
No se busca hablar con pasiones inmediatas ni calenturas prematuras. Analizar los hechos que tienen que ver con la política del Estado tiene que ser con la mayor objetividad posible, sin caer en la nubosidad del debate. Hablo de la movilización, marcha o manifestación (llámele como guste) convocada por el partido oficialista el pasado Sábado en el Estado de Chihuahua, la cual nos ofrece una valiosa oportunidad para reflexionar sobre la naturaleza de la participación ciudadana y lo complejo que es la geografía política de México. No se busca polarizar, lejos de eso; los datos y la asistencia observada dan a entender que los mecanismos acostumbrados de movilización se enfrentan a una población cada vez más reflexiva y selectiva con las causas que deciden apoyar en la plaza pública.
Hablando en el papel jurídico e institucional, el ejercicio de la manifestación pacifica es un derecho fundamental establecido en la Constitución, el cual tiende a robustecer cualquier sociedad democrática. Sin embargo, para que una convocatoria de esta índole logre una resonancia genuina y auténtica, se requiere identificar plenamente con los agravios y aspiraciones cotidianas de la población en cuestión; sentir el dolor del prójimo en cuestión. Si el propósito central de la marcha se percibía como una estrategia para presionar políticamente a la Gobernadora Maru Campos, el ciudadano común suele evaluar con cautela la legitimad y la utilidad de participar en dicho movimiento.
Uno de los factores determinantes en la baja afluencia registrada fue la naturaleza de los argumentos esgrimidos en la convocatoria. Intentar equiparar la situación de seguridad y los convenios de colaboración en Chihuahua con las complejas crisis institucionales que atraviesan otras entidades de la República resultó en una premisa lógicamente débil para el criterio de la sociedad civil. El ciudadano chihuahuense distingue con claridad el origen y la gravedad de las diversas problemáticas nacionales, por lo que resulta sumamente difícil motivar una acción colectiva basada en narrativas que no corresponden a la realidad empírica que se vive en nuestro entorno inmediato.
Considero, desde mi punto de vista personal, que uno de los factores que determinaron la baja afluencia registrada fue la naturaleza de losa rgumentos de la convocatoria. Intentar equiparar la situación de seguridad y la colaboración bilateral en Chihuahua con las complejas crisis institucionales que atraviesan otras entidades de la República resultó una premisa bastante débil para los ojos de la comunidad. No engañaron a nadie; ¿cómo hacer una marcha de esta índole, cuando hay señalamientos claros y objetivos de colaboración con el narcotráfico? En Chihuahua, y en todo México, se distingue con claridad el origen y la gravedad de las diversas problemáticas del país, por lo que es sumamente difícil motivar una acción colectiva basada en películas ficticias que no corresponden a la realidad que se vive en el entorno inmediato.
A esta falta de interés de la comunidad, sumarle una evidente falta de cohesión y consenso dentro de la propia organización. Cada quien llevó agua a su molino, sin llevarla directamente al río. La convocatoria no logró unificar a los liderazgos del partido convocante, y los pocos que fueron, acudieron a la agenda política y a colgarse la medalla del fracaso. En la labor política, la ausencia de un dialogo interno y la evidente exclusión de sectores se tradujo de manera inevitable en una respuesta limitada y fragmentada en las calles.
Asimismo, es imperativo analizar el mensaje simbólico que se envía a la ciudadanía en general. La presencia de figuras de la dirigencia nacional de MORENA y de perfiles que generan dinámicas internas complejas en la primera fila de la manifestación parece no haber sintonizado adecuadamente con el sentir del votante regional. A nadie le agradó ver a Andy López, quien ya no aporta nada. Perjudica más de lo que beneficia. Para una sociedad que valora la congruencia y la transparencia institucional, ciertas dinámicas partidistas pueden ser interpretadas como contradicciones frente a los discursos de austeridad y combate a los privilegios, restando efectividad al mensaje que se pretendía difundir.
Otro aspecto fundamental que no puede pasarse por alto es la particularidad cultural y socioeconómica del norte del país, y de Chihuahua en específico. Históricamente, nuestra entidad se ha caracterizado por poseer una sociedad civil con un fuerte sentido de autonomía, que privilegia el desarrollo productivo, las libertades individuales y el fortalecimiento de los servicios. Intentar replicar modelos de movilización de corte urbano-popular propios del centro del país, sin comprender la identidad chihuahuense, constituye un desatino estratégico que suele ser rechazado por una población que prefiere soluciones institucionales antes que la confrontación callejera.
La experiencia del pasado fin de semana demuestra que el respaldo electoral obtenido en comicios anteriores no debe entenderse en ningún escenario como un cheque en blanco para la movilización permanente bajo cualquier consigna. Los ciudadanos que en su momento otorgaron su confianza a las opciones oficialistas lo hicieron motivados por la expectativa de mejoras tangibles en sus ingresos y en su calidad de vida, no por una adhesión ideológica incondicional. El pragmatismo del electorado norteño exige resultados concretos y respeto a las instituciones locales, marcando una clara línea divisoria entre el apoyo en las urnas y la validación de agendas de confrontación.
En conclusión, los acontecimientos del sábado nos invitan a todos los actores políticos a ejercer la prudencia y a redoblar el compromiso con el diálogo constructivo. El diseño de las políticas públicas y la defensa de la soberanía deben darse en los marcos que la ley prevé y a través de una coordinación institucional madura entre los diferentes órdenes de gobierno. La madurez democrática de Chihuahua ha quedado de manifiesto una vez más: la ciudadanía demanda una política de altura, centrada en resolver los desafíos de seguridad y bien común, alejada del ruido estéril y firmemente arraigada en el respeto mutuo.