
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Corría el gélido invierno del año 1896, cuando en la ciudad de Chihuahua, un asentamiento polvoriento que apenas acariciaba la cifra de diez mil habitantes, anhelaba con desesperación los ecos de la modernidad; el desierto azotaba con su clima inclemente, secando las gargantas y curtiendo la piel de sus pobladores, pero en el corazón de un grupo de audaces pioneros, germinó una visión que cambiaría el destino urbano para siempre; aquel lejano 8 de febrero, bajo el amparo del gobernador, coronel Miguel Ahumada, floreció la idea de erigir un imperio de cebada.
El alba de un nuevo siglo se asomaba sobre el horizonte de la capital chihuahuense, y con él, el rugido de una modernidad que anhelaba transformar el rostro de la provincia; era el año de 1899 cuando la ciudad de Chihuahua, envuelta en el frenesí del progreso porfiriano, se vistió de gala para presenciar un acontecimiento que marcaría un antes y un después en su memoria industrial, la solemne inauguración de la Compañía Cervecera de Chihuahua, S.A., aquel día, el aire no solo vibraba con el silbato de las locomotoras cercanas, sino con la promesa de un futuro donde el desierto por fin, se rendía ante la ingeniería y el espíritu empresarial. En el presídium, bajo la mirada vigilante de una sociedad que despertaba, se encontraba la figura imponente del coronel Miguel Ahumada, gobernador del Estado, cuyo mandato se había convertido en el terreno fértil donde la industria germinaría. Junto a él, un grupo de hombres de visión férrea: Juan Terrazas, John Brittingham, Enrique C. Creel y don Federico Sisniega, contemplaban con orgullo el coloso de ladrillo que habían erigido, sabiendo que cada piedra colocada desde aquel frío febrero de 1896 era un peldaño hacia la independencia económica de la región.
Los capitales que alimentaron este sueño, no vinieron de tierras lejanas y desconocidas, sino que, brotaron de las entrañas mismas de Chihuahua; fue una apuesta de sangre y sudor local; una inversión inicial de 250 mil pesos que, ante la fe inquebrantable de sus socios, pronto se transformó en un millón de pesos de oro. Este flujo de riqueza, no solo buscaba la acumulación, sino que pretendía demostrar al mundo que en el norte de México se podía fabricar un producto capaz de desafiar a los paladares más exigentes de Europa. El beneficio para la población fue inmediato y profundo, pues la cervecería se convirtió en un imán de empleo, abrigando a más de 300 familias que encontraron en sus calderas y bodegas, un sustento digno, pues la ciudad, que apenas acariciaba los diez mil habitantes, creció en infraestructura y prestigio, viendo cómo la avenida Juárez se convertía en el epicentro de una actividad febril que extinguía la apatía de antaño.
Para el estado de Chihuahua, la inauguración fue el sello de una época de bonanza, ya que, la Compañía Cervecera, no solo apagaba la sed de los parroquianos con sus marcas emblemáticas como la Cruz Blanca y la Austriaca, sino que encendía la competitividad regional, obligando a los gigantes de Monterrey a mirar con respeto hacia las tierras del Septentrión desértico. Este acontecimiento sembró una esperanza colectiva que recorrió los rieles del Ferrocarril Central Mexicano, llevando el mensaje de que Chihuahua ya no era solo una tierra de minas y ganado, sino un bastión de la vanguardia industrial. En cada botella que salía de la planta, se embotellaba el orgullo de un pueblo que, a pesar de las futuras derrotas que la historia le reservaría, en aquel momento se sentía invencible, dueño de su destino y arquitecto de su propia prosperidad; la inauguración no fue solo el corte de un listón, sino el nacimiento de un símbolo de identidad que, uniría a generaciones de chihuahuenses bajo el aroma dulce de la malta y la espuma de la victoria.
Hombres de la talla de don Federico Sisniega, Juan Terrazas, John Brittingham, Enrique C. Creel, José María Sánchez y Víctor Héctor, confiaron su capital a la tierra árida, inyectando un fondo inicial de 250 mil pesos que, al calor de la ambición y el trabajo férreo, pronto se multiplicó hasta alcanzar la asombrosa suma de un millón de pesos. Así, en medio de la aridez, la Compañía Cervecera de Chihuahua se alzó como un oasis de cristal y espuma, marcando el inicio de una época dorada durante el régimen del presidente Porfirio Díaz Mori, donde la industria prosperó, y la ciudad entera soñó con un futuro de abundancia. La imponente arquitectura de la cervecería, irrumpió en el paisaje del este de la ciudad de Chihuahua, situándose majestuosamente sobre la avenida Juárez, justo frente de la antigua fábrica de ropa "La Paz".
Aquel titán de ladrillo y acero, que abarcaba más de 9 mil metros cuadrados, y que quedó concluido en el alba de 1899, se expandió devorando el horizonte urbano, nutriéndose de la cercanía vital que le brindaba la estación del Ferrocarril Central Mexicano, ubicada a tan solo 300 metros; sus colosales instalaciones, estremecieron los cimientos de la economía local, no era para menos, el complejo había sido diseñado basándose en los planos de las cerveceras más modernas y sofisticadas de toda América. En su vientre de metal, cuatro potentes calderas rugían desarrollando una fuerza de 550 caballos, alimentadas por una vasta instalación eléctrica que, en aquella época, era un auténtico prodigio de la ingeniería. La maquinaria, importada desde Alemania y los Estados Unidos, levantó el estándar de calidad a niveles insospechados, reuniendo todos los adelantos de la era industrial.
Con una plantilla de casi 300 trabajadores, la fábrica respiró vida, dos maestros cerveceros de origen alemán, y un mecánico en jefe norteamericano, dirigían a cientos de mexicanos nativos que, a pesar de la inicial escasez de personal capacitado, aprendieron el noble oficio de transformar el agua y el grano en oro líquido. La producción inicial germinó con fuerza, logrando envasar más de tres millones de litros anuales y cuando el verano fulminaba a la región norteña con temperaturas sofocantes, la cerveza Cruz Blanca, junto a la Austriaca y posteriormente la marca Chihuahua, iluminó las tardes de los parroquianos; el público simplemente, no podía resistirse a ese sabor único, un néctar que aliviaba el calor, y fomentaba la camaradería en cantinas, fiestas y reuniones de alta sociedad. Tal fue la efervescencia de la demanda, que la infraestructura pronto se amplió, elevando su capacidad hasta la colosal cifra de siete millones de litros por año, por ello, la empresa extendería sus tentáculos mercantiles por toda la república, enviando sus vapores desde Tampico hacia el Golfo de México, y cruzando por ferrocarril la Aduana Fronteriza de Juárez para surtir el Pacífico a través de Nogales. La cervecería chihuahuense, en su apogeo, desafió el monopolio de las fábricas europeas de mayor renombre.
Sin embargo, el progreso pronto colisionó con un obstáculo imprevisto que amenazaba con asfixiar la producción, la escasez de botellas. La antigua Fábrica de Vidrios y Cristales languideció ante la abrumadora demanda, incapaz de abastecer la creciente industria y para 1904, los empresarios de Chihuahua y sus acérrimos competidores, la Cervecería Cuauhtémoc de Monterrey, anhelaban una solución tecnológica y a nivel internacional, la salvación había llegado en 1903, gracias a la patente de Michael Owens en Estados Unidos, comercializada por la Toledo Glass Company, la cual permitía la fabricación de botellas en serie, sin depender del lento soplado manual. John Brittingham e Isaac Garza, viajaron a territorio estadounidense, pero Brittingham, moviéndose con la astucia de un felino, aventajó a los regiomontanos gracias a sus conexiones familiares, adquiriendo en 1905, los derechos de explotación de la patente “Owens” para México por 20 años, esto originó que los empresarios de Monterrey, lamentaran momentáneamente su fracaso, quedando fuera de la jugada…Esta crónica continuará.
“Suspiros de cebada sobre el riel: auge, Pasión y Silencio de la Cervecería Chihuahua (1896)”, forma parte de los Archivos perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si usted desea compartir alguna historia, relato o información en general para esta sección o si desea adquirir los libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua, Tomo I al XIII” mande un mensaje al celular: 614 148-85-03 y con gusto le brindamos información o adquiéralos en librería Kosmos en el centro de la ciudad.
Fuentes: El Heraldo de Chihuahua, 1931, 1945, 1955; Archivo Histórico del Municipio de Chihuahua, Profesor Rubén Beltrán Acosta; Ciudad de Chihuahua, Apuntes Históricos. Zacarías Márquez Terrazas.
Libros Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas I y II.