
Por, Sergio Bolio.
En días pasados, Villahermosa, Tabasco fue escenario de una polémica que trascendió la simple anécdota de redes sociales. Una presunta creadora de contenido llamada Adriana Cortés decidió realizar una sesión fotográfica en la vía pública con vestimenta íntima y una estética que pretendía evocar figuras celestiales. Lo verdaderamente preocupante no fue sólo el acto en sí, sino la reacción de una parte de la sociedad: la lujuria fue celebrada como libertad, la provocación fue llamada arte y el escándalo fue presentado como virtud.
Vivimos tiempos extraños, en los que aquello que durante siglos fue considerado un desorden moral hoy es envuelto en palabras seductoras para hacerlo parecer admirable. Se nos dice que exhibir el cuerpo sin pudor es empoderamiento; que buscar atención mediante la sensualidad es emprendimiento; que la cosificación voluntaria es autenticidad. Mas no todo lo popular es bueno, ni todo lo viral es digno de aplauso.
La lujuria no es amor, nunca lo ha sido, es la reducción de la persona a un objeto de placer, la subordinación de la dignidad humana al apetito desordenado. Allí donde reina la lujuria, el alma se vuelve incapaz de contemplar la grandeza de la persona humana; por ello resulta grave que generaciones enteras estén siendo educadas por algoritmos que premian el exhibicionismo y castigan la modestia.
Aún más inquietante fue observar cómo numerosos comentarios en redes no sólo justificaron tales conductas, sino que la misma presunta creadora de contenido atacó mi comentario donde señalé el problema moral; en lugar de debatir ideas, se romantizó el pecado; se confundió la corrección moral con intolerancia; se defendió como normal aquello que deteriora la virtud y debilita el tejido moral de la comunidad.
Cuando ella afirma: “No metas a Dios en esto”, en realidad propone una fe confinada a cuatro paredes. Sin embargo, la fe no fue dada para ocultarse porque la vida moral no termina al salir del templo. Si Dios tiene algo que decir sobre la justicia, la familia, la educación y la conducta humana, entonces también tiene algo que decir sobre la forma en que nos presentamos ante los demás y sobre la cultura que promovemos.
Por ello es necesario que la Iglesia redoble la enseñanza sobre la castidad, la dignidad del cuerpo y el combate contra los vicios; durante demasiado tiempo se ha hablado poco de pecados que hoy son exhibidos públicamente como si fueran trofeos. La caridad exige amar al pecador, pero también exige llamar al pecado por su nombre.
Una sociedad que convierte la lujuria en espectáculo termina perdiendo el sentido de la belleza auténtica, y cuando el vicio se vuelve moda, la verdad se convierte en el acto más contracultural de todos.