
En la mesa del café —en esa donde siempre se arregla el país— se escuchó la frase: “¿Requerimos traer liderazgos disruptivos?”
El expresidente AMLO, en su gestión, rompe con las recetas neoliberales y plantea un proyecto nacionalista y social. Su “cuarta transformación” coloca en el centro los programas sociales masivos, la austeridad republicana y la narrativa de combate a la corrupción. Este enfoque implicó una mayor concentración de decisiones en el poder Ejecutivo y un debilitamiento de los contrapesos.
Esta innovación se enfocó principalmente en lo político y social, dejando rezagados temas clave como la seguridad y el crecimiento económico.
Se presume un avance social, pero la realidad muestra un país con alta presión en materia de seguridad y una economía que no logra despegar. La incertidumbre no incentiva la inversión ni la generación de empleos.
De pronto surge la idea de observar otros modelos disruptivos como el de Bukele o Milei, que han sacudido a sus países con resultados tangibles.
Bukele, un presidente que en El Salvador logró bajar la violencia, para cualquier ciudadano suena atractivo; o un Milei con reformas para “achicar” el peso burocrático.
¡Pero debemos decirlo: México es más grande… está en otra liga!
México tiene más de 130 millones de habitante y un PIB de 1.8 billones de dólares; El Salvador apenas ronda los 6.5 millones y un PIB de 30 mil millones, y Argentina, con 48 millones y 600 mil millones de dólares de PIB. Pero más allá de la población, la diferencia que realmente es en la economía: la nuestra es mucho mayor.
Y ese dato técnico se traduce en una realidad operativa: más sectores, más intereses, más regiones, más presiones… y también, más problemas distintos al mismo tiempo.
Entonces, pensar que Bukele o Milei son la solución sería un error. Ambos representan respuestas radicales a problemas específicos de países que no tienen el tamaño de México. Si nuestro país no asume un liderazgo que enfrente la inseguridad sin sacrificar derechos y que active el crecimiento sin pegarle a los programas sociales, México corre el riesgo de rezagarse. ¡En la otra mesa del café todo suena sencillo, pero nunca lo es!
Por César De la Garza Licón.