
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
El 17 de enero de 2001 de mañana en Chihuahua, se rompió por un ruido que nadie esperaba, un disparo en Palacio de Gobierno, la bala que silenció por un instante la rutina de la calle y convirtió en urgencia lo cotidiano. Patricio Martínez García, gobernador en funciones, descendía por la escalinata saludando a jóvenes cuando una mujer, a corta distancia, sacó un revólver y disparó; la escena fue instantánea y brutal, el proyectil, penetró la bóveda craneal por el lado parietal izquierdo. Lo que siguió, fue una coreografía de emergencia, donde funcionarios, escoltas y civiles, acudieron en auxilio, la agresora, fue detenida en el lugar, y la noticia se propagó como un filo por los medios. En cuestión de minutos la ciudad entró en vigilia.
El traslado urgente, lo llevó primero a la clínica privada de “El Parque”, donde un equipo de neurocirujanos asumió la tarea de salvarlo, al frente del grupo, estaba el doctor Noel del Val, figura entonces reconocida en la ciudad por su habilidad en neurocirugía, y junto a él, el doctor Raúl Hernández Lara. La intervención de esa primera noche, fue de máxima prioridad, retirando fragmentos óseos y restos metálicos, descomprimiendo zonas afectadas, y trabajando para estabilizar la presión intracraneal. La familia y los colaboradores, aguardaron con la respiración contenida, mientras los médicos emitían partes con palabras que parecían equilibrar esperanza y cautela: “Estable”, “Consciente”, “Reconoció a su familia”. En aquel primer impulso por preservar la vida, se tomó la decisión de buscar recursos adicionales en el extranjero, para completar lo que la cirugía inicial no podía garantizar.
En la sala de espera del hospital, se agruparon la esposa, Patricia, los hijos, amigos y figuras cercanas al mandatario. José Antonio Leal del Rosal, compadre del gobernador, no se apartó de la camilla. Víctor Emilio Anchondo Paredes, secretario general de Gobierno, asumió la coordinación política y logística, y fungió como puente entre la familia, las autoridades y los medios. La comunicación pública, buscó contener, pero la incertidumbre alimentó especulaciones: la sombra del crimen organizado fue mencionada por versiones periodísticas y por filtraciones que hablaban de avisos y riesgos detectados por oficinas de inteligencia. Sin embargo, en el terreno judicial y técnico siempre hubo un abismo entre sospecha y prueba.
La gravedad médica obligó a una segunda decisión difícil, el traslado a Estados Unidos para una intervención con tecnología más avanzada y fue en la madrugada del 19 de enero, cuando despegó un avión-ambulancia rumbo a la ciudad de Phoenix, Arizona, con el gobernador y parte del equipo médico a bordo. La motivación fue estrictamente técnica, localizar y extraer fragmentos imposibles de remover en la primera operación. En St. John’s Hospital, un equipo norteamericano liderado por el doctor Robert Spetzscher, aplicó técnicas de imagen tridimensional que, permitieron localizar un fragmento de plomo alojado en la base del cerebro, y un coágulo peligroso. La operación fue delicada y precisa; la prioridad absoluta, era preservar las funciones cognitivas y motoras.
Tras la intervención en Phoenix, Martínez pasó por 24 horas críticas en terapia intensiva, y luego fue trasladado a una habitación, donde comenzó un proceso de recuperación que combinó reposo, monitoreo y terapias. A su lado, estuvieron la esposa, los hijos y colaboradores cercanos; también estuvieron, discretamente, los camilleros de la Cruz Roja que, lo habían acompañado desde el atentado, y personal de enfermería que mostró una entrega constante. El propio gobernador, en entrevistas posteriores, recordó la atención de esos profesionales: “No fueron sólo camilleros, fueron muy atentos, dieron palabras de tranquilidad al paciente herido con un proyectil atravesando la bóveda craneal”. Añadió elogios a los especialistas que intervinieron, al tiempo que subrayó la importancia de la tecnología y la técnica médica. Los relatos de la convalecencia, una vez calmada la tormenta mediática, muestran la otra cara de la recuperación, la obstinación diaria, los pequeños gestos que suman.
Martínez narró que hubo una enfermera alemana de terapia intensiva que, sin contemplaciones, lo obligó a incorporarse al día siguiente de la operación con una orden seca: “Patricio, stand up. Wake up. And no negotiation”, y que ese empujón inicial, fue determinante para romper la pasividad del cuerpo y comenzar la rehabilitación. Fue, contó él mismo, un momento de humillación salvadora, levantarse cuando aún dolía todo, obligar a los músculos a recordar su función, pasar por la vergüenza de depender. La rehabilitación fue larga ya que en las semanas siguientes, Patricio realizó trabajos de fisioterapia, sesiones para mejorar el equilibrio, y ejercicios para recuperar fuerza y coordinación. Con disciplina, en cerca de 50 días, logró acumular una distancia cercana a los doscientos kilómetros caminados en conjunto, suma de pasos cortos que convirtieron la repetición en progreso. Allí estuvieron, día a día, terapistas, enfermeras y familiares, y en Chihuahua, la ciudad respondió con oraciones, vigilias y misas que se multiplicaron en iglesias y capillas. La movilización social, no fue sólo ceremonial, fue un soporte emocional clave que el propio gobernador reconoció en sus palabras posteriores.
Políticamente, la licencia solicitada por Patricio, treinta días inicialmente, prorrogada según la evolución, fue interpretada de maneras diversas; para algunos, fue prudencia médica, para otros, una exposición de fragilidad institucional, mientras tanto, Víctor Anchondo, asumiría la conducción interina del gobierno y coordinó las acciones necesarias para sostener la gobernabilidad. El relevo, demostró que, aun en crisis, la maquinaria del Estado podía sostenerse, aunque la ausencia del titular dejó un hueco simbólico del que costó recuperarse. En la Ciudad de México y en la prensa nacional, el hecho alimentó discusiones sobre la seguridad de los servidores públicos y la capacidad del Estado, para protegerse frente a actores violentos. Cuando Patricio volvió a hablar públicamente, lo hizo cargado de agradecimiento y de fe, ya que, en declaraciones que circularon en reportajes y boletines, exclamó con convicción: “¡Volveré!”; y en otras ocasiones confesó sin rodeos: “¡Dios existe, lo he estado viendo muy cerca!”. Esas frases se convirtieron en hilo conductor del relato que el propio gobernador, quería transmitir; su supervivencia, dijo, fue el fruto a la vez de la ciencia médica y de una “gracia” que interpretó como intervención divina. “Dios existe… la fe mueve montañas”, repitió en entrevistas, y mostró una imagen de humildad y devoción que contrastaba con la rudeza política del episodio.
Las secuelas no fueron sólo físicas, la herida dejó una marca en el tejido político y social de Chihuahua, pues la escalinata, donde cayó el gobernador, quedó durante años como un lugar de memoria: vigilias, ofrendas y, finalmente, una placa que recuerda la fragilidad del poder. Cada aniversario, la prensa y la ciudadanía, vuelven la mirada a aquel 17 de enero para interrogarse por las lecciones pendientes: prevención, investigación, protección. Judicialmente, la agresora fue juzgada y sentenciada; públicamente, sin embargo, quedaron incógnitas sobre posibles mandos superiores y sobre los móviles precisos que rodearon el atentado. Si hoy se evalúa la lección, ella tiene varias caras, la medicina, mostró que puede torcer el destino cuando actúa con rapidez y técnica; la comunidad, demostró que la solidaridad amplifica la posibilidad de recuperación; y la política, se vio obligada a repensar la exposición de quienes encabezan los destinos públicos. Patricio Martínez, en su testimonio más íntimo, habla de la “mano de Dios” que lo sostuvo y de la gratitud, hacia médicos como Noel del Val, Raúl Hernández Lara y Robert Spetzscher; hacia camilleros, enfermeras y terapistas, cuyo trabajo cotidiano muchas veces queda fuera de los titulares, y hacia la familia y los amigos que no lo dejaron solo.
En la intersección de la bala y la curación, quedó una imagen potente, la democracia herida pero no derrotada; la recuperación del gobernador, fue más que un gesto personal, fue un símbolo de resistencia y al retomar su despacho, dijo con humildad y firmeza: “Sólo guardo agradecimientos a la misericordia divina”. Esa frase, cierra la crónica con la mezcla de fe, y reconocimiento que muchos prefirieron creer, la convicción de que, en la suma de manos técnicas y manos orantes, la vida encontró qué aferrarse tiene su ganancia. Con el tiempo, la ciudad también reconoció el papel de los equipos sanitarios, enfermeras, camilleros, terapistas, cuyos nombres quizá no siempre llegaron a los titulares, pero cuya entrega fue decisiva.
En ceremonias públicas posteriores, Patricio Martínez, rendiría homenajes discretos a quienes lo cuidaron, y abrió espacios de diálogo sobre seguridad y salud pública. Hoy, la memoria del 17 de enero de 2001, no sólo recuerda la bala, sino la cadena de manos que, juntas, hicieron posible la vida y la esperanza colectiva para que el ex gobernador, Patricio Martínez García, por gracia de Dios, siga nuevos senderos en su vida al lado de su familia y del pueblo que lo recuerda con cariño.