
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
En el Chihuahua de finales de los años sesenta, las noches olían a polvo, gasolina y miedo. Las patrullas recorrían lentamente las calles del centro como animales negros acechando entre la penumbra; los agentes judiciales caminaban con el saco abierto y la mirada dura, mientras los cafés políticos de la avenida Independencia hervían de rumores dichos a media voz. Eran tiempos donde el gobierno hablaba de progreso con una mano y con la otra apretaba gargantas. En las colonias populares la gente aprendía pronto que había temas que no se mencionaban frente a desconocidos y nombres que debían pronunciarse con cautela. Chihuahua crecía entre el concreto y el silencio.
Y, sin embargo, en medio de aquella atmósfera cargada de intimidación, apareció un pequeño periódico que parecía escrito con rabia y pólvora. “La Jeringa”, El nombre corría de boca en boca en los mercados, en las barberías, en las filas de las tortillas y en las cantinas donde los hombres hablaban bajito mirando hacia la puerta. Algunos lo llamaban pasquín, otros, periódico valiente; para los funcionarios de gobierno, era una molestia peligrosa; para el pueblo pobre, era un desahogo, una forma de venganza escrita contra los poderosos que vivían detrás de escritorios de caoba y discursos oficiales.
Los ejemplares se vendían rápido, a veces había que esconderlos bajo el brazo o doblarlos dentro de otro periódico para evitar preguntas incómodas; quien lo compraba, sabían que no estaba adquiriendo solamente tinta sobre papel barato, estaban comprando una provocación, porque La Jeringa no se parecía a nada; mientras otros diarios publicaban fotografías de gobernadores inaugurando banquetas o sonriendo en actos oficiales, aquel semanario pequeño, agresivo y burlón, señalaba directamente nombres y apellidos. Hablaba de corrupción, de policías golpeando estudiantes, de funcionarios enriquecidos y de colonias olvidadas. Escribía como si no tuviera miedo, y eso, en aquellos años, era casi un acto suicida.
Su fundador, Ernesto Espinoza Hernández, conocido entre periodistas y voceadores como “El Jeringo”, caminaba por la ciudad con la fama de hombre incómodo; algunos lo describían como terco, otros, como valiente; muchos, simplemente, como alguien incapaz de quedarse callado. Tenía el tono de voz duro de quienes han discutido demasiadas veces contra la autoridad, y una mirada que parecía permanentemente cansada de las mentiras oficiales. En la colonia Santo Niño, un albañil llamado don Toño, leía cada edición sentado sobre cubetas de mezcla después de jornadas interminables bajo el sol. Sus dedos ásperos, dejaban manchas de cemento sobre las páginas mientras observaba titulares que acusaban directamente al gobierno de corrupción, abuso y represión. Cuando el periódico hablaba de colonias sin drenaje, de familias abandonadas y de policías golpeando estudiantes, don Toño sentía que alguien por fin describía la ciudad que él conocía y no la que presumían los discursos del gobernador. Muchas noches llegaba a casa y leía en voz alta fragmentos de La Jeringa mientras su esposa le pedía que bajara la voz por miedo a los vecinos: “No estés diciendo eso tan fuerte”, le insistía ella. Uno nunca sabe quién escucha, pero don Toño seguía leyendo. Decía que ese periódico era el único que no parecía escrito desde Palacio de Gobierno.
En otra parte de la ciudad, la maestra Elvira escondía ejemplares entre libros de historia y cuadernos de aritmética, pues enseñar ya era peligroso; pensar, todavía más. Ella veía cómo algunos alumnos que desaparecían de clases después de participar en protestas estudiantiles. Veía patrullas rondando escuelas; veía maestros despedidos por hablar demasiado. Cuando abrió por primera vez La Jeringa, sintió un estremecimiento profundo, aquellas páginas, describían exactamente el clima de intimidación que el gobierno negaba públicamente. En la sala de maestros, nadie hablaba de política abiertamente, pero durante los recreos algunas manos discretas se pasaban el tabloide como si fuera propaganda clandestina. Lo leían rápido, vigilando puertas y ventanas, cada artículo parecía abrir una grieta en el miedo colectivo. Los estudiantes fueron quizá quienes más se reconocieron en sus páginas.
Raúl, un preparatoriano de mirada inquieta, escondía los ejemplares debajo del colchón. Había visto amigos golpeados por judiciales después de protestas universitarias; había escuchado gritos en separos policiacos; había aprendido demasiado pronto que la autoridad podía destruir vidas con absoluta impunidad. Cuando leía las denuncias del periódico contra la represión, sentía algo parecido al alivio. No porque desapareciera el miedo, sino porque alguien se atrevía a nombrarlo. En aquellos años, decir la verdad era una forma de desafío físico. Las historias alrededor del periódico, comenzaron a crecer como crecen las leyendas urbanas, alimentadas por murmullos, exageraciones y terrores colectivos.
Se decía que agentes del estado vigilaban la imprenta, que seguían a Espinoza Hernández por las noches; que algunos policías compraban ejemplares sólo para descubrir qué iba a publicarse después. En las cantinas del centro, se murmuraba que el gobernador Óscar Flores Sánchez estaba furioso por las publicaciones. Había quienes aseguraban que funcionarios arrancaban ejemplares de los puestos antes de que amaneciera; otros juraban haber visto judiciales interrogando voceadores. “Ese periódico ya tiene los días contados” decían algunos, pero La Jeringa seguía saliendo y cada edición, parecía más desafiante que la anterior. En el Mercado Reforma, los comerciantes doblaban el periódico debajo de cajas de tomate o costales de chile seco, un vendedor de sombreros aseguraba que las columnas de Ernesto Espinoza: “Decían más verdad que todos los diarios oficiales juntos”. Otro comerciante recordaría décadas después que comprar La Jeringa, producía la misma sensación que cometer una falta pequeña pero emocionante.
“Uno sentía que estaba haciendo algo prohibido” contó muchos años más tarde, como si traerlo bajo el brazo fuera ya una forma de rebelión, porque el periódico no sólo informaba, también humillaba. Utilizaba ironía, sarcasmo y lenguaje popular para exhibir a políticos y funcionarios, y eso dolía más que una denuncia solemne, en una época donde el poder estaba acostumbrado a la obediencia absoluta, la burla resultaba intolerable; los cafés políticos del centro ahí en el “Café de la Esquina”, “El Iris” y el “Café Hiltón” comenzaron a llenarse de discusiones sobre el semanario; algunos intelectuales lo despreciaban por escandaloso; otros, admiraban el valor de publicar lo que muchos callaban. Pero incluso quienes lo criticaban terminaban leyéndolo, era imposible ignorarlo.
Entonces ocurrió la escena que terminaría convertida en crónica urbana; una noche, Ernesto Espinoza Hernández coincidió con el gobernador Óscar Flores Sánchez y el procurador del Estado, Quezada Fornelli en un restaurante elegante del centro. El ambiente se congeló apenas el periodista cruzó la puerta; algunos clientes dejaron de comer, otros bajaron la mirada, se sabía que ambos hombres se odiaban; Espinoza caminó directo hacia la mesa del gobernado, no hubo saludos, sólo tensión. Dicen que comenzó a reclamarle en voz alta por la corrupción, por los abusos policiacos y por la persecución contra estudiantes y periodistas. El procurador Quezada Fornelli, observaba inmóvil mientras varios comensales fingían no escuchar. Flores Sánchez mantenía el rostro rígido, endurecido por la furia contenida. Algunos aseguran que Ernesto golpeó la mesa con el periódico enrollado e incluso se “la rayo” a Flores; otros dicen que el gobernador respondió con amenazas. Nadie sabe exactamente qué palabras se dijeron aquella noche, pero todos recordaron el silencio helado que quedó después.
Desde entonces, la tensión se volvió insoportable, en las colonias populares comenzaron a repetirse frases inquietantes: “A ese hombre lo van a matar”, “Ya lo sentenciaron”, “Se metió con gente pesada”. Pero Espinoza Hernández siguió escribiendo y siguió denunciando, y siguió señalando, como si ignorara el peligro o hubiera decidido aceptarlo.