
Cuando una civilización pierde el sentido de lo sagrado, comienza por trivializar aquello que antes veneraba. Tal parece acontecer en no pocos templos, donde la Eucaristia corre el riesgo de ser tratada con familiaridad impropia o con descuido pastoral.
Obispos, arzobispos y sacerdotes deben preguntarse, sin temores humanos: ¿ha crecido el amor al Santísimo Sacramento o ha menguado la conciencia de Su presencia real? Los reportes de Hostias Consagradas sustraídas, irreverencias litúrgicas y controversias sobre el modo de comulgar muestran que la cuestión no es arqueología ritual, sino gobierno pastoral.
La tradición multisecular latina sostuvo la comunión en la lengua como signo de adoración, humildad y custodia sacramental. No fue capricho ceremonial, sino pedagogía teológica: quien recibe no se sirve a sí mismo; acoge. Por ello, antiguamente se enseñaba a aproximarse con compostura, reverencia y conciencia del Misterio; el Catecismo Mayor de San Pío X, al instruir sobre la recepción de la Sagrada Comunión, enseñaba una disposición reverente del cuerpo y del alma: recibirla de rodillas, abrir bien la boca y presentar la lengua con respeto para consumir inmediatamente el Sacramento. No era teatro rubricista; era catequesis encarnada.
Hoy, empero, algunos fieles perciben incoherencia: se exhorta a creer firmemente en la presencia real, mas a veces se descuida la disciplina que la expresa. La comunión en la mano ha favorecido un aumento de irreverencias y eventuales profanaciones; la comunión en la boca igual lo ha favorecido al apretar con los labios la comunión y sustraerla de inmediato cuando se dan la vuelta. Hablamos de ciertas personas infiltradas en la Santa Misa que, por ciertas formas de distribución, han sustraído a nuestro Señor Sacramentado.
Urge, pues, una respuesta seria. Primero: fortalecer la formación doctrinal sobre la Eucaristía en seminarios, Parroquias y familias; segundo: defender, sin complejos ni hostilidad, el derecho legítimo del fiel a recibir la comunión en la lengua donde la disciplina de la Iglesia lo permite; tercero: reforzar medidas concretas de custodia sacramental para evitar abusos, irreverencias o sustracciones durante la distribución de la comunión; y cuarto: estudiar con serenidad si conviene recuperar prácticas de mayor seguridad sacramental, aprendiendo incluso de tradiciones orientales que han conservado una fuerte conciencia de la Sacralidad Eucarística.
No se trata de librar una guerra de sensibilidades litúrgicas, sino de restaurar el principio olvidado: la liturgia no pertenece al gusto personal, sino al culto debido a Dios. Quien gobierna la Iglesia local no debe contentarse con administrar estructuras; ha de custodiar el asombro sagrado de su pueblo.
Y ustedes, fieles, no reduzcan la comunión a costumbre dominical, acerquense preparados, conscientes de a Quién reciben; pues una Iglesia que pierde la reverencia ante el altar, presto termina perdiendo claridad en la Doctrina, fortaleza en la moral y fuego en la misión.
Por, Sergio Bolio.