Suspiros de cebada sobre el riel: auge, Pasión y Silencio de la Cervecería Chihuahua (1896) (Última parte)

Crónicas de mis Recuerdos

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com

 

En la naciente década de los años veinte, bajo la música de un fonógrafo en la calle Libertad, los jóvenes Clara y Manuel temblaban de nervios; Él, buscando valor, pidió dos cervezas Edelweiss y al chocar las botellas de cristal, el tintineo selló un juramento de amor eterno, ambos bebieron, y el ligero dulzor de la malta se fundió con la inocencia de su primer beso. La cerveza fue el testigo silencioso de una historia que florecería por más de cincuenta años, por otro lado, en las tardes de domingo en 1950, don Roberto, un hombre de manos agrietadas por el sol, se sentaba en el porche de su casa junto a su hijo mayor, a quien le enseñaba el valor del trabajo duro. Como rito de paso a la adultez, le ofreció por primera vez un vaso de Cruz Blanca y el muchacho, al sentir el amargor maduro, comprendió que no solo estaba bebiendo cerveza, sino que heredaba el carácter resiliente y la identidad inquebrantable de los hombres del norte.

En una pequeña cantina del barrio de Nombre de Dios, don Anselmo ahogaba el dolor de haber perdido a su esposa; las noches se le hacían eternas y el silencio lo devoraba, ahí, el cantinero, sin decir palabra, le ponía enfrente una Cruz Blanca bien fría. Ese trago amargo le hacía compañía, adormeciendo sus demonios y abrazando su soledad, era el único amigo que no le exigía explicaciones, solo le brindaba un refugio de ámbar donde podía existir sin sufrir, así mismo, corría el final de los años ochenta y don Luis, un viejo ferrocarrilero ya jubilado, miraba con tristeza la última botella de Cruz Blanca que quedaba en el estante de su tienda de confianza. Sabía que los gigantes de Monterrey, habían silenciado para siempre la fábrica de su juventud; compró la botella, caminó hasta las antiguas vías del tren, la destapó y la elevó hacia el sol poniente del desierto, ahí, dio un trago largo, suspiró con el peso de los años, y despidió a la cerveza que, durante toda una vida, le había enseñado a saborear la victoria y a tragar las derrotas.

El sol de la modernidad, que una vez iluminó con fuerza los muros de ladrillo de la avenida Juárez, comenzó a proyectar sombras alargadas y frías sobre la Compañía Cervecera de Chihuahua, pues a mediados del siglo XX. Lo que nació como un grito de independencia industrial frente al desierto, empezó a agonizar bajo el peso de la consolidación corporativa. El año de 1965 marcó el inicio del invierno para la identidad chihuahuense, pues la Cervecería Cuauhtémoc, el gigante de Monterrey, extendió sus garras de oro y devoró a la joya del norte, aunque en un principio la adquisición se disfrazó de crecimiento, la realidad era una lenta amputación, ya que, los nuevos dueños despojaron a la Cruz Blanca de su esencia, rediseñando su imagen hasta convertirla en un espejo borroso de la Carta Blanca regiomontana. Los obreros, que por décadas habían custodiado el secreto del sabor local, contemplaban con amargura cómo su amada fábrica se transformaba en una pieza más de un tablero ajeno, perdiendo el alma en cada ajuste de producción.

El implacable avance del capitalismo y las fusiones corporativas, marcaron el principio del fin para la autonomía de la empresa chihuahuense, pues en ese año, la monumental cervecería claudicó ante el poderío económico de la Cervecería Cuauhtémoc que, la adquirió en su totalidad; aunque en un principio, la gran compañía regiomontana depuró la línea de productos y mantuvo a la Cruz Blanca como su estandarte norteño, una lenta agonía ensombreció a la marca local. La Cruz Blanca, con su icónica botella estilizada de 325 mililitros, era en estilo y sabor peligrosamente similar a la Carta Blanca, el máximo orgullo de Cuauhtémoc.  La decadencia no fue un rayo repentino, sino una erosión constante y dolorosa. Durante los años setenta, la planta que una vez desafió a las potencias europeas fue relegada a una función secundaria, mientras el mercado se inundaba de marcas foráneas que asfixiaban el recuerdo de la Austriaca y la Chihuahua. El golpe de gracia, el beso de Judas de la industria, llegó a mediados de la década de los ochenta. En 1985, tras la fusión de los grupos Cuauhtémoc y Moctezuma, la burocracia centralista dictó la sentencia de muerte. El argumento fue la "eficiencia de portafolio", pero para Chihuahua fue una traición histórica. Los directivos, sentados en despachos lejanos, decidieron que la Cruz Blanca era una redundancia innecesaria. Así, en un día gris de finales de 1985, las máquinas que habían rugido con la fuerza de 550 caballos por casi un siglo, enmudecieron para siempre.

Para aumentar la confusión, el rediseño de la etiqueta despojó a la Cruz Blanca de su símbolo religioso original, transformándolo en un escudo heráldico que la hacía parecer el reflejo distorsionado de su hermana de Monterrey. El águila del norte, cayó víctima de las reestructuraciones corporativas. Finalmente, entrados los años ochenta, cuando el gigante de Monterrey adquirió a la Cervecería Moctezuma, y reajustó su vasto portafolio comercial, la emblemática Cruz Blanca rindió su último suspiro, dejando de producirse para siempre. Su legado desplomó, pero la memoria colectiva de Chihuahua aún añora aquellas tardes donde el amargor perfecto de su cerveza local, desafiaba el ardiente sol del desierto, recordando con nostalgia la época en que su ciudad fue el epicentro indiscutible de un imperio de cristal y espuma que nunca debió morir.

El cierre de puertas fue un funeral sin cuerpo presente, no hubo grandes ceremonias para el último hervor, solo el eco de los pasos de los trabajadores que abandonaban el recinto con la mirada perdida y el corazón herido. La producción de la Cruz Blanca se detuvo, y con ella, se extinguió un pedazo de la soberanía estatal; Los edificios, que habían sobrevivido a los cañonazos de la Revolución y a las crisis económicas, sucumbieron ante el abandono y, años más tarde, ante la piqueta de la urbanización que buscaba sepultar el pasado industrial bajo el concreto de plazas comerciales. La ciudad de Chihuahua lloró en silencio la pérdida de su oasis de ámbar; la derrota fue total cuando las chimeneas dejaron de humear, dejando tras de sí solo el aroma nostálgico de la cebada fermentada que el viento del norte todavía parece susurrar entre las ruinas del tiempo. La Cervecería no solo cerró sus puertas; Chihuahua perdió un espejo donde se miraba grande, próspera y orgullosamente independiente. 

“Suspiros de cebada sobre el riel: auge, Pasión y Silencio de la Cervecería Chihuahua (1896)”, forma parte de los Archivos perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si usted desea compartir alguna historia, relato o información en general para esta sección o si desea adquirir los libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua, Tomo I al XIII” mande un mensaje al celular: 614 148-85-03 y con gusto le brindamos información o adquiéralos en librería Kosmos en el centro de la ciudad.

 

Fuentes: El Heraldo de Chihuahua, 1931, 1945, 1955; Archivo Histórico del Municipio de Chihuahua, Profesor Rubén Beltrán Acosta; Ciudad de Chihuahua, Apuntes Históricos. Zacarías Márquez Terrazas.  

Libros Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas I y II. 

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