
Por: Lucía Elia Salmón Reyes
Licenciada en Psicología - Universidad de Estudios Avanzados Campus Chihuahua. ( UNEA )
Hace unos días tuvimos el merecido festejo del día de las madres, motivo por el cual en muchos hogares la casa de mamá fue el punto de encuentro de las familias. Otros más llenaron restaurantes llevándola a comer, se recibieron regalos de acuerdo con lo posible en la economía de cada uno de los hijos, se repartió el tradicional pastel en honor de la reina del hogar. Todo esto en gran algarabía por el día tan importante del año.
Hoy quiero hablar en mi escrito de la otra parte de la historia sobre el día de las madres, quiero hacer mención de aquellas mujeres que al igual que las demás madres lo dieron todo por sus hijos, se entregaron a su crianza, se encargaron de que no les faltara nada en sus vidas, incluso cumpliendo ambos roles, el de madres y proveedoras, cubriendo largas jornadas de trabajo, acudiendo a las reuniones de las escuelas de forma sencilla pues todo lo que ganaban no les alcanzaba para que pudieran comprar una falda o un par de zapatos seguido.
Esas madres tuvieron un día distinto, su casa estuvo vacía, desde el amanecer tuvieron la esperanza de ver llegar a un hijo o una hija, a unos nietos llenos de algarabía, a una casa que la mayor parte de los días esta silenciosa, deseosa de poder poner el mantel y usar toda la vajilla guardada. Preparar los alimentos que a sus hijos les gustaba. Donde una madre de pasos lentos, pero con un corazón ardiente de amor espera una llamada, esa visita que le permita sentir en un cálido abrazo el latir del corazón de sus seres muy amados, esas mujeres donde llego el atardecer del domingo y no hubo ningún indicio de que recibirían alguna visita. Mujeres que se fueron a la cama con un dolor en su pecho y una justificación del porque no llegaron.
En algunos de los casos sus hijos trabajaron y a lo largo de la semana fueron, pero mi escrito se centra en las mujeres que al pasar de los días no hubo una llamada, un mensaje o la visita de sus hijos amados quizás por olvido voluntario, falta de perdón por algo del pasado que lastimo. Hoy esas mujeres, algunas de ellas en edad avanzada, añoran en su corazón se renueve la cercanía de sus familias para poder enmendar, si fuese el caso, lo que se rompió para poder partir al padre en paz. Madres que abrazan con cariño a personas extrañas por la necesidad impetuosa de sentir el calor del ser humano en ellas imaginando que son los abrazos que tanto esperan.
Hoy invito a quien vive por ese momento a realizar una introspección que lleve a evaluar si vale la pena perder quizás los últimos años y momentos con quien les dio la vida, el trabajo de sus manos, su vida misma y sin un manual para hacerlo. Intentando hacer lo mejor con lo que se tenía.
Siestas viviendo la falta de perdón o la angustia del olvido que te llevan a la ansiedad y depresión. Busca de acompañamiento profesional para que puedas recuperar tu salud mental y disfrutes de las cosas relevantes que tienes en la vida.
Para reflexionar:
Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quien nos ofende. ( Mateo 6:12).
La transformación comienza cuando decides mirarte con honestidad y avanzar, incluso con miedo.
Con respeto a tu proceso y confianza en tu fuerza interior.
Lic. Lucía Elia Salmón Reyes
Consultas al: 614 137-91-00
Psicóloga | Acompañamiento emocional y resiliencia.