
Hace dos días se cayó la reforma electoral de la Presidenta. Nos dio mucho de qué hablar la votación en el Congreso: el espaldarazo que dieron los aliados de la 4T y, sobre todo, las diversas propuestas de la facción opositora. Sin más, no se vio aprobado el “Plan D”, uno de los tantos que ha habido con la misión de cooptar la democracia.
Hemos visto de todo en el Canal del Congreso. Peleas, disfraces de dinosaurios, agresiones menores, insultos, retas de pádel, de todo… También en VIX; recordemos que uno de nuestros honorables diputados andaba en La casa de los famosos. Todo esto sí genera un hartazgo en el ciudadano. Y no solo eso, sino que algunos de estos sucesos tienen alcance para ser foco internacional. Por esto, es momento de repensar a quiénes les abren las puertas del Congreso nuestros partidos políticos.
En esta columna me gustaría plantear una visión de la elección de las candidaturas de representación proporcional, o pluris. Se debatió mucho acerca de los efectos que tendría la propuesta en esos 200 espacios en la Cámara Baja, y la interrogante acerca de si es que verdaderamente sería positivo eliminar la lista nacional para la Cámara Alta.
Haciendo un recuento de lo que tenemos hoy en día, en lo personal opino que no es muy justo cómo se integra la pluri. No es secreto para nadie que las cúpulas partidistas integran las listas a modo y como quieran. Y muchas veces esos perfiles no representan ni a la militancia, ni a la ciudadanía, y ni jalan votos. Esas posiciones suelen ser simples favores, ajustes de cuentas, productos de negociaciones o simplemente un dirigente de partido que quiere ser senador. Y falla el propósito medular de estos espacios en el Congreso: proveer a aquellos que votan por ciertas causas legisladores que las representen.
El mismo partido oficialista critica encarecidamente estas figuras por el costo o por la patraña política de ver a personajes innombrables riéndose y aplaudiendo en el Pleno, cuando ellos mismos se beneficiaron de estas hace varias legislaturas, aun cuando no eran gobierno. Y lo que sucede es que el debate no debería versar sobre quiénes integran estos espacios, o el costo que implica para el erario, sino más bien en cómo se integran estas listas. Partiendo de ahí, las dos problemáticas antes mencionadas parecerían mínimas. En una de esas, desaparecen los berrinches legislativos.
Una solución sería que la militancia vote de manera interna quiénes integrarán la lista de su partido, ya sea por su respectiva circunscripción, como se escogen los diputados, o la lista nacional para el Senado. El paradigma que cambiaría en torno a estas figuras sería drástico: figuras electas para legislar en razón de lo que piensa su partido, recordando que las personas, en este caso la militancia, hacen las instituciones.
El plurinominal pasaría de ser una imposición a alguien que verdaderamente representa a los integrantes de un partido y sus causas. Desde luego tendrían que hacer campaña en estas elecciones internas; se fortalecería la vida democrática partidista y la calidad de los legisladores.
El repensar esta figura de representación no debe ser al vapor, sino plantear en todo momento el fortalecimiento de la democracia. Y sobre todo, el que la ciudadanía se sienta motivada de salir un domingo a votar, aspirando a tener debates de gran intelecto con personajes que abonen a nuestras leyes, tratados internacionales y decisiones trascendentales para la nación.
Por, Patricio Deandar Solís.