
Por, Sergio Bolio
Hay crisis económicas, crisis políticas y crisis de seguridad; mas existe otra más honda y menos noticiada: la crisis del alma. El hombre moderno, cercado por pantallas, prisas y vanidades, ha abandonado la oración y después se maravilla de vivir fatigado, airado y vacío. Quien deja de hablar con Dios acaba dialogando con sus pasiones, con el mundo o con sus temores.
Nuestro Señor Jesucristo no propuso la oración como ornamento piadoso para horas sobrantes, sino como necesidad de combate: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (San Mateo 26,41); he aquí una advertencia severa para un siglo que presume autosuficiencia. Muchos desean vencer el pecado sin oración, conservar la fe sin sacramentos, hallar paz sin silencio interior; tal empresa es semejante a pretender navegar sin timón en mar embravecido.
La vida sin oración torna en desierto espiritual; y el desierto, cuando no es habitado por Dios, suele poblarse de confusión, tibieza y desesperanza. No son pocos los que, habiendo sustituido el recogimiento por entretenimiento perpetuo, viven distraídos hasta de sí mismos. El ruido ha venido a ser nueva liturgia del mundo.
Conviene decirlo con claridad: el demonio no duerme, ni negocia treguas; anda buscando ocasión para herir la conciencia, quebrar familias, sembrar odio y enfriar la vida misma. Quien descuida la oración deja sin murallas su ciudad interior. Después sobrevienen caídas morales, amarguras, pérdida de sentido, y se culpa a Dios, al vecino o a la época, sin advertir la raíz más profunda.
Mas la oración no es evasión de la realidad, ni sentimentalismo religioso; es disciplina del alma, escuela de verdad y comunión con Cristo. Son los pulmones del espíritu; sin ella, el alma se asfixia aunque el cuerpo prospere; orar no exige riquezas, cargos ni erudición; exige voluntad humilde y perseverante.
Urge, pues, una reforma interior, menos dispersión y más silencio; menos esclavitud al teléfono y más Evangelio; menos ansiedad por lo inmediato y más rodillas dobladas ante el Santísimo Sacramento. El hogar que reza resiste mejor las tempestades; el hombre que ora discierne con mayor rectitud; el cristiano que olvida la oración se vuelve vulnerable a toda idolatría del poder, del placer o del dinero.
Si nuestras vidas han devenido áridas, no desesperemos; tornemos al Señor con fidelidad diaria, aunque sea con palabras pobres y corazón cansado. Quien persevera en la oración no queda abandonado en la noche del mundo, porque permanece unido a Aquel que venció al pecado, a la muerte y al acusador.