M.A.R.H Salvador Acevedo Ortega
Docente universitario en la Universidad Autónoma de Chihuahua, Facultad de Economía Internacional e Ingeniería
En 2017, investigadores de la Universidad de Texas en Austin publicaron en el Journal of the Association for Consumer Research un hallazgo que pasó casi desapercibido fuera de los círculos académicos, pero que describe con precisión incómoda la condición cognitiva de cualquier profesionista con un teléfono sobre el escritorio: el mero hecho de tener el smartphone visible —aunque esté boca abajo, aunque la pantalla esté apagada, aunque el usuario no lo haya tocado en horas— reduce de manera estadísticamente significativa la capacidad cognitiva disponible para la tarea que se está realizando. No hay notificación. No hay interrupción visible. Solo presencia (Ward et al., 2017). El cerebro ya está gastando recursos cognitivos monitoreando activamente la posibilidad de una interrupción que todavía no ocurrió.
Este hallazgo no describe una peculiaridad individual ni un hábito personal corregible con disciplina. Describe el resultado de un diseño. Los teléfonos inteligentes, las plataformas digitales y los sistemas de inteligencia artificial que habitamos en nuestra jornada laboral no son herramientas neutrales que la voluntad puede controlar con facilidad. Son sistemas construidos por equipos de ingenieros, diseñadores de comportamiento y psicólogos cognitivos para maximizar la captura de atención — el recurso que, en la economía del siglo XXI, es la materia prima del negocio digital. La mente no está simplemente distraída. Está siendo disputada.
Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Harvard Business School, ofrece en The Age of Surveillance Capitalism (2019) el marco analítico más riguroso disponible para comprender la economía de la atención en su dimensión estructural. Zuboff documentó que las grandes empresas tecnológicas han desarrollado un modelo de negocio radicalmente nuevo: la extracción, el análisis y la monetización del comportamiento humano como datos. La atención de los usuarios no es un recurso que las plataformas "aprovechan" como efecto secundario de sus servicios. Es el activo central que producen y venden. El "servicio" es la infraestructura que permite extraer ese activo.
La relevancia del análisis de Zuboff para este artículo es precisa: si la atención es una mercancía que se extrae, entonces los sistemas diseñados para capturarla no son herramientas con efectos secundarios desafortunados. Son mecanismos de extracción optimizados para la eficiencia. Cada característica de diseño que fragmenta la atención — la notificación en el momento preciso, el scroll infinito, la recomendación que aparece cuando estabas a punto de cerrar la aplicación — no es un error de diseño. Es una especificación de ingeniería. Tim Wu, profesor de la Universidad de Columbia y autor de The Attention Merchants (2016), rastreó la historia de este modelo desde los primeros periódicos financiados por publicidad en el siglo XIX hasta las plataformas de IA contemporáneas, demostrando que la captura de atención para su venta a anunciantes es la lógica económica más antigua del ecosistema mediático moderno. Lo que la inteligencia artificial ha aportado no es un modelo nuevo, sino una escala, una velocidad y una precisión de targeting sin precedente histórico.
"La mente no está simplemente distraída. Está siendo extraída. Y la diferencia entre esas dos palabras es la diferencia entre un problema personal y una estructura económica."
Esta distinción — entre distracción como falla individual y extracción de atención como modelo de negocio — cambia radicalmente la naturaleza del problema y la escala de las respuestas que requiere. Si el problema es individual, la solución es disciplina personal y hábitos de trabajo. Si el problema es estructural, la solución requiere política organizacional, diseño institucional y formación sistemática. Ambas respuestas son necesarias, pero solo la segunda es proporcional a la escala del problema.
La evidencia experimental sobre los efectos cognitivos de la fragmentación de la atención comenzó a acumularse con consistencia desde los primeros años del siglo XXI. Eyal Ophir, Clifford Nass y Anthony Wagner, investigadores de la Universidad de Stanford, publicaron en 2009 en las Proceedings of the National Academy of Sciences un estudio que produjo una paradoja clínica: las personas que se describían como multitareas intensivos — quienes con mayor frecuencia procesaban múltiples fuentes de información simultáneamente — mostraban un rendimiento significativamente inferior en tareas que requerían el filtrado de información irrelevante, la gestión de la memoria de trabajo y la capacidad de cambiar de tarea con eficiencia. Las personas que más practicaban el multitasking eran, en términos de rendimiento cognitivo medido, las que peor lo hacían.
El mecanismo que el estudio propone para explicar esta paradoja es revelador: la exposición crónica a múltiples flujos de información simultáneos deteriora la capacidad del córtex prefrontal para inhibir la interferencia de estímulos irrelevantes. El cerebro que ha sido entrenado durante años para monitorear múltiples canales de información pierde progresivamente la capacidad de ignorar los canales que no son relevantes en un momento dado. El resultado es una mente que sabe cómo procesar mucho a la vez pero ha perdido la capacidad de concentrarse en una sola cosa con profundidad. No por falta de voluntad — por reconfiguración neurológica (Ophir et al., 2009).
Thomas Davenport y John Beck, en The Attention Economy (2001), habían anticipado las consecuencias organizacionales de este fenómeno cuando internet era todavía joven y los smartphones no existían. Su argumento central fue que la gestión de la atención se convertiría en la competencia organizacional más escasa y más valiosa del siglo XXI. Un libro de 2001 que predice con exactitud el entorno laboral de 2026 no está describiendo una tendencia marginal. Está nombrando una ley estructural de la economía digital que todavía no hemos integrado en la forma en que diseñamos el trabajo, las organizaciones y la educación.
Para la economía de Chihuahua, la disputa por la atención tiene una dimensión adicional que no existe con la misma intensidad en otras regiones del país. La entidad opera en la intersección de dos economías — la mexicana y la norteamericana — y en esa intersección, las expectativas sobre la velocidad de respuesta, la disponibilidad y la densidad de comunicación tienden a ser las más exigentes de ambas. Un gerente de operaciones en Ciudad Juárez que coordina con proveedores en Detroit y clientes en Monterrey no solo enfrenta la presión digital de su propio entorno: absorbe simultáneamente las expectativas de disponibilidad de dos culturas laborales que se encuentran entre las más intensivas del continente en términos de horas trabajadas.
La OCDE documenta que México supera consistentemente las 2,100 horas trabajadas por año, el nivel más alto entre sus países miembros (OCDE, 2024). El Banco Mundial clasifica a la región fronteriza norte de México entre las zonas de mayor productividad industrial del continente. Esa combinación — alta carga laboral, alta integración internacional, alta velocidad de adopción tecnológica — crea un entorno donde la economía de la atención extrae con mayor intensidad y donde la recuperación cognitiva tiene menos espacio estructural. La mente del profesionista chihuahuense no solo está siendo disputada por las plataformas digitales. Está siendo disputada adicionalmente por las exigencias de disponibilidad permanente que la posición fronteriza de la región impone.
"En Chihuahua, la mente no enfrenta una sola disputa. Enfrenta dos economías compitiendo simultáneamente por el mismo recurso escaso. Y ninguna de las dos ha diseñado espacios para su recuperación."
Este contexto hace que la Norma Oficial Mexicana NOM-035-STPS-2018, que obliga a los empleadores a identificar y prevenir factores de riesgo psicosocial — entre ellos explícitamente la sobrecarga cuantitativa de trabajo y las exigencias de respuesta inmediata — adquiera una relevancia especialmente urgente en la economía chihuahuense. No es un cumplimiento burocrático. Es la respuesta legislativa a una realidad que la neurociencia documenta y que el costo económico del agotamiento cognitivo cuantifica. La OMS (2023) estima que por cada dólar invertido en salud mental laboral, las organizaciones recuperan cuatro en productividad. En una economía que exporta más del 80 por ciento de su producción industrial, ese retorno no es marginal.
La economía de la atención no es una batalla que se libre en abstracto. Se libra en cada decisión de diseño organizacional: si se permite o no que las reuniones consuman el inicio de la jornada cuando la capacidad cognitiva es más alta; si se instala o no la expectativa de respuesta inmediata en canales de comunicación que podrían ser asíncronos; si se capacita o no a los equipos para identificar cuándo están operando bajo fatiga decisional y cuándo es el momento de detener el proceso antes de que la velocidad produzca un error costoso.
Matthew Crawford, filósofo y psicólogo formado en la Universidad de Chicago, argumentó en The World Beyond Your Head (2015) que la atención no es únicamente un recurso cognitivo: es el medio a través del cual el individuo construye su relación con la realidad. Una persona cuya atención ha sido sistemáticamente capturada, fragmentada y dirigida por sistemas externos no pierde solo eficiencia laboral. Pierde gradualmente la capacidad de construir perspectiva propia, de sostener juicios independientes y de resistir la inercia de los marcos interpretativos que los sistemas de información le proponen. En el lenguaje de la serie que forma este artículo: pierde discernimiento. Y sin discernimiento, la inteligencia artificial — por más sofisticada que sea — no produce decisiones mejores. Produce decisiones más rápidas tomadas por una mente con menos recursos para evaluarlas.
La lectura profunda es la práctica que más directamente contrarresta este proceso, no por razones culturales o sentimentales sino por razones neurológicas precisas. Wolf (2018) documentó que la lectura sostenida de textos complejos activa y fortalece las mismas redes neuronales que soportan el pensamiento crítico, la perspectiva sostenida y la capacidad de sostener un argumento a través de su complejidad completa. Es entrenamiento del mismo sistema que la economía de la atención erosiona. Y como cualquier entrenamiento, sus efectos son reversibles — en ambas direcciones: se deteriora por desuso y se fortalece con práctica deliberada.
La respuesta a la economía de la atención no es el desencanto tecnológico ni la desconexión imposible. Es algo más preciso y más exigente: el reconocimiento de que la atención es un recurso que requiere gestión activa en un entorno diseñado para extraerlo pasivamente. Esa gestión es simultáneamente individual — hábitos de lectura, pausas deliberadas, diseño personal de los entornos de trabajo — y organizacional — políticas de comunicación asíncrona, protección de períodos de trabajo profundo, formación en higiene cognitiva.
Simon lo formuló hace más de medio siglo y Ward et al. lo verificaron experimentalmente en 2017: la abundancia de información no amplía la capacidad de procesarla. La fragmenta. Y en esa fragmentación, la diferencia entre un profesionista que decide bien y uno que decide deprisa no es de inteligencia ni de conocimiento. Es de atención disponible en el momento que la decisión lo requiere.
Chihuahua tiene demasiado en juego para dejar esa atención a la merced de sistemas diseñados para extraerla. Una economía de exportación de precisión, integrada a cadenas de valor internacionales y sometida a la volatilidad de dos mercados simultáneos, necesita profesionistas capaces de pensar con profundidad en entornos construidos para lo contrario. Esa capacidad no se protege sola. Se decide, se diseña y se defiende. Porque en la disputa por la mente, los actores que compiten por capturar tu atención nunca duermen.
"En la economía de la atención, lo que no gestionas activamente, lo gestionan por ti — y con objetivos que rara vez coinciden con los tuyos."
REFERENCIAS
Crawford, M. B. (2015). The world beyond your head: On becoming an individual in an age of distraction. Farrar, Straus and Giroux.
Davenport, T. H. y Beck, J. C. (2001). The attention economy: Understanding the new currency of business. Harvard Business School Press.
Goldhaber, M. H. (1997). The attention economy and the net. First Monday, 2(4). https://doi.org/10.5210/fm.v2i4.519
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Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux.
Mark, G. (2023). Attention span: A groundbreaking way to restore balance, happiness and productivity. Hanover Square Press.
Ophir, E., Nass, C. y Wagner, A. D. (2009). Cognitive control in media multitaskers. Proceedings of the National Academy of Sciences, 106(37), 15583–15587. https://doi.org/10.1073/pnas.0903620106
Organización Mundial de la Salud. (2023). Mental health at work. WHO Policy Brief. https://www.who.int/publications/i/item/9789240053052
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. (2024). The impact of AI on work and well-being. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/ea0a0fe1-en
Secretaría del Trabajo y Previsión Social. (2018). NOM-035-STPS-2018: Factores de riesgo psicosocial en el trabajo. Diario Oficial de la Federación. https://www.dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5541828
Simon, H. A. (1971). Designing organizations for an information-rich world. En M. Greenberger (Ed.), Computers, communication, and the public interest (pp. 37–72). Johns Hopkins Press.
Ward, A. F., Duke, K., Gneezy, A. y Bos, M. W. (2017). Brain drain: The mere presence of one's own smartphone reduces available cognitive capacity. Journal of the Association for Consumer Research, 2(2), 140–154. https://doi.org/10.1086/691462
Wolf, M. (2018). Reader, come home: The reading brain in a digital world. HarperCollins.
Wu, T. (2016). The attention merchants: The epic scramble to get inside our heads. Alfred A. Knopf.
Zuboff, S. (2019). The age of surveillance capitalism: The fight for a human future at the new frontier of power. PublicAffairs.