
Crónicas de mis Recuerdos
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
En el plano social, el Cine Alejandría funcionó como un auténtico punto de encuentro, era común que las familias acudieran completas a las funciones dominicales, que las parejas jóvenes, lo eligieran espacio de cortejo, y que los niños, asociaran el cine con uno de los primeros contactos con la fantasía, la aventura y el humor. Además, en fechas especiales, el cine se adaptaba para albergar actos cívicos, festivales escolares o eventos comunitarios, lo que, reforzaba su papel como núcleo de la vida barrial. En cuanto a las personas que impulsaron y materializaron la construcción del Cine Alejandría, la información disponible, apunta a empresarios locales vinculados al comercio y a los servicios urbanos, posiblemente, un matrimonio o una sociedad familiar, como era común en la época.
La fotografía que ha circulado en años recientes suele ser atribuida de manera informal a los promotores originales del cine, sin embargo, hasta el momento no existe documentación concluyente que permita identificar con certeza, los nombres y trayectorias de las personas retratadas en una fotografía de principios del Siglo XX; este tipo de imágenes, muy habituales en los estudios fotográficos de principios, reflejaban el perfil de una clase media acomodada, vestimenta sobria, pose formal, y una clara intención de dejar constancia visual de estatus, estabilidad y proyecto de vida. Más allá de la identificación puntual de sus fundadores, lo relevante desde el punto de vista histórico es, comprender que el Cine Alejandría, fue posible gracias a una mentalidad emprendedora que veía en la cultura y el entretenimiento, una forma legítima de inversión y de servicio a la comunidad. En ese sentido, el cine se inscribe dentro de una red más amplia de iniciativas privadas que, sin apoyo directo del Estado, contribuyeron decisivamente a la modernización cultural de Chihuahua.
Con el paso de los años, el Cine Alejandría enfrentó transformaciones significativas, la llegada de nuevos cines al centro de la ciudad, la competencia de salas más grandes y mejor equipadas, así como los cambios en los hábitos de consumo cultural, fueron mermando poco a poco su centralidad. A mediados del siglo XX, muchos cines de barrio comenzaron a resentir la expansión urbana y el desplazamiento de la vida social hacia otras zonas. Algunos fueron remodelados, otros cambiaron de nombre o de giro, y no pocos terminaron cerrando definitivamente sus puertas. El Alejandría no fue ajeno a este proceso, existen testimonios que señalan que, en distintas etapas, el inmueble fue adaptado para otros usos o funcionó de manera intermitente, reflejando las dificultades económicas y logísticas de mantener una sala cinematográfica tradicional en un entorno urbano cambiante. Sin embargo, incluso en su declive, el cine conservó un fuerte valor simbólico para los habitantes de la Colonia Industrial, quienes lo recordaban como un espacio asociado a la infancia, la juventud y la convivencia comunitaria.
Desde una perspectiva más amplia, el Cine Alejandría formaba parte de la historia del cine en provincia, un fenómeno fundamental para entender la difusión del cine mexicano y extranjero fuera de los grandes centros urbanos. Estos cines locales, fueron los verdaderos mediadores entre la industria cinematográfica y el público popular, permitiendo que el cine, se convirtiera en un lenguaje compartido a escala nacional, sin ellos, la experiencia cinematográfica habría quedado restringida a las élites urbanas. Hoy, hablar del Cine Alejandría, es hablar también de la memoria urbana y del patrimonio cultural no siempre reconocido. Aunque el edificio pueda haber cambiado o incluso desaparecido (sólo quedan algunos arcos-vestigios), su huella permanece en los relatos orales, en las fotografías antiguas, y en la identidad del barrio. Recuperar su historia, no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una forma de comprender, cómo los espacios culturales moldean la vida cotidiana y contribuyen a la construcción del tejido social. En suma, el Cine Alejandría de la Colonia Industrial, fue mucho más que una sala de proyección fue un símbolo de modernidad, un punto de encuentro comunitario, y un reflejo de las aspiraciones culturales de un Chihuahua en transformación. Su historia, entrelazada con la de sus fundadores, sus espectadores y su entorno urbano, constituye una pieza valiosa del pasado local que merece ser preservada, estudiada y difundida como parte integral de la memoria colectiva de la ciudad.
Una de las funciones que se proyectaron en este cine, fue la película de “Juan el Soldado y la Magia Silente”, en ese entonces, la entrada costaba 20 centavos, moneda que compraba un boleto a otro mundo; en el interior del Cine Alejandría, olía a madera nueva, a la loción barata de los jóvenes que iban a cortejar y, sutilmente, al escape del motor que trabajaba incansable en la parte trasera. La película elegida para la inauguración era precisamente "Juan el Soldado"; no fue una elección al azar, era un drama que tocaba las fibras sensibles de una población que entendía de injusticias, de soldados y de redención. Al apagarse las luces de la sala, la "luneta" abajo y la "galería" o "gayola" arriba, donde el boleto era más barato y el ambiente más ruidoso, el proyector comenzó a traquetear. El haz de luz cruzó el aire cargado de humo de tabaco y se estampó contra la pantalla.
Como el cine era mudo, el silencio no existía, un pianista local (cómo sucedió con el Cine Alcázar en el centro de la ciudad), contratado para la ocasión, aporreaba las teclas intentando seguir el ritmo de las imágenes; si la escena era de amor, tocaba un vals suave; si era de persecución, sus dedos volaban en escalas frenéticas. A veces, la música no coincidía con la imagen, provocando las risas de la concurrencia, pero a nadie le importaba, la magia estaba ahí. Con el paso de los años, el Alejandría se convirtió en el centro de gravedad de la colonia, no era solo un cine, era la plaza pública techada, así, cuenta la historia que don Matías, un ferrocarrilero jubilado que, aseguraba haber conocido a su esposa en la fila del Alejandría. "Ella iba con sus hermanas, muy decentes todas", recordaba Matías en las tertulias de los años 30. "Yo le compré unos cacahuates garapiñados antes de entrar. En aquel entonces, si un muchacho te invitaba la entrada al Alejandría, era cosa seria. No como ahora".
Otra anécdota recurrente entre los vecinos más viejos de la Industrial, muchos de ellos se han adelantado en el camino, pero dejaron es las generaciones venideras, testimonios de vida del cine, donde hablaban de "fallas técnicas". En este caso, el motor a gasolina, aunque heroico, era temperamental, a veces, justo en el clímax de la película, el motor tosía y la luz se iba; la pantalla se iba a negro, y la sala quedaba en tinieblas absolutas. Lejos de causar pánico, esto desataba un carnaval, desde la galería (ósea el gallinero), comenzaban a volar cáscaras de pistache, bolas de papel y chiflidos ensordecedores. "¡Échale más gasolina, Habib”! (conocido cariñosamente como don Pablito), gritaban los bromistas. Cuando la luz volvía, los aplausos eran más fuertes que los que recibía el protagonista de la película; también, estaba el terror a lo invisible, doña Carmelita, vecina de la calle Chihuahua, contaba que su abuela nunca quiso ir al cine. "Decía que esas personas en la pared eran fantasmas atrapados, y que el cine era cosa del diablo porque convertía la noche en día". Sin embargo, la mayoría venció el miedo.
Como todo en la vida, la modernidad que una vez impulsó al Alejandría terminó por devorarlo. La electricidad llegó finalmente a toda la Industrial, y el viejo motor de gasolina se convirtió en una reliquia innecesaria. Llegaron los cines con sonido estéreo, con aire acondicionado gélido y butacas acojinadas de terciopelo. El Cine Colonial, el Alcázar y más tarde los multicinemas, ofrecían experiencias que el viejo recinto de la avenida Hidalgo y calle Guerrero ya no podía igualar. Poco a poco, las filas se hicieron más cortas, la pintura de la fachada comenzó a descascararse; la magia del cine mudo dio paso al cine sonoro, y luego al cine a color, y aunque el Alejandría intentó adaptarse, su alma pertenecía a otra era. Cerró sus puertas silenciosamente, sin la fanfarria con la que había abierto aquel 12 de septiembre de 1921. El cine fue vendido en 1946 al empresario Gabriel Alarcón después de 25 años a cargo de la familia Bolos Issa, sin embargo, después de 1946, tras su venta y debido a un incendio que lo destruyó se cerró definitivamente.
“Cine Alejandría: la Catedral de Sueños donde nació la modernidad en Chihuahua”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si usted desea adquirir los libros sobre Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos del I al XIII, puede mandar un mensaje al cel. 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111).
Fuentes: Almada, F. R. (1968). Diccionario de Historia, Geografía y Biografía Chihuahuenses. Chihuahua, México: Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH); Archivo Histórico Municipal de Chihuahua (AHMCH). (1921). Expedientes de Licencias Comerciales y Construcción: Registro del Cine-Teatro Alejandría (Propiedad de Habib Bolos Issa). Fondo Siglo XX, Serie Comercio.