
Por, Luis Villegas Montes
No nos perdamos.
Retomando el asunto original: el problema son los énfasis y las mentiras evidentes que pueblan los dichos referidos en la primera entrega, porque la presidente Sheinbaum podrá tener razón en todo lo que afirma, pero —y este “pero” es fundamental—, ¿qué proceso cómo el que se vivió en 1519 en estas tierras no es harto violento? Todos, sin excepción. Ningún choque de civilizaciones, en ningún lugar del mundo, en el transcurso de los últimos diez mil años, ha sido pacífico: ni el de estos contra aqueos, ni el de los hunos contra los otrhos, ni el de los mongoles contra los mongolitos, ni el de los tlaxcaltecas contra los samuráis (de veras, esta historia merece un artículo aparte). Poner el énfasis en esa circunstancia, y olvidarse de todo lo demás, es una falacia; pero además, emplear el sustantivo “adoradora” (para aludir a Chabelita) es, casi, un insulto personal porque motejar así a alguien no pretende argumentar, intenta reducir, caricaturizar. El término presupone fanatismo, idolatría y renuncia al juicio crítico; transforma automáticamente cualquier tentativa de análisis histórico en un acto de devoción cuasi religiosa, pues se omite discutir ideas o interpretaciones y, en suma, se patologiza al interlocutor.
Por otro lado, centrarse en esa violencia y a renglón seguido afirmar que la grandeza de México viene de los valores de los pueblos originarios y que ellos son la verdadera reserva de valores del México de ayer y de hoy no sólo es un enredo, es una exageración (cuando no, una gran mentira). Los aztecas, con todo y sus avances de la época, desde el punto de vista tecnológico-material, eran un pueblo colocado en el neolítico tardío, pues si bien contaban con un urbanismo monumental, sistemas hidráulicos complejísimos, administración imperial, mercados gigantescos, avanzada astronomía, calendarios sofisticados, escritura pictográfica, tributación, educación formal y una estructura política altamente desarrollada, también es verdad que carecían de acero, pólvora, navegación oceánica, animales de tiro e imprenta; y sus herramientas primordiales eran… de piedra.
En cuanto a sus valores: conocían la esclavitud —ahí están el Códice Mendoza o la Historia general de las cosas de Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagún, e incluso tenían una palabra en náhuatl: “tlacotli” (esclavo)—; practicaban sacrificios humanos —ahí están los “tzompantli”, término que proviene de “tzontli”, cabeza o cráneo; y “pantli”: hilera (fila de cráneos)—; la traición no les era desconocida, baste con recordar que incluso su imaginario religioso exaltaba relatos como el de Quetzalcóatl, engañado y traicionado ¡por su propio hermano!, el felón Tezcatlipoca; tampoco el salvajismo —ahí está el caso de Chalchiuhnenetzin, hija de Axayácatl (la primera serial killer en estas tierras)—; o la dominación a través de la guerra, la matanza y la masacre; y eso no es propaganda proespañola, se refleja en el hecho histórico decisivo de que decenas de miles de indígenas se aliaron con Cortés versus Tenochtitlan.
En cuanto a pretender reducir a Cortés a dos matanzas, no sólo es falso, porque Cortes fue más, mucho más que eso. Hernán Cortés fue, sin duda alguna, uno de los grandes capitanes militares de la historia universal; y negarlo por corrección política es tan ridículo como negar el genio de Alejandro Magno porque arrasó ciudades, el de Aníbal Barca porque sembró Italia de cadáveres o el de Julio César porque convirtió la guerra civil en escalera hacia el poder absoluto.
Cortés era ambicioso, desleal, lúbrico (bastantito), brutal cuando quiso serlo y poseía una codicia feroz; pero además de todo eso —o quizá precisamente por ello— fue un estratega extraordinario, un político intuitivo y un conductor de hombres de primer orden. Con apenas unos cientos de españoles, perdido en un continente desconocido, aislado de Cuba, enfrentado a gobernadores, selvas, montañas, epidemias, lenguas incomprensibles y millones de enemigos potenciales, logró algo que parece un delirio literario: destruir el poder mexica y levantar sobre sus ruinas un nuevo orden político.
Cortés supo leer resentimientos indígenas, explotar divisiones internas, improvisar alianzas imposibles y convertir cada derrota parcial en una oportunidad estratégica. Quemó naves, armó naves, marchó hacia el corazón de un imperio que lo superaba infinitamente en número y terminó entrando en Tenochtitlan como pocos hombres han entrado jamás en ciudad alguna: apostándolo todo. Hay figuras históricas menor brutales (quizá Escipión el Africano, Marco Aurelio, Saladino o Federico II de Prusia), sí, claro, pero genios militares de esa magnitud aparecen muy pocas veces en siglos enteros.
Continuará…
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