Bad Bunny, Super Bowl y Perreo

Pulso Ciudadano
Lic. Armando Garay

El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LIX protagonizado por Bad Bunny no fue simplemente un concierto masivo. Fue un acto político deliberado en el momento más tenso de las relaciones entre Estados Unidos y el mundo latino, donde cada movimiento se convierte en declaración política.

La decisión de la NFL de contratar a Bad Bunny no fue neutral. Fue una apuesta calculada por la liga que históricamente ha evitado controversias políticas explícitas, consciente de que su audiencia está profundamente dividida. Al elegir al exponente máximo del reggaetón, género despreciado por sectores conservadores como "degenerado" y "culturalmente inferior" en el contexto actual, la NFL tomó partido. No por valentía sino por demografía: los latinos son el segmento de mercado de más rápido crecimiento en Estados Unidos, y alienarlos significaría suicidio comercial.

Bad Bunny construyó su presentación como afirmación identitaria latina en un momento donde esa identidad está siendo atacada desde la Casa Blanca. Cada referencia cultural, desde la música de bomba y plena hasta los elementos visuales caribeños, funcionó como recordatorio a 130 millones de televidentes de que los latinos no son seres sub humanos, sino cultura vibrante y compleja. El mensaje subliminal era claro: somos parte integral de este país, guste a quien le guste y pese a quien le pese.

Sin embargo, aquí emerge la primera contradicción crítica: Bad Bunny celebra la identidad latina mientras se beneficia económicamente del sistema estadounidense que simultáneamente explota y marginaliza a los latinos. Su patrimonio estimado en 50 millones de dólares proviene precisamente de su capacidad para comercializar cultura latina ante audiencias estadounidenses que consumen el exotismo del reggaetón sin comprometerse con las realidades políticas de los territorios que producen esa cultura.

La segunda contradicción es más profunda. Bad Bunny se presenta como voz de resistencia cultural puertorriqueña, pero su música es fundamentalmente apolítica. Canta sobre perreo, relaciones tóxicas,  hedonismo y muchas de sus letras una franca denigración para la mujer. Evidentemente no canta ni sus letras abordan temas como la deportación, el temor de los migrantes a perder sus empleos o en cuestiones como la adopción completa por parte del sistema estadounidense.

Pero también es integración. Bad Bunny no está destruyendo el establishment estadounidense; está siendo incorporado a él. El Super Bowl es el ritual más sagrado del capitalismo estadounidense: corporaciones pagando millones por treinta segundos de publicidad, la NFL ganando fortunas obscenas, sponsors explotando mano de obra precarizada globalmente para vender productos a consumidores endeudados. Bad Bunny, al participar, legitima este sistema. Su presencia dice: los latinos pueden ascender dentro del sistema americano si se vuelven suficientemente comercialmente exitosos.

El show de medio tiempo reveló la contradicción central del momento político estadounidense: el multiculturalismo es celebrado cuando es rentable y demonizado cuando así conviene. Bad Bunny fue parte de un montaje con mensaje político vacío, eso si con mucho show (necesario por que la calidad vocal no da para más). Otros clichés como aquel colocado en la mega pantalla que dice algo así en español: “la única cosa mas fuerte que el odio es el amor” se queda en eso, ya que difícilmente veremos algún cambio en las políticas públicas norte americanas en cuestiones migratorias, recordemos que este asedio a los latinos no es reciente, data desde las administraciones anteriores de Biden, Obama y otros donde las deportaciones incluso han alcanzado cifras mayores. Espero me equivoque y este gran montaje ayude a los latinos. Al tiempo.

 

 

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