
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Las escenas de saqueo comenzaron a repetirse una y otra vez en el norte revolucionario, en San Isidro de las Cuevas, hoy Villa Matamoros, tropas villistas vaciaron tiendas chinas, mientras la población observaba con miedo o aprovechaba el caos para robar también, los estantes quedaron vacíos, sacos de arroz abiertos se mezclaban con telas rotas y muebles destruidos, para muchos comerciantes, aquello significó perder el trabajo de toda una vida en cuestión de horas, no había autoridad que protegiera, no había justicia, la guerra convertía al comerciante indefenso en botín legítimo. Pero quizá una de las escenas más dolorosas ocurrió en la ciudad de Chihuahua en noviembre de 1916.
Los principales miembros de la comunidad china habían pedido ayuda desesperadamente, temían que las tropas villistas atacaran la ciudad y provocaran una masacre; solicitaron un tren custodiado para huir hacia Ciudad Juárez, les prometieron protección, y les dijeron que no era necesario escapar, entonces llegó el ataque, los comercios del barrio chino fueron saqueados y decenas de habitantes asesinados brutalmente a culatazos y garrotazos; las calles quedaron en silencio después del horror; los sobrevivientes recordaron durante años aquel olor insoportable a humo, sangre y madera rota; la ciudad, que alguna vez había sido hogar, se convirtió en un lugar inhabitable. Y aun después de tanta destrucción, la violencia continuó y para 1919, en Estación Pearson, villistas volvieron a saquear negocios chinos y asesinaron a varios comerciantes, parecía que la persecución jamás terminaría, ya que, cada vez que una familia intentaba reconstruirse, la guerra regresaba para destruir nuevamente sus esfuerzos. Muchos huyeron definitivamente a Estados Unidos, otros regresaron a China derrotados y llenos de dolor; algunos permanecieron en México, aferrándose a la esperanza de sobrevivir en medio de una tierra que los rechazaba y los necesitaba al mismo tiempo.
Porque esa es una de las grandes contradicciones de esta historia, mientras los chinos eran perseguidos, expulsados y asesinados, también eran fundamentales para la economía regional; sus tiendas abastecían poblaciones enteras; sus lavanderías daban servicio a obreros y ferroviarios; sus restaurantes alimentaban a trabajadores, comerciantes y viajeros. En ciudades del norte, los chinos llegaron a controlar una parte importante del pequeño comercio, de los hoteles modestos, de los expendios de comida, y de los negocios de abarrotes, habían logrado integrarse al tejido económico con disciplina y constancia. Con el paso de las décadas, muchas familias chino-mexicanas, sobrevivieron y reconstruyeron su vida. Algunas cambiaron apellidos, otras ocultaron parte de su historia por miedo, pero la presencia china nunca desapareció completamente de México. El sufrimiento no terminó cuando callaron las armas, la herida siguió viva mucho después, porque la violencia material suele dejar detrás una cicatriz moral que tarda generaciones en cerrarse.
La desconfianza hacia los chinos se prolongó en décadas posteriores, y se expresó en restricciones, estigmas y formas de exclusión más sutiles, pero no menos dolorosas. Muchos sobrevivientes y sus descendientes aprendieron a vivir con discreción, a no llamar la atención, a bajar la voz para evitar el golpe de nuevas hostilidades, sin embargo, incluso en ese ambiente adverso, algo en ellos permaneció en pie, su comunidad, no se disolvió del todo, se replegó, se reorganizó, se defendió en silencio; hubo familias que lograron reconstruir sus negocios, reiniciar sus vidas, y volver a abrir las puertas que el odio había cerrado. Ese regreso no fue una victoria inmediata, ni un acto heroico en el sentido solemne de la palabra, fue una victoria cotidiana, lenta, hecha de resistencia paciente, pues volver a vender, a servir, a permanecer, fue una forma de desafío frente a la expulsión, allí donde la historia quiso borrarlos, ellos persistieron. Con el paso de las décadas, la comunidad china en Chihuahua se adaptó y encontró nuevos modos de integración, entre 1940 y 1970, y luego con mayor visibilidad desde los años setenta hasta el presente, su presencia se hizo parte del paisaje urbano y cultural.
Los restaurantes chinos se multiplicaron, las familias conservaron tradiciones, algunas generaciones se incorporaron al comercio, a la educación y a otros espacios de la vida social; la cocina se convirtió en una de las formas más visibles de su herencia, pero sería un error reducir su legado únicamente a la gastronomía, ya que, esta comunidad, aportó disciplina, visión emprendedora, diversidad cultural, y una capacidad extraordinaria para reconstruirse. Su historia en Chihuahua no es solo la historia de quienes sirvieron alimentos o limpiaron ropa o vendieron abarrotes, es la historia de una comunidad que sostuvo la economía local en momentos decisivos, que ayudó a modernizar la ciudad, que formó parte del desarrollo comercial, y que, pese a ser golpeada por el racismo, nunca dejó de contribuir a la vida del Estado de Chihuahua. Su valor no reside solo en lo que hicieron, sino en la manera en que lo hicieron, con constancia, humildad, con una resistencia que pocas veces fue reconocida a tiempo.
Hoy, mirar hacia atrás y recorrer este trayecto, es comprender que la comunidad china en Chihuahua no es un capítulo menor, ni una nota al pie de página en la historia regional, es un componente fundamental de su construcción social y económica, una presencia que desafió el olvido, el prejuicio y la violencia. Sus sufrimientos no deben narrarse como simple desgracia, sino como testimonio de la capacidad humana de resistir sin perder la dignidad; fueron perseguidos, expropiados, expulsados y marginados, pero no desaparecieron, se levantaron una y otra vez, reconstruyeron sus vidas, mantuvieron vivas sus costumbres y aportaron, con paciencia de siglos, a la formación de Chihuahua como una ciudad plural, laboriosa y diversa. Reconocer su valor no es un gesto de cortesía histórica, sino un acto de justicia, porque en los surcos abiertos por el ferrocarril, en los mostradores de los comercios, en las cocinas encendidas de los restaurantes, en las familias que sobrevivieron a la tormenta, permanece la huella de quienes fueron capaces de convertir el dolor en permanencia. La comunidad china en Chihuahua merece ser recordada, no solo por lo que sufrió, sino por todo lo que sostuvo cuando parecía que nada podía sostenerse. Su historia, escrita con sacrificio, con trabajo y con memoria, forma parte de la entraña misma de Chihuahua, y en esa memoria, que todavía late entre la pérdida y el orgullo, debe reconocerse para siempre su inmensa valía.
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Fuentes de Investigación: Hu-DeHart, Evelyn "Racismo y persecución antichina en México" , American Historical Review, vol. 86, No. 3, 1981; Romero, Robert Chao "The Chinese in Mexico, 1882-1940" , University of Arizona Press, 2010 y Del Castillo Troncoso, Alberto. "Los chinos en México: Integración y Exclusión" en Migración y Fronteras: Los Trabajadores Migratorios y la Sociedad Mexicana , El Colegio de la Frontera Norte, 1999.