
Hay una paradoja cruel en la política mexicana que el gobierno federal parece incapaz de aprender: perseguir a tus adversarios con el aparato del Estado no los destruye; los agranda. El caso de Maru Campos, gobernadora de Chihuahua, es hoy la demostración más clara de ese principio.
Durante meses, la federación desplegó una presión sistemática sobre el gobierno chihuahuense: retención de recursos, señalamientos desde la mañanera, operativos mediáticos y una narrativa oficial que intentaba retratar a la Gobernadora Maru Campos como operadora de intereses oscuros. El resultado fue exactamente el opuesto al buscado.
Lo que antes era una figura regional con buen desempeño en encuestas locales se convirtió en referente nacional de la oposición. Las encuestas de percepción y el volumen en redes sociales lo confirman: Maru Campos acumula visibilidad que ninguna campaña pagada habría comprado tan eficientemente. El gobierno federal le regaló el relato de la resistencia.
Algunos medios locales financiados por el régimen morenista buscan seguir controlando la narrativa con estrategias tan nefastas como el decir que el crecimiento de la figura de la Gobernadora es parte de un plan del régimen (lo comparan con Xóchitl) es tan ridículo y patético como ellos mismos.
El problema de fondo no es táctico, es de credibilidad. La ciudadanía ha desarrollado una lectura crítica de los señalamientos oficiales. Cuando el poder central arremete contra un gobernador con toda la fuerza completa del estado, el contraste habla solo. La narrativa del régimen, donde todo crítico es fifí, corrupto o aspiracionista, se desmorona ante evidencias cotidianas que la contradicen.
La Gobernadora Maru Campos no ha hecho un gobierno perfecto. Ninguno lo es. Pero ha sabido encarnar algo que escasea: la imagen de quien aguanta sin ceder, administra sin escándalo mayor y devuelve golpes con la parsimonia de quien no necesita el drama. En tiempos de polarización extrema, eso tiene un valor político enorme.
El gobierno federal ha cedido la narrativa y, con ella, algo más difícil de recuperar: la credibilidad como árbitro de lo legítimo. Cuando el asedio se convierte en publicidad gratuita para el adversario, la estrategia no es fallida; es contraproducente. Y Chihuahua es hoy la prueba, por lo pronto la Gobernadora Maru Campos se ha vuelto figura nacional plantando cara directamente en el epicentro del régimen totalitarista, la CDMX. Como lo dijo ayer por la mañana en las afueras de la FGR, por las familias que juro defender, hasta donde tope. Al tiempo.