Por: Oscar A. Viramontes Olivas
Continuando con el tema de la familia Stege y durante la administración como alcalde de Chihuahua, don Carlos Stege, se iniciaron de manera definitiva los trabajos del Comité Particular Pro-Alumbrado Mercurial del que fue primer presidente el licenciado José María Treviño, y con el apoyo de Stege, se logró dar comienzo a la dotación de luz mercurial a la ciudad de Chihuahua, una transformación que anunciaba el avance urbano y el ingreso definitivo de la capital a una etapa de modernización; durante su administración, prevaleció la honestidad, y su trato con la ciudadanía se distinguió por la cercanía y la apertura.
Acudía al palacio municipal y recibía al pueblo para escuchar sus problemas, lo que fortaleció la imagen de un gobernante atento a las necesidades reales de la población; su gobierno, también se caracterizó por el impulso a la urbanización de Chihuahua, con obras orientadas a modernizar la ciudad y prepararla para su crecimiento, así, entre la industria y el servicio, entre la bonanza y la pérdida, entre la obra pública y la filantropía, la vida de don Carlos Eduardo Stege Salazar, quedó inscrita en la memoria de Chihuahua como la de un hombre que supo convertir el esfuerzo en legado; su historia, es también la de una familia marcada por el trabajo, por la tragedia y por la voluntad de seguir adelante sin renunciar al deber. Don Otto dejó el origen, don Carlos Eduardo, la continuidad, pues uno abrió camino en la empresa, el otro, amplió ese horizonte hacia la educación, la asistencia social y la vida pública, y en esa doble herencia, se resume una parte importante de la historia chihuahuense del siglo XX, la de quienes entendieron que construir una ciudad, no consiste únicamente en levantar edificios o abrir avenidas, sino en dejar instituciones, valores y ejemplos capaces de perdurar más allá del tiempo.
La mañana del lunes 6 de diciembre de 1937, amaneció con el rigor propio del invierno chihuahuense; la oscuridad todavía dominaba buena parte del paisaje cuando, poco después de las cinco de la mañana, don Otto C. Stege abandonó su domicilio en la ciudad de Chihuahua para emprender un viaje de negocios hacia la entonces Villa de Cuauhtémoc hoy Cuauhtémoc; lo acompañaba don Ernesto López, representante de la firma “Quaker Oats”, con quien atendería diversos asuntos comerciales relacionados con aquella importante casa distribuidora. Ambos, abordaron un automóvil Chevrolet placas 37-373 y tomaron la carretera rumbo al occidente del estado, ignorando que aquella travesía habría de convertirse en el último capítulo de una vida dedicada al trabajo, a la empresa y al progreso de Chihuahua. Horas después, cuando la noticia comenzó a circular por la ciudad, el joven Otto Stege Salazar, todavía conmocionado por la tragedia, recibiría en el domicilio familiar a diversos reporteros interesados en conocer los detalles de lo ocurrido.
Con visible serenidad, aunque abatido por el dolor, relató cuanto había podido reconstruir sobre los acontecimientos de aquella fatídica madrugada; explicó que su padre había salido acompañado por el señor López, para atender asuntos comerciales en Cuauhtémoc y que, según los primeros testimonios, el automóvil había sido visto avanzando a considerable velocidad por la carretera. Entre los principales testigos se encontraba el señor Jesús Almodóvar, conductor de un camión de carga que circulaba por la misma ruta, acompañado de su ayudante, Juan Navarrete. Ambos recordaban con claridad el momento en que el automóvil de don Otto los alcanzó, y rebasó más allá del kilómetro diez; cortésmente, se hicieron a un lado para permitirle el paso y durante algunos minutos, continuaron observando, y a la distancia, las luces traseras del vehículo que se alejaba cada vez más sobre la carretera semioscura. Era una época muy distinta a la actual. Los caminos del Estado apenas comenzaban a modernizarse y numerosos tramos permanecían sin pavimentar; las condiciones de tránsito resultaban difíciles, especialmente durante la noche o las primeras horas del amanecer; los automovilistas, dependían únicamente de la potencia limitada de sus faros, de su experiencia al volante y de la prudencia que impusiera el propio camino.
Aquella mañana, mientras avanzaban hacia la región de “Palomas”, Almodóvar y Navarrete continuaron observando a intervalos los destellos de los fanales del automóvil que los había adelantado, de pronto, al aproximarse a la conocida cuesta de “Palomas” e iniciar el ascenso, algo llamó poderosamente su atención, desde el fondo de una barranca emergían extraños reflejos luminosos y al mismo tiempo, el sonido persistente de un claxon rompía el silencio de la madrugada. A la luz de los faros del camión, pudieron distinguir también profundas marcas de derrape que terminaban abruptamente en el borde del camino. Un presentimiento inquietante se apoderó de ambos hombres y, sin perder un instante, detuvieron el vehículo y descendieron apresuradamente hacia el borde del barranco. Lo que encontraron confirmó sus peores sospechas y a unos dieciséis metros de profundidad, se hallaba el automóvil Chevrolet completamente destruido. Las láminas estaban retorcidas, los cristales hechos añicos y la estructura prácticamente irreconocible, el impacto había sido devastador.
Movidos por el deber elemental de auxiliar a quienes se encontraban en peligro, los dos hombres descendieron por la pendiente con la esperanza de encontrar sobrevivientes y al llegar al fondo, percibieron los débiles quejidos de uno de los ocupantes; al acercarse al vehículo, identificaron a don Ernesto López gravemente herido y a don Otto Stege atrapado entre los restos del automóvil. La magnitud del accidente era evidente, comprendiendo la urgencia de la situación, Jesús Almodóvar tomó una decisión inmediata, dejando a Juan Navarrete resguardando el lugar del siniestro y emprendió el regreso a Chihuahua para avisar a la familia, la distancia parecía interminable, y cada minuto que transcurría aumentaba la angustia y la incertidumbre. Al recibir la noticia, el joven Otto Stege Salazar, reaccionó con rapidez. Acompañado por el doctor Humberto Gutiérrez Elías, se dirigió de inmediato hacia el sitio del accidente con la esperanza de que aún fuera posible salvar la vida de los ocupantes.
Sin embargo, al llegar al lugar, la realidad se impuso con toda su crudeza, don Otto C. Stege había fallecido por los violentos golpes sufridos al precipitarse el vehículo hacia el fondo del barranco, habían terminado con la vida de uno de los industriales más reconocidos de Chihuahua en ese tiempo. La escena que encontraron quienes acudieron al rescate, reflejaba la violencia del percance y la impotencia de quienes, pese a todos sus esfuerzos, llegaron demasiado tarde. Con ayuda de varios voluntarios, los rescatistas lograron sacar a los accidentados hasta la carretera. El cuerpo de don Otto sería trasladado a la ciudad, mientras que don Ernesto López, fue conducido de urgencia al Sanatorio Privado. Los médicos diagnosticaron una severa contusión cerebral, fractura en la base del cráneo, múltiples fracturas y numerosas lesiones internas que mantenían su estado entre la vida y la muerte…Esta Crónica continuará.
“Desde Chicago al desierto: historia de lucha y legado de Otto C. Stege”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea adquirir los libros Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I al XIII, mande un mensaje al 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio, o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111).
Fuentes: libro: El Comercio en la Historia de Chihuahua, 1991; fotos: Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua.