
Por, Patricio Deandar Solís
Ariadna Montiel debería de jalarle los pelos a sus dos candidatos para la gubernatura de nuestro Estado. La grilla ya se calentó de a de veras. Si somos críticos, roza lo innecesario mandar gente a protestar en contra de tu rival si es que este se encuentra en el Congreso local. Y viceversa, hablar mal de tu rival en los medios de comunicación, como que no va. Una fragmentación que se replica en el mismo partido en otros Estados y a nivel nacional. Nada nuevo, el mismo López Obrador fue partícipe de la fragmentación que cavó la tumba de la antesala de Morena.
El Frente Democrático Nacional fue el cigoto para formar aquel partido amarillo. El extinto PRD es una leyenda para muchos, para otros, la regla general en un sistema de partidos averiado. El ver aglutinadas a figuras importantes del priismo en contra del dedazo presidencial, fue un hito. Tan es así que se presume –porque no hay forma de comprobarlo– de que hubo fraude en la elección presidencial de 1988.
Es necesario recordar el pasado para evitar sus errores. El PRD nació de las voces disidentes del oficialismo, un poco de todo. Llegaron intelectuales, comunistoides, políticos de sepa y en general todo aquel que pensaba que se tenía que hacer algo más en un país de desiguales. Desde luego también aquellos que buscaban la alternancia en el gobierno.
Consiguieron algo, gobernar ciertos estados y tener poder. Pero, entre ellos mismos se sacaron los ojos. En 2008 hubo elecciones internas en el PRD para elegir una nueva dirigencia; Alejandro Encinas candidato de los “obradoristas” y Jesús Ortega candidato de “Los Chuchos”. Se fueron a elecciones conforme a sus estatutos, y los dos bandos se declararon ganadores, ninguno aceptó la derrota. La cantaleta en los medios de comunicación no faltó, se argumentó de forma recíproca que el fraude venía del otro grupo.
Se llevó la decisión a la Sala Superior del Tribunal Electoral, este órgano falló a favor de Jesús Ortega. A partir de ahí la facción obradorista empezó a distanciarse del partido. AMLO vuelve a ser candidato presidencial en 2012 por el PRD, acompañado del “Movimiento” antes de que tuviera su registro como partido político. Para renunciar poco después de la derrota. Y en 2014, dirigir Morena, ya con su registro del INE, siendo el vehículo que lo llevaría a la Presidencia.
A partir de esa primera fragmentación, se vio el ocaso de la grandeza que algún día tuvo esa organización partidista. En 2024 el INE le hizo el favor a México de desconectar al vegetal que estaba robando oxígeno. Y así muere el PRD.
Toda esta larga historia de cómo un partido terminó sin registro, debe de llevar a Morena a replantearse todas aquellas fragmentaciones que tiene dentro de su estructura. Muchos berrinches, como los de Andy o los de Salgado Macedonio en Guerrero. Muchos pleitos, como el de Cruz y Andrea o el de Layda Sansores y sus diputados en Campeche.
La naturaleza del partido no le permite a la dirigencia tener un control absoluto como sí lo tienen los demás partidos, con excepciones aisladas o imperceptibles en cada uno de ellos. Un líder moral fuera del foco público, con sus pequeños gremlins políticos desperdigados, no le dan a Ariadna o a Claudia un margen de maniobra para imponer su poder.
La dirigencia actual debe de focalizar aquellas problemáticas que en una de esas, pueden llegar a causar la implosión del partido. Al estilo perredista, de una forma lenta y sigilosa, que al pasar de los años debilita lo que alguna vez fue. Ninguno de los casos mencionados tiene la fuerza para llevar a cabo esa implosión, pero deberían cuidar la gallina de los huevos de oro. Uno nunca sabe…