
Por, Luis Villegas Montes
Antes de continuar, es preciso traer aquí otras voces; ni más ni menos autorizadas que las de Fuentes Mares, pero necesarias para ilustrar la siguiente tesis: que el historiador chihuahuense no estaba solo en sus afanes; ni su labor es la obra de un solitario.
Escribió Octavio Paz:
“La figura de Hernán Cortés ha provocado siempre los sentimientos y los juicios más contradictorios. Desde sus contemporáneos Bernal Díaz del Castillo y Francisco López de Gomara hasta los historiadores y biógrafos que los han sucedido durante cuatro siglos, nadie ha escapado a una fascinación que va de la idolatría al aborrecimiento”.[1]
Intelectual —quizá el más grande que haya nacido en México—, Paz establece una interesante serie de analogías que sitúan a Cortés entre los grandes hombres de todos los tiempos y latitudes, no sólo por sus hazañas guerreras, sino también, por ejemplo, merced a sus dotes estilísticas:
“La Conquista de México evoca las empresas de César en las Galias o de Babur en el Indostán; el parecido se acentúa porque, como ellos, Cortés fue un escritor notable y sus Cartas de Relación soportan la comparación con los Comentarios de La guerra de las Galias o con las Memorias del conquistador de la India”.[2]
Aunque la contrastación no se queda ahí, porque cita a William Hickling Prescott —historiador norteamericano y otro que admiraba a Cortés—, quien compara al extremeño con un semental (ya he dicho que Cortés era vaguito); le atribuye asimismo, Paz, la crueldad y la perfidia de esos príncipes brillantes y sin escrúpulos del Renacimiento (como César Borgia o Sigismondo Pandolfo Malatesta); y en cuestión de amores, su pasión por doña Marina, lo hace colocar a la pareja a la altura de Marco Antonio y Cleopatra.
El premio Nobel resume así la biografía del metelinense: guerrero, político, diplomático, aventurero ávido de riquezas y mujeres, católico devoto, Cortés fue también un descubridor de tierras y un fundador de ciudades: “fue un hombre extraordinario, un héroe en el antiguo sentido de la palabra. No es fácil amarlo, pero es imposible no admirarlo”.[3]
Sin embargo, ¿por qué reproduzco en este punto a Paz? Porque su línea de razonamiento en el artículo de marras nos lleva a dos extremos que empiezan, y terminan, en lugares distintos: el primero, ése en que Cortés era un ser humano, y no cualquier ser humano (puede amársele u odiársele, pero no ignorarlo); y segundo, ¿qué ocurrió en la historia de nuestro país para quedarnos solamente con una de ambas versiones, tontamente la peor? (No olvidemos que así nos metimos en este margallate: con el bochinche que armaron Clau y Chabelita en torno a la figura del conquistador).
Para abordar la segunda cuestión, quiero reproducir aquí, otra parte del referido artículo:
“Cortés divide a los mexicanos, envenena las almas y alimenta rencores anacrónicos y absurdos. El odio a Cortés no es odio a España: es odio a nosotros mismos. El mito nos impide vemos en nuestro pasado y, sobre todo, impide la reconciliación de México con su otra mitad”.[4]
Cuatro años antes de que Paz escribiera su artículo, Fuentes Mares había escrito en el libro que he venido citando (Cortés. El Hombre):
“Cortés, emblema de amores verdaderos o estigma de amores contrariados; hombre de fuego en los murales de José Clemente Orozco, indigno monigote en los del trapacero Diego Rivera. Cortés se nos ha muerto a medias, y nadie lleva prisa en consignar su muerte total. Fuego sin fin, algún misterioso combustible alimenta la llama inextinta. Sobre el enterramiento del Hospital de Jesús corren odios y amores actuales”.[5]
Ahí, en la primera, en esa visión mezquina y malograda —sin batallar ni esforzarnos en recurrir a sutilezas— encontramos a la presidente Sheinbaum y la aversión ideológica que pretende inocular a todos los mexicanos. Odio ciego que no repara en melindres, ni siquiera aquellos que se sostienen en la verdad de los hechos.
Porque ésa es una historia que la presidente Sheinbaum, al amparo de sus filias y fobias malentendidas, se niega en redondo a escuchar una versión que no sea compatible con la suya; y no llega a comprender que la verdadera estulticia, la supina ignorancia, es tomar partido, y para mal, por hechos que, primero, ocurrieron hace 500 años; segundo, hechos que —no depende de nosotros ni de nuestros retobos porque resulta imposible— no podemos modificar de ninguna manera; y tercero, que ese caudal de hechos, desde que Cortés pisó ese suelo que ahora llamamos “Veracruz” (el 22 de abril de 1519), nos modela, perfila y conforma; porque sí, nosotros, los mexicanos del siglo XXI somos, a querer y no, producto de ese gesto, mejor dicho, de esa gesta: somos fruto, resultado, consecuencia y cicatriz de aquella hazaña; prolongación histórica de aquel choque brutal, somos descendientes —mal avenidos, contradictorios, mestizos— de aquella colisión; el sedimento humano de aquella fundación que comparten, por igual, vencidos y vencedores.
En suma, somos, para bien y para mal, hijos de Cortés y de doña Marina —sí, de ella, la mal llamada y con desprecio: “Malinche”—; somos, con todas sus letras y más que mexicanos: “malincorteses” o “cortinches”.
Usted decida.
Continuará…
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[1] Artículo de Octavio Paz titulado: “Exorcismo y liberación”, publicado el 29 de diciembre de 1985, por el periódico ABC. Énfasis añadido.
[2] Ibidem.
[3] Ibidem. Énfasis añadido.
[4] Ibidem. Énfasis añadido.
[5] FUENTES MARES, José. Cortés. El Hombre, Grijalbo, 6.ª edición, México, 1981, p. 15. Énfasis añadido.