
Holbox: mirar sin tocar
Fui a nadar con el tiburón ballena.
Y miren que el mar a mí me paraliza.
Es tan grande… tan él.
No es miedo escandaloso.
Es otra cosa.
Es respeto.
Es conciencia de que ahí no mando yo.
Holbox empieza mucho antes de llegar.
Empieza en Chiquilá.
En ese pequeño puerto donde el tiempo se siente distinto.
En el vuelo de los pelícanos.
En la calma que no pide nada.
Luego abordas el ferry.
Cruzas la reserva de la biósfera Yum Balam.
Y si tienes suerte, aparecen delfines acompañando la travesía, como si te dieran la bienvenida.
Y entonces llegas.
Isla Holbox.
Y entiendes.
Sus calles sin pavimento.
El aire ligero.
La sensación de que no tienes que correr a ningún lado.
Un verdadero paraíso.
Te pierdes entre el azul del mar,
los vestigios que te regala la orilla —caracoles, conchas—,
las hamacas que arrullan sin esfuerzo.
Todo invita a quedarte.
Pero no a poseer.
Y ahí entra algo que para mí es ley:
no puedes alterar ni perturbar a nadie… ni a nada.
Así que decidimos buscar al tiburón ballena en su hábitat.
No traerlo a nosotros.
Ir nosotros a él.
El mar ese día no estaba en calma.
Y yo tampoco.
Había oleaje.
Había movimiento.
Había ese silencio interno que aparece cuando sabes que estás por hacer algo que te saca de lugar.
Nos explicaron rápido.
Nos señalaron el punto.
Y de pronto ya estaba ahí.
Otra vez.
Ese instante donde no controlas nada.
Donde solo decides.
Cuando me dijeron “salta”, lo hice.
Y en cuanto me sumergí… olvidé todo lo que me había dicho el guía.
Todo.
Porque ahí estaba.
Inmenso.
Imposible.
Hermoso de una forma que no se explica.
El tiburón ballena no se acerca… aparece.
Y cuando lo hace, no te da tiempo de pensar.
Solo de mirar.
Me quedé ahí.
Sin moverme.
Sin nadar.
Sin intentar alcanzarlo.
Solo observando.
No podía creer lo que estaba viendo.
No pude nadar a su lado.
No quise.
Porque en ese instante entendí algo muy claro:
te ubicas en tu tamaño.
Y ya no quieres perturbar nada.
Ni tocar.
Ni intervenir.
Ni demostrar nada.
Solo estar.
El miedo a lo desconocido no se fue.
Nunca se va.
Pero tampoco me dejó inmóvil.
Y eso —para mí— fue suficiente.
Me quedé lo que tenía que quedarme.
Y entonces pasó algo que todavía me hace reír.
Lo que me sacó del mar… no fue el tiburón.
Fue una familia enorme de medusas.
Cientos.
Pequeñas.
De no más de quince centímetros.
Y ahí sí… dije: hasta aquí.
Salí inmediato.
Qué ironía, ¿no?
El pez más grande del mundo —más de veinte metros de longitud—
no me hizo salir.
Pero las más pequeñas… sí.
Y entendí algo más:
no todo lo que nos confronta es lo más grande.
A veces son los pequeños límites
los que nos hacen reaccionar.
Holbox no solo es hermoso.
Es honesto.
No intenta ser perfecto.
No intenta gustarte.
Simplemente es.
Y si conectas… te transforma.
Bitácora de pertenencias.
Porque pertenecer no es conquistar.
No es llegar, tomar, imponer presencia.
No es hacerte notar.
A veces —las más importantes— pertenecer es lo contrario.
Es saber mirar sin invadir.
Sentir sin apropiarte.
Estar sin alterar.
Y también…
saber cuándo salir.
Sin ruido.
Sin romper.
Sin dejar huella donde no te corresponde.
Porque hay lugares —y personas— que no necesitan que te quedes.
Solo que los respetes.
Y eso, aunque no lo parezca,
también es amor.