La paz que el mundo niega

Los hombres de nuestro siglo claman paz, mas edifican torres de discordia; invocan diálogo mientras comercian con el odio, predican tolerancia mientras vacían el alma de verdad. He aquí la gran confusión de nuestro tiempo: se busca la paz del mundo y se desprecia la paz en Cristo.

Conviene al cristiano hablar sin ambigüedad; la paz verdadera no es mera ausencia de guerra, ni acuerdo diplomático, ni fotografía entre potentados. La historia reciente enseña cuán frágiles son las promesas humanas: tratados celebrados con fanfarria han desembocado después en nuevas invasiones, terrorismo, polarización y pueblos desarraigados. La paz mundana, cuando se divorcia de la verdad moral, suele ser tregua precaria, no remedio durable.

La fe tibia tampoco engendra paz; una religiosidad acomodaticia, que desea agradar al espíritu del mundo más que a Dios, termina por fabricar creyentes sin nervio, devotos de ceremonia mas no de conversión. Tal fe sacrílega, que confiesa con los labios y negocia con el relativismo, no pacifica el corazón ni ilumina las naciones.

Muchos se escandalizan al escuchar que Cristo dijo no venir a traer paz, sino espada, empero, la sentencia no glorifica la violencia; denuncia el conflicto inevitable entre la verdad y el error, entre la fidelidad y la apostasía. La paz de Cristo no consiste en bendecir toda mezcla doctrinal sacrificando la verdadera Doctrina ni en santificar las contradicciones del mundo moderno. Es paz del Espíritu, nacida de la reconciliación con Dios en el Sacramento de Penitencia, del arrepentimiento, de la justicia y del orden moral.

Urge, pues, que los católicos abandonen las zonas grises; no basta lamentar guerras, corrupción o decadencia cultural mientras se vive una fe doméstica, silenciosa y sin consecuencias públicas. Trabajar por la paz exige defender la dignidad humana, la verdad, la familia natural, la justicia social auténtica y la integridad de la fe, aun cuando ello acarree incomprensión.

La paz en Cristo sobrepuja el cálculo humano porque dimana de una soberanía más alta que los parlamentos y los mercados. Ninguna nación hallará descanso estable si pretende construir civilización negando el fundamento espiritual del hombre. El cristiano está llamado a recordar, con caridad y firmeza, que la paz durable no nace del mero consenso humano, sino de la conversión del corazón.

Si el mundo desea verdaderamente el fin de las guerras, deberá preguntarse no sólo cómo administrar conflictos, sino por qué ha desterrado a Dios de su conciencia. Y los católicos, antes que demandar paz a las naciones, habrán de decidir si sirven de veras a Cristo o a las conveniencias del tiempo. Sólo una fe íntegra puede engendrar una paz que no se derrumbe al primer viento de la historia.

Por, Sergio Bolio. 

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