Desde Chicago al desierto: historia de lucha y legado de Otto C. Stege (Parte dos)

Crónicas de mis Recuerdos 

Por: Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com 

 

Don Carlos Eduardo Stege Salazar, quien habría de continuar la obra de su padre don Otto, con igual energía y determinación, vino al mundo en una ciudad que también estaba naciendo a una nueva época; las crónicas locales sitúan su infancia en los mismos años en que la embotelladora “La Unión” comenzó a abrirse paso en Chihuahua, una empresa pequeña en tamaño, pero grande en ambición, que nació en 1910 con recursos limitados, y en medio del temblor histórico que anunciaba la Revolución Mexicana. Aquel primer taller de trabajo, instalado en la avenida Juárez, no era todavía una industria en plenitud, sino una apuesta osada, un puñado de hombres, una maquinaria modesta, y la fe obstinada en que el esfuerzo podía vencer la estrechez de los comienzos. En ese ambiente creció Stege, viendo de cerca el movimiento de las botellas, el pulso de los obreros, y la disciplina silenciosa que exigía un negocio forjado a contracorriente.

Su niñez transcurrió entre el ruido del trabajo y la formación elemental, cursó la primaria en la Escuela Oficial Número 139, bajo la guía del profesor Mariano Irigoyen y concluyó esos estudios en 1921. Después, como tantos jóvenes que aspiraban a ensanchar horizontes, partió a la capital del país para continuar su preparación comercial en el Instituto Español, San José, en Tacubaya, allí no solo aprendió contabilidad y administración, aprendió también el valor de la organización, la importancia del cálculo y la seriedad que distingue a quien está llamado a dirigir, y no solamente a obedecer. Regresó a Chihuahua en 1925 con calificaciones destacadas, y con una formación que lo colocó en condiciones de asumir responsabilidades mayores dentro del negocio familiar.

Mientras el país se agitaba entre el ruido de las armas y la incertidumbre política, la embotelladora siguió trabajando; esa fue una de sus mayores victorias, no ceder ante el desorden del tiempo y en una nación sacudida por el reclamo de justicia social y por la caída del porfiriato, la pequeña industria chihuahuense conservó su pulso, produciendo refrescos de sabores que encontraron pronto el gusto del público. La empresa no sobrevivió por milagro, sino por constancia; no resistió por inercia, sino por la voluntad de quienes entendieron que incluso, en tiempos de guerra, la vida cotidiana debía seguir, por ello, la fidelidad de los consumidores y la disciplina de los trabajadores, permitieron que el negocio no se detuviera, y ese hecho, en apariencia modesto, fue en realidad una forma de resistencia económica y social.

Ya de regreso en su tierra, y con apenas diecisiete años, Carlos Eduardo comenzó a trabajar de lleno en la planta fundada por su padre, don Otto C. Stege y con el tiempo, y al ir conociendo de cerca el movimiento interno del negocio, fue adquiriendo un lugar propio, y para 1932, se le confió la gerencia, una responsabilidad que no llegó por un favor, ni por herencia vacía, sino por preparación y carácter. Para entonces, la visión de su padre había dejado ya una huella decisiva; había logrado un contrato con la compañía Coca-Cola, lo que permitió embotellar el producto en Chihuahua, y llevarlo al mercado local con gran aceptación y para el 6 de abril de 1928, la ciudad conoció por primera vez aquel refresco que después se volvería parte de su vida cotidiana. Lo que había empezado como una industria de barrio, fue transformándose, poco a poco, en una empresa de resonancia regional, pero el crecimiento también trajo exigencias, pues, la demanda del producto se multiplicó y obligó a pensar en grande, así, don Otto había adquirido años antes una manzana cercana al negocio, entre Pacheco, Aldama, la Calle 43a y la avenida Benito Juárez, anticipando que la expansión no sería una posibilidad remota, sino una necesidad ineludible. 

En esa lógica de avance se levantó, ya entrados los años cuarenta, una nueva empresa, la Embotelladora de Chihuahua S.A., creada para responder a la magnitud de la demanda y para ordenar mejor una producción que había dejado de ser artesanal, Ya entrado el año de 1942 aquel impulso tomó forma definitiva con nuevas instalaciones y con una estructura más amplia, diseñada para sostener el ritmo de un mercado que ya reclamaba escala, eficiencia y permanencia. En manos de don Carlos Eduardo Stege Salazar, “La Unión” dejó de ser únicamente la herencia de un fundador para convertirse en una obra propia, sostenida por la experiencia, la administración y una visión práctica del porvenir. El negocio no estuvo exento de tensiones, debiendo enfrentar los límites materiales de su tiempo, la competencia, el crecimiento y las decisiones que suelen separar a los empresarios de los verdaderos constructores de instituciones. 

Sin embargo, su fuerza residió precisamente en esa mezcla de fragilidad y empuje, de riesgo y perseverancia. La empresa siguió expandiéndose, y con ello se afianzó en la memoria de Chihuahua como una de las expresiones más persistentes del trabajo industrial local. Así, Refrescos Unión mantenía esa herencia viva, con décadas de continuidad y una identidad arraigada en el Estado. La historia de la nueva industria se anudó a una esquina precisa de Chihuahua: Aldama y Pacheco, donde el 4 de diciembre de 1937, se asentó el proyecto que habría de darle un nuevo impulso a la empresa familiar; allí, entre el polvo de la ciudad que crecía, y la disciplina de un negocio aún joven, don Carlos Stege Salazar, consolidó su vida al lado de Carolina Muñoz, con quien formó un hogar y crio a sus hijos, recordados en las crónicas locales como Carlos, Olga Carolina, Otto y Jorge. La familia no fue solamente el refugio íntimo del empresario, sino también, la continuidad de una vocación heredada, la de sostener con trabajo una casa refresquera que había nacido décadas atrás, y que, seguía empeñada en vencer las limitaciones de su tiempo. El edificio de 1942, costó 35 mil pesos, fue adaptado y mejorado para cumplir las exigencias de limpieza y producción, y desde el principio quedó claro que, aquella empresa no aspiraba a sobrevivir apenas, quería crecer, ordenar su oficio y dejar huella.

 El crecimiento llegó con el cansancio de todo lo que se multiplica y a partir de 1942, fue necesario ampliar el local, incorporar maquinaria, aumentar personal, y reforzar la flota de reparto, porque la demanda dejó de ser un asunto de ciudad, para volverse una necesidad regional. La embotelladora, que entonces operaba con unos 80 trabajadores, entre administración, planta, choferes, ayudantes y bodegueros, extendió sus rutas hasta Moctezuma al norte, Camargo al sur, la Sierra Tarahumara y Ojinaga, llevando el producto a comunidades apartadas donde el camino era áspero, y la logística exigía una voluntad casi obstinada. Una de las máquinas alcanzaba a llenar 270 botellas por minuto, y el conjunto industrial llegó a estimarse en 2.8 millones de pesos, con dos equipos de producción y una reconstrucción total a cargo del arquitecto Nicolás María Dalmau. En esa expansión, se advierte no solo bonanza, sino también la presión de sostenerla, cada mejora respondía a una necesidad concreta, y cada avance obligaba a otro…Esta Crónica continuará.

“Desde Chicago al desierto: historia de lucha y legado de Otto C. Stege”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea adquirir los libros Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I al XIII, mande un mensaje al 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio, o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111).

Fuentes: libro: El Comercio en la Historia de Chihuahua, 1991; fotos: Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua.

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