
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
Mientras tanto, la noticia de la muerte de Don Otto C. Stege, comenzaba a propagarse por todo el estado de Chihuahua, primero fueron comentarios aislados en algunas oficinas y establecimientos comerciales, después, llegaron las confirmaciones, y finalmente, la tragedia ocupó las conversaciones de toda la ciudad. El fallecimiento de uno de los empresarios más reconocidos de la época no representaba únicamente la pérdida de un empresario exitoso, significaba también, la desaparición de una figura ampliamente respetada por su espíritu emprendedor, por su participación en el desarrollo económico de la región, y por la generación de fuentes de empleo que beneficiaban a numerosas familias.
Horas más tarde, la camioneta accidentada fue trasladada a la capital a bordo de un camión propiedad de don Lorenzo Rodríguez, quienes tuvieron oportunidad de observar los restos del vehículo, quedando impresionados por el nivel de destrucción; entre las observaciones realizadas, se encontró una llanta delantera derecha reventada, aunque nunca pudo establecerse con absoluta certeza si la avería ocurrió antes o después de que el automóvil abandonara la carretera, y como suele ocurrir en muchas tragedias, algunas preguntas quedaron sin respuesta definitiva. Visto desde la perspectiva de nuestro tiempo, aquel accidente revela también las enormes diferencias entre las carreteras de entonces, y las actuales, pues en 1937, no existían teléfonos celulares, sistemas de emergencia, corporaciones especializadas de rescate, ni redes de comunicación instantánea; los auxilios, dependían de la solidaridad de quienes transitaban por los caminos, y de la rapidez con que alguien pudiera recorrer kilómetros para solicitar ayuda. La distancia entre la vida y la muerte se medía muchas veces en horas interminables.
Pero más allá de los detalles materiales del accidente, aquella mañana de diciembre dejó una huella profunda en la memoria colectiva de Chihuahua, el invierno de 1937, cerró para la familia Stege con una pérdida irreparable, sin embargo, también marcó el inicio de una nueva etapa, ya que, la obra que don Otto había levantado con años de sacrificio, disciplina y visión, no desaparecería con él. Quedaría en manos de sus hijos, particularmente de don Carlos Eduardo Stege Salazar, quien habría de asumir la responsabilidad de preservar aquel legado y conducirlo hacia nuevos horizontes empresariales, sociales y públicos. Así, concluyó la vida de don Otto C. Stege, en una carretera solitaria, cuando apenas despuntaba el alba de un día de invierno.
Pero las grandes trayectorias no terminan con la muerte de quienes las construyen, permanecen en las empresas que fundaron, en las instituciones que ayudaron a fortalecer, y en la memoria de las generaciones que continuaron su obra; aquella tragedia, ocurrida en la cuesta de “Palomas” no fue solamente el final de un hombre, fue también el instante en que una herencia de esfuerzo cambió de manos para seguir escribiendo a través de sus descendientes, una de las páginas más significativas de la historia empresarial y social de Chihuahua, y mientras los años fueron alejando aquel amanecer de diciembre, el nombre de Otto Stege, permaneció ligado al recuerdo de un pionero cuya vida quedó truncada por el destino, pero cuya obra logró sobrevivir al tiempo, convirtiéndose en parte inseparable de la memoria histórica de la ciudad que ayudó a construir. La noticia de la muerte de don Otto Stege corrió por la ciudad y por todo el estado de Chihuahua con la rapidez de un viento frío de diciembre, dejando tras de sí, un aire espeso de luto, incredulidad y consternación. Aquel amanecer de 1937, que para muchos comenzó como cualquier otro, fue volviéndose con las horas una jornada de dolor compartido, de silencios rotos apenas por comentarios en voz baja, y de rostros abatidos en oficinas, comercios y hogares donde su nombre era conocido y respetado; no era solamente la partida de un industrial próspero, era también la caída de un hombre que, con esfuerzo, carácter y constancia, había contribuido a levantar una obra de trabajo en tiempos difíciles, cuando la bonanza todavía era una conquista y no una certeza.
La familia, golpeada por la tragedia, hizo llegar pronto el aviso de los funerales, fijados para el martes 7 de diciembre a las 16:00 horas, mientras el cuerpo era preparado en el Sanatorio Privado para ser trasladado al domicilio familiar poco antes de las seis de la tarde, donde habría de recibirse entre rezos, abrazos contenidos y lágrimas que ya no podían ocultarse. El ambiente en la casa se convirtió en un escenario de honda tristeza, la señora doña Luz Salazar de Stege, esposa del extinto caballero, recibió el peso de la desgracia con la entereza que solo conocen quienes han visto de cerca la vida levantarse y quebrarse al mismo tiempo; a su lado, estaban sus hijos, Bertha, Margarita, Luz, Gloria, Carlos y Otto, todos sumidos en una pena que no distinguía edades ni voluntades, porque la muerte, cuando irrumpe de golpe, nivela a todos en la desolación.
Las amistades de la familia acudieron entonces con ese consuelo humilde que suele ser insuficiente ante la pérdida, procurando aliviar la angustia con palabras, gestos y presencia, aunque sabían bien que ninguna compañía bastaba para devolver al hogar la voz que ya faltaba. Entre tanto, una circunstancia añadió un matiz más doloroso a la tragedia, por la tarde del mismo día 6 se localizó telefónicamente a don Carlos, hijo de don Otto, quien se encontraba de viaje de bodas en Los Ángeles, California, junto con su esposa Carolina Muñoz; la pareja fue localizada en Tucson, Arizona, desconociendo todavía del infortunio, de inmediato emprendió el regreso por vía aérea hacia esta capital, con la esperanza de llegar en las primeras horas del día 7 para acompañar a la familia en los funerales, y rendir despedida al padre ausente ya para siempre.
La escena del sepelio, al día siguiente, fue digna de la profunda estimación que el difunto había sabido ganarse entre quienes le trataban; desde la residencia familiar, situada en la avenida Juárez, partió el cortejo fúnebre hacia el Panteón de Dolores en una procesión solemne, donde el dolor privado se volvió duelo público, y la ciudad entera pareció reconocer la magnitud de la pérdida. El féretro fue llevado en hombros hasta más de medio camino por varios de los empleados del extinto caballero, testimonio elocuente de la lealtad y el aprecio que despertaba en quienes habían trabajado a sus órdenes, pues como patrón, fue tenido en alta estima, no por la sola severidad de los negocios, sino por esa mezcla de rectitud, trato humano y responsabilidad que hacen perdurable el recuerdo de un hombre.
En aquel trayecto final, entre el eco de los pasos, el peso del ataúd y la gravedad del cortejo, Chihuahua despidió no solo a un empresario, sino a una figura que había sabido abrirse paso con disciplina, enfrentar los tropiezos propios de toda empresa y sostener, hasta el último instante de su historia, la dignidad de quien entiende que la vida se mide también por la huella que deja en los demás. Así, cuando el invierno cerraba sobre la ciudad y la tristeza parecía cubrirlo todo, quedó escrita una despedida solemne, la de un hombre cuya ausencia dolía en lo íntimo de la familia, pero también en el corazón de una comunidad que vio partir, con respeto y silencio, a uno de sus nombres más recordados y se convirtió en un ícono de progreso y desarrollo de la empresa en Chihuahua. ¡Descanse en paz!
“Desde Chicago al desierto: historia de lucha y legado de Otto C. Stege”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea adquirir los libros Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I al XIII, mande un mensaje al 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio, o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111).
Fuentes: libro: El Comercio en la Historia de Chihuahua, 1991; fotos: Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua.