
A ti ciudadano.
¿Te acuerdas cuando ibas a la doctrina y te daban este catecismo que tenías que repetir hasta el cansancio?
Durante décadas, miles, o quizá millones de niños mexicanos, se prepararon para recibir su Primera Comunión con un pequeño libro de portada inconfundible: el catecismo Mi Primera Comunión (Catecismo del niño), escrito por el jesuita Roberto Guerra, S. J.
Su contenido era claro y directo. Sus páginas, breves. Pero lo que más marcó a generaciones fue su imagen de portada: una estampa religiosa de una niña de mirada profunda y expresión serena (para algunos, incluso triste) que parecía observar al lector con una mezcla de inocencia y solemnidad.
La ilustración utilizada en varias ediciones corresponde a la estampa religiosa titulada Filius Mariae Virginis C. Mariana 457. Lejos de tratarse del nombre de una artista, el título en latín significa “Hijo de la Virgen María”, y el número responde a un código de catálogo editorial.
Este tipo de estampas devocionales fue común en el siglo XX en México y España. Muchas eran impresas por talleres religiosos y distribuidas sin acreditar formalmente al autor del grabado o de la pintura original. Por ello, la autoría específica de la imagen sigue siendo incierta.
Sin embargo, su fuerza simbólica fue indiscutible. La mirada baja, la iluminación suave y el estilo clásico evocaban pureza, recogimiento y espiritualidad, valores centrales en la preparación para el sacramento.
El libro fue publicado y reimpreso durante años por editoriales católicas como Buena Prensa, convirtiéndose en material habitual en parroquias y colegios religiosos.
Escrito por Roberto Guerra, miembro de la Compañía de Jesús, el texto estaba estructurado en preguntas y respuestas sencillas. Explicaba quién es Dios, quién es Jesús, qué son los sacramentos y por qué la Eucaristía representa el Cuerpo y la Sangre de Cristo, todo con un lenguaje adaptado a niños de entre siete y diez años.
Además, el autor elaboró una versión ampliada para catequistas, lo que consolidó su obra como una herramienta pedagógica de referencia en la formación católica infantil.
Para muchas familias mexicanas, el catecismo no era solo un manual religioso. Era parte de un ritual: asistir a clases los sábados, memorizar oraciones, aprender los mandamientos y prepararse para vestir de blanco el día de la ceremonia.
La pequeña figura de la portada acompañaba ese proceso. Algunos la recuerdan con nostalgia; otros, con cierta melancolía. Pero casi todos coinciden en que esa imagen quedó grabada en la memoria colectiva.
Por, Víctor Hugo Estala Banda.