuesta previsible de un organismo humano a un entorno que exige sistemáticamente más de lo que ese organismo puede sostener.

Gallup, en su State of the Global Workplace Report 2024, documentó que el 20 por ciento de los trabajadores a nivel global reporta experimentar burnout "muy a menudo" o "siempre" en el trabajo, con tasas significativamente más altas en los sectores de servicios y manufactura de exportación — exactamente los sectores dominantes en la economía de Chihuahua. El mismo reporte estima que el bajo compromiso laboral y el burnout cuestan a la economía global el equivalente al 9 por ciento del PIB mundial en pérdidas de productividad. No es un problema de bienestar individual. Es una externalidad económica negativa de escala global.

"El burnout no es el resultado de trabajar demasiado. Es el resultado de trabajar en un sistema que produce más demanda de la que cualquier ser humano puede sostener — y que llama a esa insostenibilidad "normalidad"."

La American Psychological Association, en su reporte anual "Stress in America" (2023), documentó que el trabajo y la economía permanecen como las principales fuentes de estrés reportadas por los adultos estadounidenses, con niveles que el reporte califica de "crisis de salud mental en el lugar de trabajo". La cercanía cultural y económica de Chihuahua con los Estados Unidos hace que estos patrones sean especialmente pertinentes para comprender la realidad laboral de la región.

Chihuahua: donde la velocidad no es una ventaja sino una obligación

Para la economía de Chihuahua, la aceleración social que Rosa describe y el imperativo de rendimiento que Han analiza no son fenómenos abstractos. Son la descripción precisa de las condiciones laborales que estructuran la vida cotidiana de cientos de miles de trabajadores en la región. La entidad tiene más de 330,000 empleados directos en la industria manufacturera de exportación (IMSS, 2025), opera en cadenas de suministro globales con tolerancias de tiempo medidas en horas, y comparte una frontera de 350 kilómetros con una economía que impone sus propios estándares de velocidad de respuesta a todos sus socios comerciales.

En ese entorno, la velocidad no es valorada como virtud. Es exigida como condición de operación. El trabajador que no responde con rapidez, el gerente que no toma decisiones bajo presión, el equipo que no se adapta con agilidad a los cambios de demanda — todos enfrentan consecuencias contractuales y laborales concretas. La aceleración de Rosa y el rendimiento de Han no son conceptos académicos en Chihuahua. Son la descripción del día de trabajo.

La OCDE documenta que México registra consistentemente las jornadas laborales más largas entre sus países miembros, con más de 2,100 horas trabajadas por año en promedio — significativamente por encima de la media de la organización y de países con niveles similares de desarrollo industrial. Eso significa que la fuerza laboral chihuahuense llega a los entornos de alta exigencia cognitiva de la era de la IA con una deuda de recuperación estructural ya instalada. La aceleración adicional que la IA produce llega sobre un sistema humano que no tenía margen disponible.

Lo que el ritmo se lleva sin que lo notemos

Existe una dimensión del agotamiento por aceleración que los indicadores de productividad y las métricas de rendimiento no capturan, pero que determina con silenciosa eficacia la calidad de la vida y del trabajo: la pérdida progresiva de la capacidad de presencia. El filósofo y ensayista norteamericano Matthew Crawford argumentó en The World Beyond Your Head (2015) que la atención no es únicamente un recurso cognitivo — es el medio a través del cual el individuo construye su relación con la realidad, con los otros y consigo mismo. Una mente que nunca está completamente presente en lo que hace — porque siempre está parcialmente en el correo que llegó, en la notificación que espera o en la tarea que sigue — no es solo una mente menos eficiente. Es una mente que pierde progresivamente la capacidad de habitar su propia experiencia con profundidad.

Rosa describe este fenómeno como "resonancia truncada": la reducción de la capacidad de la persona para entrar en relaciones de resonancia significativa con el mundo — con el trabajo, con las personas cercanas, con las actividades que antes producían satisfacción. La aceleración no produce únicamente agotamiento. Produce alienación: la sensación de que la vida pasa, pero que uno no está del todo en ella. Que se ejecutan las acciones pero sin la presencia que les daría sentido.

La investigadora Gloria Mark, de la Universidad de California en Irvine, documentó experimentalmente que después de una interrupción digital, el cerebro necesita en promedio 23 minutos para recuperar el nivel de concentración previo (Mark, 2023). En un entorno laboral donde las interrupciones ocurren cada tres a cinco minutos, la mente nunca alcanza el nivel de concentración donde la presencia profunda es posible. No por falta de voluntad. Por diseño del entorno.

Lo que el cerebro necesita y el sistema no ofrece

Existe una dimensión del agotamiento por aceleración que los indicadores de productividad y las métricas de rendimiento no capturan, pero que determina con silenciosa eficacia la calidad de la vida y del trabajo: la pérdida progresiva de la capacidad de presencia. Una mente que nunca está completamente en lo que hace — porque siempre está parcialmente en el mensaje que llegó, en la notificación que espera, en la tarea que sigue — no es solo una mente menos eficiente. Es una mente que pierde gradualmente la capacidad de habitar su propia experiencia con profundidad.

La neurociencia lo respalda con precisión que no admite interpretación optimista. Investigadores de Harvard publicaron en 2010 en la revista Science un estudio basado en datos de más de 2,000 adultos que documentó que las personas pasan casi el 47 por ciento de su tiempo de vigilia pensando en algo distinto a lo que están haciendo — y que ese estado de mente errante está consistentemente asociado con menor felicidad reportada (Killingsworth y Gilbert, 2010). El estudio concluyó algo que el sistema de aceleración nunca va a publicitar: una mente presente es una mente más feliz, y la aceleración digital produce exactamente lo contrario.

El descanso no es el premio al final del esfuerzo. Es la condición biológica que hace posible el esfuerzo de calidad. La investigadora Sara Mednick, de la Universidad de California, documentó en "Take a Nap! Change Your Life" (2006) que períodos breves de descanso — incluso de 10 a 20 minutos — restauran la capacidad de atención, mejoran la memoria de trabajo y reducen el nivel de cortisol. En un sistema que ha normalizado el trabajo continuo como virtud, esa evidencia es subversiva. Porque sugiere que detenerse no es perder el tiempo. Es recuperar la capacidad de usarlo bien.

La respuesta que este diagnóstico requiere no es individual. Decirle a un trabajador de la industria maquiladora de Chihuahua que gestione mejor su estrés o que practique mindfulness mientras el sistema que lo rodea sigue demandando velocidad sin pausa es, en el mejor de los casos, insuficiente; en el peor, es una forma de responsabilizar al individuo por una condición que el sistema produce. Han lo señala con claridad: el problema de la sociedad del rendimiento no se resuelve con más técnicas de autocuidado. Se resuelve cuestionando el imperativo de rendimiento que hace necesario ese autocuidado.

Eso implica decisiones en tres niveles simultáneos. En el nivel organizacional: diseñar jornadas con espacios reales de recuperación cognitiva, reducir la cultura de disponibilidad permanente, y entender que un equipo descansado no es un equipo menos productivo — es un equipo que toma mejores decisiones. En el nivel de política laboral: hacer cumplir con seriedad la NOM-035-STPS-2018, que obliga a los empleadores a identificar y prevenir los factores de riesgo psicosocial — entre ellos explícitamente la sobrecarga de trabajo y las exigencias de respuesta inmediata — y que en la mayoría de las empresas del país sigue siendo letra muerta. En el nivel cultural: rehabitar el valor del descanso, de la pausa, de la presencia en lo que se hace, como condiciones de una vida sostenible y no como lujos culpables.

La inteligencia artificial va a seguir acelerando. Eso no está en discusión. Lo que sí está en discusión es si vamos a diseñar los sistemas humanos, organizacionales e institucionales que acompañen esa aceleración con condiciones reales de recuperación, o si vamos a seguir normalizando el agotamiento hasta que el organismo — individual y colectivo — no pueda más.

"En un sistema diseñado para no detenerse, detenerse es la decisión más radical que un ser humano puede tomar. Y también, a veces, la más necesaria."
No estamos cansados porque seamos débiles. Estamos cansados porque vivimos en un sistema que produce más demanda de la que cualquier ser humano puede sostener indefinidamente, y que ha logrado convencernos de que ese agotamiento es el precio normal del progreso. No lo es.

El cansancio que no sabe explicarse no es una señal de fracaso personal. Es la señal más honesta de un sistema que necesita ser cuestionado. Y reconocer esa diferencia — entre el cansancio que el esfuerzo produce y el agotamiento que el sistema impone — es, quizás, el acto más lúcido que alguien puede realizar en un mundo que prefiere que no lo hagamos.

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Cae en EU ex jefe de la Policía de Rocha Moya 

Se dice que mientras la presidenta Claudia Sheinbaum tenía una plática telefónica con Donald Trump,  las autoridades de Estados Unidos “capturaron” al ex secretario de Seguridad Pública de Sinaloa, el general Gerardo Merida.

De acuerdo a versiones,  Gerardo Merida pudo haber pactado su entrega al tener orden de aprehensión por sus ligas con el cártel de Sinaloa.

Gerardo Mérida Sánchez “fue arrestado en Arizona el lunes y presentado ante un juez federal en Tucson el martes”, reporta Reuters.

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Corrido de Maru ya ameniza eventos de gobierno

Trascendió que durante el cierre de un evento organizado por la Junta Municipal de Agua y Saneamiento en Ciudad Juárez, fue reproducido un corrido tumbado con referencias a la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván.

La canción, que ha rondado desde hace varios días en redes sociales, comenzó a sonar mientras los asistentes permanecían en el lugar al término del evento, en el que se anunciaron obras por parte del Gobierno del Estado. Aunque inicialmente el ritmo no llamó la atención de varios asistentes, conforme avanzó la letra algunos identificaron mensajes relacionados con la mandataria estatal.

Entre las frases que se escucharon destacan referencias a una mujer “que no se sabe rajar” y que “no le tiembla la palabra cuando hay que poner orden”, además de menciones sobre el combate al crimen y el respaldo a la gobernadora.

También se escucharon líneas como: “Yo con Maru aunque soplen mal los vientos porque ha sabido dar la cara por su gente”, así como “Cuando el crimen ha querido meterse en el estado ella sigue dando frente sin hacerse para un lado”.

Por cierto, según el personal de Comunicación Social de la JMAS, el corrido no fue producido por el Gobierno del Estado y señalaron que el tema fue localizado en YouTube y solicitado para ambientar el cierre del evento.

La reproducción de la canción ocurrió horas antes de la manifestación convocada por simpatizantes de Morena en la ciudad de Chihuahua en contra de la gobernadora.

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También se escucharon líneas como: “Yo con Maru aunque soplen mal los vientos porque ha sabido dar la cara por su gente”, así como “Cuando el crimen ha querido meterse en el estado ella sigue dando frente sin hacerse para un lado”.

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