Impuestos que asfixian la patria

En estos tiempos recios, en que la patria mexicana gime cual viña mal administrada, es forzoso alzar la voz con caridad, mas con firmeza. Porque los tributos, que en su recta intención debieran sostener el orden y la justicia, se han tornado en carga desmedida que oprime al pobre y desalienta al justo. Y no hablo como quien rehúye su deber, pues bien sabemos la sentencia de San Pablo: “pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo” (Romanos 13,7); mas sí denuncio el abuso que, como hiedra venenosa, se ha enredado en el tronco del erario público.

El ciudadano común, aquel que madruga y trabaja con el sudor de su frente, contempla con amarga perplejidad cómo sus contribuciones son diluidas en una administración opaca, cuando no francamente dispendiosa. Aumentan los gravámenes, crecen las obligaciones fiscales, y sin embargo no se ve proporción en los frutos: la seguridad flaquea, la salud se precariza y la infraestructura envejece. ¿A dónde, pues, se dirige el sacrificio del pueblo? Bien advierte la Sagrada Escritura: “¡Ay de los que dictan leyes injustas y escriben decretos opresivos!” (Isaías 10,1).

No pocos señalan, con razón, que el aparato político ha engordado sin mesura; sueldos elevados, privilegios indebidos y una clase gobernante que parece vivir en esfera distinta de la realidad cotidiana. Y al mismo tiempo, se promueve un asistencialismo que, aunque revestido de compasión, degenera en instrumento de dependencia; dar sin exigir responsabilidad ni fomentar virtud no es caridad, pues como enseña San Pablo: “el que no quiera trabajar, que tampoco coma” (2 Tesalonicenses 3,10); de otro modo, se debilita el alma del pueblo.

Desde la recta Doctrina, conviene recordar que la ayuda al necesitado es deber de justicia y misericordia, mas nunca debe convertirse en cadena que esclavice la voluntad ni en moneda para comprar conciencias. Peor aún cuando tales dádivas no brotan de la generosidad, sino del mismo bolsillo de los contribuyentes, incluidos los más pobres, que sostienen con impuestos incluso aquello que no reciben. Y así se olvida el mandato: “no oprimirás al pobre ni al necesitado” (Deuteronomio 24,14).

Así, el peso fiscal, lejos de ser equitativo, cae con mayor dureza sobre quienes menos tienen; la inflación, cual ladrón silencioso, devora el salario, y cada nuevo impuesto o incremento agrava la herida. Subir el salario mínimo sin prudencia, en este contexto, suele traducirse en aumentos de precios que terminan por anular el supuesto beneficio. “El obrero es digno de su salario” (Lucas 10,7), sí, pero no de un salario que se evapora antes de llegar a su mesa.

No se trata, empero, de incitar a la rebeldía fiscal ni al desorden. La ley debe ser respetada, pues el mismo Señor dijo: “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22,21). Pero también es justo, y necesario, exigir con vigor moral que los gobernantes reduzcan la carga tributaria, eliminen impuestos superfluos y administren con transparencia y con verdadera austeridad, no esa "austeridad" de viajes lujosos y todo lo que ha salido de la actual administración; recordando que “al que mucho se le dio, mucho se le exigirá” (Lucas 12,48).

A los fieles se les llama, además, a un testimonio más alto: no poner su confianza en los favores del poder temporal, sino en la Providencia Divina: “buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mateo 6,33). Rechazar la dependencia malsana y cultivar la responsabilidad personal es camino de libertad verdadera.

Y si la sociedad ha de sanar, será menester formar conciencias firmes, ajenas a los vaivenes de ideologías estériles de este mundo, que no sean ni de izquierda ni de derecha, sino ordenadas al bien común bajo la ley natural. Solo así, con hombres íntegros y temerosos de Dios, podrá restaurarse el justo orden donde la autoridad sirva y no se sirva, y donde el tributo sea instrumento de bien, no de opresión.

Por, Sergio Bolio. 

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Federación y los pasaportes de la CIA

Fue la misma federación quien confirmó que de los dos presuntos agentes de la CIA en el operativo del desmantelamiento del narcolaboratorio, uno de ellos entró con diplomático y el otro como “visitante”.

La pregunta sigue en el aire sin ser aclarada, ¿El gobierno federal no sabía nada? 

Hay que recordar que tanto la Secretaría de Relaciones Exteriores como el Instituto Nacional de Migración son los que controlan pasaportes diplomáticos e inmigración.

Qué otros personajes no estarán paseando por el país.

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