Desde Chicago al desierto: historia de lucha y legado de Otto C. Stege

Crónicas de mis Recuerdos

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com 

Chihuahua ha sido tierra de hombres y mujeres forjados entre la aspereza del desierto, el trabajo constante, y la obstinación de quienes se niegan a rendirse ante las dificultades, dentro de esas historias de esfuerzo que han dejado huella en la memoria económica y social del Estado, destaca la de don Otto C. Stege, un hombre que llegó con la mirada puesta en el porvenir, y terminó sembrando una de las herencias empresariales más duraderas de Chihuahua; su vida, ligada al nacimiento de una industria refresquera que habría de crecer con el tiempo, es también la historia de una época en la que emprender, significaba arriesgarlo todo: el patrimonio, la seguridad y, muchas veces, la propia tranquilidad. 

Sin embargo, en medio de un entorno cambiante, de crisis, de incertidumbres y de transformaciones profundas, don Otto, supo levantar una obra que no solo dio trabajo y movimiento económico, sino también, identidad y continuidad a varias generaciones; de aquel impulso inicial, surgiría una empresa que, con el paso de los años, se convertiría en símbolo de constancia, disciplina y visión, primero bajo el nombre de embotelladora “La Unión” y después, como la reconocida “Embotelladora de Chihuahua”. Don Otto C. Stege, llegaría a Chihuahua procedente de Chicago, Illinois, en el año de 1900, cuando la ciudad todavía conservaba el ritmo pausado de una provincia que apenas despuntaba hacia la modernidad, venía con la experiencia de haber trabajado en el ramo cervecero y con conocimientos técnicos que, pronto llamarían la atención en una ciudad donde la industria todavía buscaba consolidarse. 

Su primer empleo fue en la Cervecería de Chihuahua, donde trabajó como maestro cervecero, allí, aprendió, observó y comprendió el valor de la técnica, la organización y la perseverancia, no se trataba solamente de producir bebidas, sino de construir confianza, calidad y permanencia en un mercado todavía frágil. Ese aprendizaje fue decisivo, ya que, con el paso del tiempo, el hombre que había llegado como trabajador, comenzó a soñar con algo propio, con una empresa levantada desde sus ahorros, su disciplina y su voluntad de independencia, así, en 1909, decidió dar el salto que marcaría su destino, separarse de la cervecería, y apostar por una nueva industria. No fue una decisión sencilla, fundar una empresa en aquellos años, ya que, implicaba desafiar la precariedad, la inestabilidad económica, y la incertidumbre del porvenir, pero fue precisamente en esa tensión, entre el miedo y la esperanza, donde comenzó a escribirse su verdadera historia.

El 10 de febrero de 1910, abrió las puertas la embotelladora “La Unión”, una planta que inició con refrescos de sabores como fresa, root beer, limón, frambuesa y naranja; aquella pequeña fábrica, nacida casi como un acto de fe, fue mucho más que un negocio, fue una promesa y con tan solo siete empleados al inicio, y un capital modesto para la magnitud de la empresa que soñaba, Stege, dio el primer paso de una obra que con el tiempo habría de crecer hasta convertirse en una pieza clave de la economía chihuahuense. Mientras el país se encaminaba hacia los años convulsos de la Revolución, la embotelladora siguió trabajando, no se detuvo ante el ruido de la historia, ni ante la violencia del momento, sin embargo, en una tierra sacudida por la lucha, el negocio resistía en silencio, sosteniéndose sobre la tenacidad de su fundador y sobre el esfuerzo cotidiano de sus obreros; aquella permanencia, en medio del caos, habla también del temple de don Otto, el cual, supo sostener su visión cuando otros habrían claudicado. Su empresa creció poco a poco, y con el tiempo, el nombre de “La Unión” quedó unido al surgimiento de una tradición refresquera que marcaría a Chihuahua durante décadas.

La vida de don Otto, no fue únicamente la de un empresario, sino también la de un hombre de familia, contrayendo matrimonio con Luz Salazar de Stege, los cuales, formarían un hogar numeroso, lleno de descendencia y de continuidad; de ese matrimonio, nacerían diez hijos, aunque solo cinco permanecieron en Chihuahua y siguieron vinculados al tejido de la ciudad, entre ellos, destacó don Carlos Eduardo Stege, quien habría de continuar la obra del padre con igual energía y determinación; la familia, como toda gran empresa humana, conoció también el dolor, la muerte de cinco de sus hijos, marcaría un costado íntimo, doloroso, que contrasta con la imagen pública de prosperidad y éxito. En la historia de los Stege, conviven así la bonanza y la pérdida, la expansión y la ausencia, la alegría de construir y la tristeza de despedir, ese equilibrio, entre fortaleza y fragilidad, hace más humana su memoria, porque detrás de cada fábrica, y de cada camión repartidor, también hubo silencios domésticos, preocupaciones, sacrificios y noches enteras de trabajo y esperanza.

El crecimiento de la embotelladora no fue casualidad, sino resultado de una visión clara, don Otto, comprendió pronto que la industria refresquera, no solo dependía de producir, sino de innovar, adaptarse y anticiparse a las demandas de la sociedad; su experiencia acumulada en la Cervecería de Chihuahua, le permitió conocer de cerca los procesos, la maquinaria y la lógica del mercado; esa preparación, fue la base de una decisión estratégica que cambiaría el rumbo del negocio, buscar la franquicia para embotellar Coca-Cola en Chihuahua. El contrato con la compañía de Nueva York, representó un nuevo horizonte y ya para 1928, la ciudad pudo saborear por primera vez el refresco Coca-Cola, y el éxito fue inmediato, ya que, aquel momento, fue más que una simple introducción comercial, significó el ingreso de Chihuahua a una red de consumo moderna, vinculada con una marca mundial, que había comenzado a transformar los hábitos de millones de personas. Para la empresa de Stege, ese acuerdo fue una victoria, pero también una prueba, porque la expansión implicaba mayor responsabilidad, más inversión, nuevas exigencias, y una competencia cada vez más intensa, así, el negocio, sin embargo, respondió con firmeza, “La Unión” siguió creciendo y se consolidó como una industria fuerte, capaz de resistir los cambios del tiempo…Esta Crónica continuará.

“Desde Chicago al desierto: historia de lucha y legado de Otto C. Stege”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea adquirir los libros Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I al XIII, mande un mensaje al 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio, o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111).

Fuentes: libro: El Comercio en la Historia de Chihuahua, 1991; fotos: Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua.

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