Suspiros de cebada sobre el riel: auge, Pasión y Silencio de la Cervecería Chihuahua (1896) (Parte dos)

Crónicas de mis Recuerdos

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com

 

John Brittingham e Isaac Garza, viajaron a territorio estadounidense, pero Brittingham, moviéndose con la astucia de un felino, aventajó a los regiomontanos gracias a sus conexiones familiares, adquiriendo en 1905, los derechos de explotación de la patente “Owens” para México por 20 años, esto originó que los empresarios de Monterrey, lamentaran momentáneamente su fracaso, quedando fuera de la jugada. Tardarían cuatro largos años de tensas negociaciones para que, finalmente, el 9 de diciembre de 1909, ambos grupos llegaran a un acuerdo histórico, fusionando el valor de la patente y los activos de cristal, para dar origen a la Vidriera Monterrey, S.A., una alianza que fortaleció a ambas cerveceras. 

Sin embargo, pero justo cuando la bonanza económica más brillaba, el destino desató su furia sobre el país entero. Noviembre de 1910, llegó con un sabor amargo, los tambores de la Revolución Mexicana que estremecieron el firmamento norteño, y el nerviosismo ensombreció los despachos de los grandes magnates de la Compañía Cervecera, pues las noticias golpeaban con la fuerza de un huracán: Pascual Orozco, se levantaba en armas en la Junta, Guerrero; Toribio Ortega, encendía la mecha en Cuchillo Parado, y el indomable Francisco Villa, iniciaba su leyenda en el poblado de San Andrés y en relación a esto, el miedo irrumpió en las calles de la capital del estado. Ante el inminente peligro de las hostilidades, los prominentes empresarios lloraban en silencio la decisión más dolorosa de sus vidas, la paralización total de la fábrica. 

La otrora bulliciosa avenida Juárez enmudeció, la industria cervecera sucumbió ante los embates de la guerra, arrastrando consigo a hilanderas, fábricas de jabón, empacadoras y molinos de harina. Durante los años más cruentos del conflicto, las fuerzas del Centauro del Norte intervinieron las instalaciones, y las calderas que una vez cocinaron la cebada perecieron temporalmente bajo el control militar, dejando que el polvo y el silencio reinaran en los pabellones. Pasada la tormenta revolucionaria, cuando la pólvora dejó de oler y la sangre se secó en la tierra colorada, la ciudad renació de sus cenizas. La vieja cervecería, herida pero no destruida, abrigó la esperanza de un nuevo comienzo, siendo tomada en arrendamiento por empresarios visionarios como don Tomás Fernández Blanco, José Fernández Blanco, Benito Martínez y Luis Garza Treviño, quienes bajo el nombre de "Arrendatarios de la Cervecería de Chihuahua" levantaron los pesados portones de la fábrica. 

Las máquinas volvieron a cantar, y el portafolio de productos se multiplicó de manera asombrosa. A las legendarias Cruz Blanca, Chihuahua y Austriaca, se sumaron nombres que resonarían en las tabernas de todo el país: Carta Plata, Standard, Langer, Tívoli, Pilsner, Bok Bier, Carta Negra, Edelweiss, e incluso la inolvidable Listón Azul, pionera en envasarse en lata para competir ferozmente en Ciudad Juárez. Durante décadas, la compañía prosperó, ganándose el cariño entrañable de varias generaciones que brindaban por la paz recién instaurada.  La ubicación de la Compañía Cervecera de Chihuahua no fue obra de la casualidad, sino producto de una mente maestra y visionaria, estaba situada a escasos 300 metros de la antigua estación del Ferrocarril Central Mexicano, la fábrica aprovechó esta arteria de acero como su principal sistema circulatorio; las vías alimentadoras se adentraban casi hasta las entrañas de la cervecería, donde vagones enteros eran cargados con miles de litros de cerveza fresca. A nivel local, en la naciente y polvorienta ciudad, la distribución cabalgaba sobre pesados carromatos tirados por caballos y mulas que recorrían las calles empedradas, surtiendo a cantinas, boticas y tiendas de abarrotes, sin embargo, la ambición de sus fundadores apuntaba a horizontes más lejanos y para conquistar el mercado nacional, la empresa tejió una red logística impresionante.

Hacia el Golfo y el Sur, los trenes cargados de cerveza viajaban hasta el puerto de Tampico, desde ahí, los barriles y botellas se embarcaban en buques de vapor, convirtiendo a Tampico en el gran punto repartidor que inundaba de cerveza chihuahuense a todos los estados bañados por el Golfo de México; hacia el Pacífico, El ferrocarril enfilaba hacia el norte, cruzando la Aduana Fronteriza de Ciudad Juárez y desde ahí, los trenes se internaban por Nogales, Sonora, logrando sortear la agreste geografía para surtir los gigantescos pedidos de las entidades costeras del Pacífico, por ello, la cerveza de Chihuahua, viajaba por desiertos, montañas y mares, demostrando que su calidad no conocía fronteras. Sin embargo, dentro de toda esta vida, en la Cervecería, también quedaron testimonios que dejaron huella al pasar un sinnúmero de personas por sus instalaciones.

Detrás de las frías cifras de producción, existieron almas que vibraron, lloraron y celebraron con una botella en la mano, como el caso de las crónicas íntimas de aquellos que saborearon el oro líquido del norte y bajo el sol inclemente de julio de 1902, don Rufino, un fogonero del Ferrocarril Central, sucumbía ante el cansancio; su rostro, tiznado de carbón y sudor, suplicaba clemencia tras catorce horas de viaje, al descender en la estación de Chihuahua, sus compañeros le extendieron una botella helada de Cruz Blanca y al dar el primer trago, Rufino cerró los ojos; el líquido amargo y burbujeante barrió con la ceniza de su garganta. En ese instante, no era un simple obrero, sino un rey al que el desierto le rendía tributo. Por otro lado, en los majestuosos salones de la Quinta Gameros, durante una deslumbrante gala porfiriana en 1908, doña Leonor de Terrazas, fascinaba a los invitados extranjeros. Los diplomáticos europeos, escépticos del refinamiento norteño, degustaron tímidamente sus copas de la cerveza Austriaca y al sentir la suavidad y el cuerpo perfecto de la malta, sus rostros de asombro delataron la derrota de su orgullo. Leonor sonrió, sabiendo que su tierra acababa de conquistar el paladar del viejo continente.

A cientos de metros bajo tierra, el polvo de plata asfixiaba los pulmones de Jacinto, tras una semana de picar piedra en la oscuridad absoluta, el sábado por la tarde emergió a la superficie, con su primer pago en la mano, corrió a la cantina del pueblo y pidió una Carta Plata. Al destaparla, el sonido del gas escapando le pareció el canto de los ángeles, aquella cerveza lavó su tristeza, devolviéndole la esperanza para enfrentar nuevamente las profundidades del lunes siguiente. Era 1914 y la guerra desangraba al país, un joven soldado de la División del Norte, con los pies ampollados y el fusil al hombro, irrumpió junto con su tropa en las bodegas intervenidas de la cervecería; entre el caos, descubrió un cajón intacto de cerveza Chihuahua. Al beberla, el miedo a la muerte que lo acechaba cada noche desapareció por unos minutos y al estar sentado sobre un barril, lloró en silencio, recordando con ese sabor el hogar campesino que había dejado atrás.

Herr Müller, uno de los mecánicos traídos desde Baviera para operar la maquinaria, padecía la lejanía de su patria y el invierno chihuahuense le calaba los huesos, pero una tarde de 1905, el maestro cervecero le dio a probar la primera tanda de Bok Bier producida en la planta. Al sentir el tueste oscuro y profundo en su paladar, su corazón retrocedió varios metros; una lágrima resbaló por su mejilla rubia; el desierto le había regalado un pedazo de su amada Alemania y en el caluroso puerto de Veracruz, don Epifanio dudaba al recibir el cargamento llegado desde Tampico. ¿Cerveza del norte compitiendo en sus tierras? Desafiante, abrió una botella de Tívoli y se la llevó a los labios; el choque térmico y el sabor prístino lo doblegaron. Inmediatamente, ordenó a sus mozos que llenaran las hieleras. Ese día, su cantina vendió hasta la última gota, y Epifanio bendijo a los genios locos de Chihuahua que desafiaban el calor desde el otro lado del mapa…Esta crónica continuará. 

“Suspiros de cebada sobre el riel: auge, Pasión y Silencio de la Cervecería Chihuahua (1896)”, forma parte de los Archivos perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si usted desea compartir alguna historia, relato o información en general para esta sección o si desea adquirir los libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua, Tomo I al XIII” mande un mensaje al celular: 614 148-85-03 y con gusto le brindamos información o adquiéralos en librería Kosmos en el centro de la ciudad.

 

Fuentes: El Heraldo de Chihuahua, 1931, 1945, 1955; Archivo Histórico del Municipio de Chihuahua, Profesor Rubén Beltrán Acosta; Ciudad de Chihuahua, Apuntes Históricos. Zacarías Márquez Terrazas.  

Libros Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas I y II. 

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Abuchean a Layda Sansores en la inauguración de la LMB en Campeche

En redes sociales salió a relucir un video de un momento que para la Gobernadora de Campeche, Layda Sansores, fue incómodo, al llegar a la inauguración de la Liga Mexicana de Beisbol, la morenista fue abucheada por el público.

Entre gritos con palabras como “¡Fuera!”, la gobernadora fue recibida por cientos de aficionados,fue tal el rechazo, que Sansores decidió no dedicar palabras durante la ceremonia inaugural.

Por cierto, este acto ocurrió el pasado 22 de abril, pero fue apenas hace unas horas que el video se difundió en redes sociales, pues señalan, el gobierno estatal no quería que saliera a la luz…

https://twitter.com/MLopezSanMartin/status/2047831624948023433

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