
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
El trabajo de los Stege no veían a su nueva empresa aislada de su entorno, sino de una pieza más dentro de la expansión de Coca-Cola en México, ésta compañía, reconocía que la bebida llegaba primero a Monterrey y Tampico, y después a Coahuila y Chihuahua, donde Emilio Arizpe Santos y Carlos Stege Salazar, asumieron el reto de embotellarla y llevarla al mercado local; en Chihuahua, esa apuesta tuvo el mérito de convertir un producto internacional en costumbre cotidiana, al punto de que su presencia se volvió parte del paisaje urbano y del gusto popular.
La administración de Stege no descansó en la mera inercia de una marca famosa, tuvo que adaptarse a la demanda, conservar calidad, ordenar su distribución, y responder a un público que esperaba constancia, esa mezcla de visión comercial y resistencia práctica, explica por qué la empresa no solo resistió las turbulencias del tiempo, sino que logró consolidarse como una referencia económica de la región. En esa crónica de ascenso también hubo esfuerzo, fragilidad y fracasos evitados a fuerza de disciplina; la empresa había nacido pequeña, con una inversión inicial modesta para su época, y se sostuvo durante años en un contexto nacional agitado por la Revolución y por las dificultades propias de una industria que aún aprendía a afirmarse. Sin embargo, lo que pudo haberse perdido en la precariedad, se convirtió en fortaleza; pues la continuidad del trabajo, la ampliación del negocio y la capacidad de adaptarse sin romper su raíz familiar, así, don Carlos Stege Salazar, encarnó esa transición entre el taller y la empresa, entre la herencia y la administración, entre la incertidumbre y la permanencia.
Su historia, más que la de un simple empresario, fue la de un hombre que entendió que el progreso no siempre avanza con ruido, a veces, avanza con paciencia, orden, sacrificio y con la firmeza de quien sabe que detrás de cada botella entregada, hay una batalla ganada contra la precariedad, por ello, las ciudades también guardan memoria; la conservan en sus calles, en sus edificios, en sus instituciones y, sobre todo, en los nombres de aquellos hombres cuya vida terminó por confundirse con la historia misma de la comunidad. Chihuahua encontró en don Carlos Eduardo Stege Salazar a una de esas figuras que dejaron huella, no solo en el ámbito empresarial, sino también en la vida social, educativa y pública de la capital; su historia, no puede entenderse sin remontarse a los primeros años de la empresa fundada por su padre, don Otto C. Stege, quien, desde el verano de 1918, había apostado por una ciudad que apenas iniciaba su camino hacia la modernidad.
Aquel año adquirió una manzana estratégica entre las calles Pacheco y Aldama, y la 43 con avenida Benito Juárez, en una decisión que revelaba visión, audacia y confianza en el porvenir de una tierra marcada por el esfuerzo y la incertidumbre. En esos tiempos, levantar una empresa significaba enfrentar carencias, sortear obstáculos y resistir la inestabilidad económica con disciplina y temple. La industria refresquera que comenzó a consolidarse entonces, se convirtió con el tiempo en parte del desarrollo económico del Estado, y dejó sembrada una herencia de trabajo que sus descendientes habrían de continuar con responsabilidad. Sin embargo, el destino también reservó momentos amargos. La mañana del lunes 6 de diciembre de 1937, don Otto C. Stege perdió la vida en un trágico accidente automovilístico ocurrido alrededor de las seis de la mañana en la carretera de Chihuahua a Cuauhtémoc, a la altura del kilómetro 43, poco antes de llegar a General Trías, en el paraje conocido como “Palomas”. Lo acompañaba don Ernesto López, representante viajero de la casa Quaker Oats, quien resultó gravemente herido. La noticia se propagó con rapidez por la ciudad y causó conmoción entre familiares, amigos y conocidos, porque con la muerte del industrial, se apagaba también la presencia del hombre que había conducido durante años los destinos de la empresa. Aquella pérdida marcó profundamente a la familia, pero también dejó en manos de Carlos Eduardo, un legado que implicaba mucho más que una herencia material, suponía la obligación moral de sostener una obra construida con paciencia, sacrificio y visión. Don Carlos Eduardo Stege Salazar, asumió entonces la responsabilidad con firmeza, entendiendo que conservar una empresa era tan difícil como fundarla.
En los años cuarenta consolidó la actividad industrial y, en 1942, impulsó la creación de la “Embotelladora de Chihuahua S. A”., fortaleciendo así una industria que respondía a las necesidades de una ciudad en crecimiento. No faltaron dificultades ni tensiones, como ocurre en toda empresa que busca expandirse, pero supo resistir y avanzar con prudencia, convicción y sentido de permanencia. Su figura trascendió pronto el ámbito de los negocios, porque en él, convivían el empresario, el ciudadano y el filántropo; Fue miembro distinguido del Club Rotario de Chihuahua, donde le llamaban con afecto “Chale”, sobrenombre que reflejaba la cercanía y simpatía que despertaba entre sus amistades, allí encontró un espacio para canalizar su vocación de servicio, y en dos ocasiones llegó a presidir el organismo, lo que confirmaba la confianza que despertaba su liderazgo y en 1949, durante su primera presidencia, impulsó la construcción de la Escuela Rotaria, una obra que nació de su convicción de que la educación era una vía segura hacia el progreso social.
El proyecto avanzó entre esfuerzos, gestiones y dificultades, hasta concretarse en 1952, año en que volvería a presidir el club y promovería la construcción del salón de actos del mismo plantel, ubicado en la calle Sexta esquina con Samaniego, con capacidad para 350 muchachos y un costo de 95 mil pesos. No se trataba solo de levantar un edificio, sino de ofrecer un espacio digno para la formación de la juventud chihuahuense. Su interés por la educación y el deporte, mostraba una sensibilidad especial hacia las nuevas generaciones, a las que consideraba depositarias del porvenir. Esa misma vocación de servicio, lo llevó a presidir el patronato de la Cruz Roja de Chihuahua, desde donde prestó valiosos apoyos a quienes padecían la desgracia de un accidente o una enfermedad repentina; entendía que el auxilio oportuno podía salvar vidas, y por ello, impulsó la construcción de un edificio para la benemérita institución, así como la dotación de una ambulancia que permitiera brindar atención rápida a los desvalidos.
En su manera de actuar se advertía una mezcla de energía, generosidad y sentido práctico, porque sabía que los gestos solidarios solo adquieren verdadero valor cuando se convierten en acciones concretas, pues su prestigio social y su probada rectitud, lo llevaron más tarde al servicio público. Por su sencillez y amor al trabajo, fue incluido por el doctor Jesús Lozoya Solís en la terna enviada al Congreso del estado para ocupar la Presidencia Municipal de Chihuahua; la propuesta fue aprobada, y el 1 de enero de 1956 rindió protesta como alcalde de la ciudad, cargo que desempeñó hasta el 9 de octubre del mismo año, cuando entregó el mando al ingeniero Esteban Uranga el día 10. Entre los proyectos más importantes figuró la apertura de la calle Ocampo hasta la avenida del Árbol, con la intención de crear un circuito de circunvalación más amplio, así como la prolongación de la avenida Independencia desde la Octava hasta la carretera Panamericana, hoy periférico Fuentes Mares, introduciendo en ese tramo el agua y el drenaje y rebajando lomeríos para abrir una nueva vía de acceso a la capital. …Esta Crónica continuará.
“Desde Chicago al desierto: historia de lucha y legado de Otto C. Stege”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea adquirir los libros Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I al XIII, mande un mensaje al 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio, o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111).
Fuentes: libro: El Comercio en la Historia de Chihuahua, 1991; fotos: Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua.