Por, Jessica Valdez
Llegó febrero y con él una serie de festividades que nos invitan —casi nos empujan— a renacer.
Que si el Año Nuevo Chino, que si el 14 de febrero, la antesala de la primavera, el Super Bowl, Bad Bunny…
Todo pareciera llevarnos, una y otra vez, al mismo punto: dar.
Dar abrazos.
Dar tiempo.
Querernos.
Compartir.
Buscarle sentido a la vida en el encuentro con otros.
Y ya saben cómo soy: siempre me pregunto de dónde vienen las cosas.
Claro, la mercadotecnia tiene lo suyo, pero la historia cuenta algo distinto.
En la Roma antigua, febrero se teñía de rituales. La Lupercalia celebraba la fertilidad con danzas y sacrificios.
Los griegos, más poéticos, hablaban del almendro que florece como promesa de un amor eterno.
Y en tiempos del Imperio, un sacerdote llamado Valentín desafió la prohibición de los matrimonios, casando en secreto a jóvenes enamorados. Su martirio terminó dando nombre al día.
Siglos después, la fecha cruzó mares y llegó a México.
Aquí, donde la amistad es raíz tan fuerte como el amor, el 14 de febrero dejó de ser solo de parejas. Se volvió de amigos, de familia, de afectos compartidos.
Así, lo que nació como rito de fertilidad y luego se transformó en símbolo de amor sacrificado, en México se volvió una celebración inclusiva, donde la ternura se expande más allá del romance.
Así que no, no es solo culpa del marketing.
Entre religiones, fiestas paganas, griegos y romanos… nos hicieron un verdadero desmadre emocional.
Y claro, como parte de mi día, lo usé para filosofar.
Ahí estaba yo, compartiendo un día de campo y una carnita asada con nueve adolescentes y seis adultos, observando cómo se relacionan entre ellos.
Y no pude evitar preguntarme:
¿qué será el amor para ellos?, ¿qué es para ustedes?
Lo que mis amigos dicen que es el amor
Porque el amor también se aprende escuchando.
Así que hice lo que mejor sé hacer: preguntar.
Le pregunté a mis mejores amigos qué significa amar.
Esto fue lo que me dijeron.
Carito
El amor como acto consciente: dar sin perderse.
“Yo lo resumo en ese verbo, amiga. Mi papá, antes de morir, un día me hizo la misma pregunta. Yo le contesté: no sé, muchas cosas. Y me dijo: es simple, amor es dar.
Dar tiempo de calidad, contención, empatía, responsabilidad, compromiso. Ese amor que das es lo que te define y lo que eres.
Sí, es posible que tú des y no sea recíproco, pero ahí aplica el primero: ámate, para que sepas dar sin perderte.
Él me dio amor incondicional. Siempre estuvo para mí, sin juicios ni ruidos. Solo tiempo, pláticas, sonrisas, contención. Me sentía amada porque siempre lo tenía.
Entonces entendí que no es más que eso: dar lo que tú te das a ti mismo.”
Mariana
El amor como sostén: presencia que no se retira.
“El amor por mis hijos —que para mí es el amor más fuerte y puro— es dar sin medida, proteger, guiar, cuidarlos, escucharlos y estar siempre, pase lo que pase.
El amor para mi familia y amigos es apoyo incondicional, lealtad, paciencia y estar juntos siempre, en los momentos buenos y en los malos.
Y el amor de pareja es elegirnos todos los días, con respeto, comunicación, compromiso, paciencia y ganas de crecer juntos. También es admiración, confianza, apoyo incondicional y lealtad.”
David
El amor como búsqueda: un arte que se aprende viviendo.
“La verdad es que es una pregunta que, a mi parecer, no tiene una respuesta concreta. Quien pueda definir qué es el amor, seguramente se equivocará.
A mí me gusta pensar que el amor es un arte, imperiosamente necesario para la vida humana. Pero como todo arte, necesita ser dominado tanto en la teoría como en la práctica para ser comprendido. Y quizá ahí, en ese intento, está el verdadero sentido de la existencia humana.”
Iyari
El amor como energía creadora: lo que sostiene todo.
“Es la energía creadora más grande del universo. Va más allá del tiempo, del espacio y de las dimensiones. Es la experiencia más hermosa y enriquecedora que puede vivir cualquier criatura viva.”
Luis
El amor como motor: la razón para crecer.
“Para mí es la principal razón que tienen los seres vivos —tal vez no todos— para evolucionar.
Uno se pone metas, se levanta de las caídas y aprende de los errores por la motivación que da el tener a quien cuidar y por quién ver. Eso nos lleva al crecimiento.
Lo que me parece más interesante son las infinitas manifestaciones del amor: alguien lo demuestra con besos y abrazos, alguien cocinando, alguien con su silencio… incluso alguien con regaños. Solo hay que poner atención a las formas en que se nos presenta.”
Víctor
El amor como riesgo: una adicción que desarma.
“Una droga que poco a poco te consume y que cada día te va haciendo codependiente, hasta el punto de pensar que no puedes vivir sin ella.”
Erika y Gabita, no quisieron definirlo, fue complejo, pero yo si puedo decir que ellas son mujeres increíbles que siempre encuentran la forma de dar amor, y por lo menos a mí, me han llenado de grandes momentos que hoy solo mi memoria y mi rollo fotográfico puede evidenciar.
Y entonces entendí algo mientras los escuchaba a todos:
el amor no es una sola cosa.
No tiene una forma fija ni una definición cómoda.
Es dar y sostener.
Es crear y evolucionar.
Pero también es arriesgarse, perder el equilibrio, aceptar que a veces duele y aun así elegir quedarse.
Con esas ideas todavía rondándome la cabeza, lo volví a hacer: seguir preguntando.
Cambiar de mesa.
Cambiar de generación.
Y entonces se los pregunté a ellos, un grupo muy querido de adolescentes: Zaid, Cristiano, Mateo, Arath, Mariano, Andy, Jonathan, Diego, Santi López, Baldrick, Héctor, Charly y a mi hijo, “el Chino”.
Y si esperaban una respuesta profunda de chamacos de 17 años… qué pena, porque no me la dieron.
Pero yo sí.
Yo les puedo decir que para estos chavos el amor es la amistad.
La manera en que se quieren.
En que se procuran.
En que comparten.
En que se abrazan.
En cómo se ríen.
En cómo festejan.
En cómo se reúnen a jugar fútbol, en sus eternas pijamadas, en los desayunos compartidos.
Estos chavos que me han dado la oportunidad de aprender todos los días desde hace cuatro años.
Que me han dado un lugar en la manada.
Para ellos, el amor —sin duda— es ser amigos de los buenos.
Y por eso los amo profundamente.
Y los cuido como si fueran de mi propia sangre.
Y es verdad: con facilidad me allego de amigos.
O mejor dicho, me allego fácil de los míos.
Pero antes de cerrar, necesito decir algo más.
Víctor, Mariana, Erika, Carito, Irma, Gaby, David, Iyari y Luis no son solo personas que respondieron una pregunta.
Son mis mejores amigos desde hace muchos años.
En algunos casos, desde que yo tenía quince.
Y no me parece menor decirlo.
Me parece extraordinario.
Extraordinario saber que me relaciono con gente extraordinaria.
Que he construido vínculos que resisten el tiempo, las crisis, las versiones distintas de quienes hemos sido.
Para mí, el amor —hoy, a esta edad, con esta historia— es respeto.
Es cuidado.
Es dedicación.
Es saber llamar.
Saber llegar.
Saber quedarse.
Por eso cuido a mis amigos.
Por eso los amo.
Por eso los procuro.
Porque mis amigos no solo me salvan.
Mis amigos me hacen vivir.
Me recuerdan quién soy.
Me sostienen cuando dudo.
Me dicen la verdad cuando hace falta.
Y celebran conmigo cuando la vida se abre.
Y quizá por eso, cuando miro a estos adolescentes amarse desde la amistad, cuando escucho a mis amigos hablar del amor desde lugares tan distintos y tan honestos, entiendo algo con claridad:
El amor no siempre es romántico.
No siempre es perfecto.
No siempre es cómodo.
Pero cuando es real,
cuando es raíz,
cuando es comunidad,
te sostiene,
te acompaña,
y te devuelve las ganas de estar en el mundo.
Y eso —eso—
también es amar.
Gracias a mis amigos.
Gracias a mis adolescentes.
Gracias a quienes saben quedarse cuando amar no es fácil.
Ojalá todos conozcamos esa dicha.