
Por Lucía Elía Salmón Reyes
Licenciada en Psicología-Universidad de Estudios Avanzados (UNEA)
La psicología clínica y social ha mostrado un interés creciente por comprender la experiencia de la enfermedad terminal, no solo como un proceso médico, sino como vivencia profundamente humana, atravesada por factores emocionales, culturales, familiares y simbólicos; en el caso de los varones, esta experiencia adquiere particular relevancia, debido a la influencia de los mandatos tradicionales de la masculinidad, los cuales, han sido históricamente asociados con la fortaleza, el control emocional, la autosuficiencia y la capacidad de resolver problemas sin mostrar vulnerabilidad.
Estas expectativas sociales no desaparecen frente al sufrimiento, sino que, en muchos casos, se intensifican cuando el varón recibe un diagnóstico adverso, de esta manera, la enfermedad terminal, no solo confronta a la persona con la posibilidad de la muerte, sino también, con una crisis de identidad, pues pone en tensión la imagen de sí mismo que ha construido a lo largo de su vida. Desde esta perspectiva, uno de los elementos más significativos es el llamado “silencio masculino”, en numerosos contextos culturales, al varón se le enseña desde la infancia que, expresar miedo, tristeza o desesperación, constituye una señal de debilidad. Como resultado, muchos varones aprenden a reprimir sus emociones, a minimizar su dolor y a ocultar el impacto psicológico de la enfermedad, esta represión, lejos de resolver el conflicto, suele profundizar el sufrimiento interno y dificultar el proceso de adaptación.
La llamada fortaleza masculina, cuando se convierte en una obligación rígida, puede transformarse en un mecanismo de aislamiento emocional, el hombre enfermo, en lugar de pedir ayuda, a menudo intenta mantener una apariencia de normalidad, incluso, cuando internamente experimenta ansiedad, enojo, incertidumbre y temor, sin embargo, el problema no radica en la fortaleza en sí misma, sino en la imposibilidad de reconocer que la vulnerabilidad también forma parte de la condición humana. Al recibir un diagnóstico terminal, muchos varones presentan reacciones iniciales intensas, como negación, irritabilidad, angustia o depresión. Esta respuesta no debe interpretarse como una incapacidad natural para afrontar la enfermedad, sino como el resultado de una socialización que les ha negado herramientas emocionales para gestionar la pérdida, la dependencia y el deterioro físico, en este sentido, la enfermedad, desestabiliza de forma particular la estructura de significado que sostiene su vida cotidiana.
El varón que ha sido socializado como proveedor, protector o figura de autoridad, puede experimentar que la enfermedad le arrebata justamente aquello que consideraba el centro de su valor personal, su capacidad para cumplir, sostener y resolver y la imposibilidad de continuar desempeñando ese papel, puede generar sentimientos de inutilidad, frustración y vergüenza, además, la enfermedad terminal, enfrenta al varón con una experiencia especialmente dolorosa, la pérdida progresiva de independencia. Para muchos varones, el hecho de necesitar asistencia para caminar, alimentarse, asearse o tomar decisiones médicas, representa una amenaza directa a su identidad; no se trata únicamente de una limitación funcional, sino de una herida simbólica que cuestiona su autonomía y su sentido de control.
La cultura patriarcal ha vinculado erróneamente la masculinidad con la invulnerabilidad, y por ello, cualquier dependencia puede ser vivida como una derrota, sin embargo, desde una mirada crítica, esta asociación resulta profundamente problemática, pues convierte una condición humana universal —la necesidad de cuidado— en un signo de fracaso personal. La enfermedad terminal, revela precisamente lo contrario que todos los seres humanos, independientemente de su género, llegan a momentos de fragilidad que requieren acompañamiento, comprensión y apoyo. Otro aspecto central es el miedo a convertirse en una carga para la familia; muchos varones terminales, no solo sufren por su deterioro físico, sino por la preocupación de dejar de ser útiles a sus seres queridos; temen afectar económicamente al hogar, generando cansancio en la pareja, o provocando sufrimiento en los hijos.
Este temor suele intensificarse cuando el vínculo familiar está mediado por relaciones afectivas frágiles o por dinámicas de dependencia económica y emocional, en algunos casos, el hombre enfermo percibe que su valor dentro de la familia, disminuye en la medida en que deja de producir, sostener o proteger, esta percepción, puede conducir al retraimiento, al silencio y al aislamiento, lo cual, dificulta aún más el acompañamiento emocional. En consecuencia, la enfermedad no solo afecta a la persona, sino también a la red de relaciones que lo rodea, evidenciando si esta es realmente solidaria o si está sostenida únicamente mientras el varón cumple un rol funcional, así, la intervención psicológica adquiere aquí una importancia decisiva, pues los varones con enfermedades terminales, necesitan espacios seguros donde puedan expresar libremente emociones como rabia, tristeza, miedo, culpa o desesperanza, sin temor a ser juzgados o ridiculizados. La atención psicológica, no debe limitarse a aliviar síntomas, sino que, debe buscar una comprensión integral del sufrimiento, en este sentido, la psicoterapia, ofrece recursos valiosos para ayudar al paciente a elaborar el duelo por su propia pérdida, aceptar los cambios corporales, y redefinir el sentido de su existencia en el tiempo que resta. Más que imponer discursos optimistas superficiales, la intervención profesional debe acompañar el proceso real de la persona, reconociendo que el miedo a morir es legítimo, y que la angustia ante el final de la vida no puede reducirse con frases vacías o con exigencias de resignación.
También es importante destacar que muchos varones tardan en solicitar ayuda psicológica, precisamente porque asocian la terapia con debilidad o dependencia, sin embargo, cuando finalmente acceden a ella, suelen encontrar un espacio de alivio y claridad emocional, en ese contexto, la terapia puede convertirse en una herramienta para romper el aislamiento, reorganizar pensamientos catastróficos y fortalecer la capacidad de afrontar el proceso con mayor serenidad. En particular, enfoques como la terapia centrada en el sentido, la terapia cognitivo-conductual y los cuidados paliativos integrales, pueden ser de gran utilidad, siempre que se apliquen con sensibilidad humana, y sin imponer modelos rígidos de adaptación. La meta no debe ser obligar al paciente a mostrarse fuerte, sino acompañarlo a construir una fortaleza distinta, una fortaleza que incluya la honestidad emocional, la aceptación de ayuda y la posibilidad de encontrar significado aun en medio del sufrimiento.
Desde una perspectiva crítica, también resulta necesario cuestionar el modo en que algunas narrativas sociales, representan a los varones durante la enfermedad terminal, con frecuencia, se afirma que ellos “aguantan” más, que “no hablan de sus emociones” o que “se resisten” al tratamiento. Sin embargo, estas afirmaciones generalizan de manera excesiva, y pueden ocultar la diversidad de experiencias masculinas. No todos los varones enfrentan la enfermedad de la misma forma, ni todas las mujeres responden con mayor apertura emocional, la experiencia del padecimiento está mediada por la historia personal, la edad, la educación, la religiosidad, el tipo de apoyo recibido, la calidad de la relación de pareja y las condiciones económicas, por ello, conviene evitar explicaciones simplistas que reduzcan el sufrimiento masculino a una supuesta naturaleza emocional. Lo que existe, más bien, es una estructura cultural que condiciona las formas de expresar dolor, pedir apoyo y aceptar la dependencia.
En este punto, la familia cumple un papel fundamental, cuando el varón enfermo cuenta con una red afectiva que lo acompaña sin invalidar su dolor, el proceso suele ser más llevadero, la presencia de la pareja, de los hijos, de los hermanos o de otros cuidadores, puede favorecer la sensación de dignidad y pertenencia. No obstante, también es cierto que algunas familias, al enfrentar el desgaste emocional, económico o físico que implica la enfermedad terminal, se alejan, se fragmentan o abandonan al paciente. Este abandono, puede ser experimentado por el hombre como una traición particularmente dolorosa, sobre todo, si durante años asumió el papel de sostén del grupo familiar. La crisis terminal, por tanto, no solo revela la vulnerabilidad de la persona enferma, sino también la calidad ética de los vínculos que lo rodean. Allí donde la solidaridad desaparece cuando cesa la productividad, se evidencia que el afecto fue condicionado por la utilidad y no por el reconocimiento pleno de la persona.
En conclusión, la enfermedad terminal en los varones, constituye un fenómeno que debe ser abordado desde una mirada psicológica, ética y crítica; no basta con atender los síntomas físicos, es indispensable comprender el impacto que el diagnóstico tiene sobre la identidad, la dignidad, los vínculos familiares y la construcción social de la masculinidad. Mientras persista la idea de que el hombre debe soportar en silencio, muchos continuarán enfrentando su enfermedad en soledad, por ello, la tarea de la psicología no es solo aliviar el sufrimiento, sino también, cuestionar los mandatos culturales que impiden pedir ayuda, expresar dolor y recibir cuidado. Reconocer la vulnerabilidad masculina, no debilita al varón, al contrario, lo humaniza, y en una sociedad verdaderamente justa, no debería valorar a las personas por su capacidad de resistir sin quejarse, sino por su derecho a ser acompañadas con respeto, amor y dignidad en los momentos más difíciles de la vida.
“La verdadera fortaleza no consiste en ocultar el dolor, sino en afrontarlo con dignidad, amor y esperanza.”
Lucia Salmón