
La política es un ejercicio de símbolos y mensajes. En el PAN siempre se hadefendido que las instituciones se mantienen vivas gracias al respeto a su investidura y al decoro de quienes las encabezan. Sin embargo, lo que hemos presenciado con el Ministro Presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguilar, no es decoro, sino una regresión a las formas más rancias del autoritarismo cortesano, disfrazadas de una falsa cercanía popular.
El video que circula en redes, donde funcionarios de alto nivel de la Corte se inclinan para limpiar el calzado del Ministro en la vía pública, es una bofetada a la ética republicana. Pero para nosotros, antes que, como partido político, como ciudadanos, también es un coraje interminable; ver que no estaban en contra de los privilegios, es que no los tenían ellos. Señalar como oposición técnica y objetiva, este acto no es un error aislado; es la confirmación de un patrón de conducta: la de un Poder Judicial que se dice "del pueblo", pero que vive y respira como una aristocracia blindada.
Como ciudadanía y después como oposición política se ha sido claro con el mensaje: la seguridad de los juzgadores es prioritaria, pero la ostentación es inaceptable. Hace apenas unas semanas (y solo porque los cacharon en la movida, si no, no hubiese pasado nada) la compra de nueve camionetas de lujo blindadas con un costo que superaba los 22 millones de pesos. ¿Cómo se explica que un proyecto político que llegó al poder bajo la bandera de la "austeridad" priorice vehículos de dos millones de pesos por unidad?
Aunque la presión mediática y la exigencia de transparencia de la propia ciudadanía, de los medios de comunicación e inclusive personajes como la Presidenta de la República, obligaron a recular en la compra, la intención quedó grabada en el presupuesto, además de haberse expuesto a nivel nacional. Esa es la verdadera cara de la actual administración de la Corte: una que firma cheques para camionetas de lujo mientras las defensorías públicas carecen de recursos básicos. El incidente de los zapatos es solo la manifestación física de esa mentalidad; es el "charolazo" de quien se siente tan superior que no puede siquiera inclinarse para atender un incidente personal con su café.
La congruencia debe de ser una exigencia, no una sugerencia.
Quienes hoy dirigen la Corte fueron los críticos más feroces de los "privilegios del pasado". No obstante, en menos de un año han acumulado escándalos que harían palidecer a los antiguos regímenes: togas de cientos de miles de pesos, flotillas de lujo y, ahora, el espectáculo de ver a una Directora de Comunicación Social actuando como asistente de limpieza personal.
Como abogado, panista y ciudadano, no se ataca la investidura; se defiende de quien la rebaja. La investidura de un Ministro no se ensucia por un poco de café, se ensucia cuando se permite que la dignidad de los trabajadores del Estado sea pisoteada para mantener impecable la apariencia del jefe. Para darle rumbo a nuestras causas sociales es necesario recordar porque creemos en la subsidiariedad y en la dignidad de la persona; puesto que ver a subordinados arrodillados ante el poder es la antítesis de nuestros valores.
Y no es que sea la Suprema Corte, MORENA o algo que atienda el rigor personal, siempre se seguirán señalando estas inconsistencias vengan de quien vengan, del partido o movimiento que sea. No se trata de una "campaña negra", sino de una auditoría moral y política. Si la justicia en México va a ser "nueva", no puede nacer vieja, llena de vicios de vasallaje y gastos suntuarios.
El Ministro Aguilar debe entender que en una democracia moderna, la autoridad se gana con la ejemplaridad. Cada centavo de los 22 millones de las camionetas y cada gesto de soberbia en la banqueta son grietas en la legitimidad de una institución que debería ser el último bastión de la legalidad, no el primer ejemplo de la hipocresía.
Al pueblo de México se le prometió una justicia a ras de suelo. Lo que hoy tenemos es una justicia que camina sobre los demás para no mancharse las suelas.