
En días recientes, se ha hecho viral en redes sociales la noticia de que diversos miembros del partido Morena, el mismo que surgió como una fuerza política de transformación, austeridad y cercanía con el pueblo, han sido vistos vacacionando en destinos como Tokio, París o Madrid. Estas imágenes y testimonios, lejos de pasar desapercibidos, han desatado una ola de críticas legítimas: ¿es ético que los representantes de un partido que enarbola la bandera del pueblo realicen viajes ostentosos mientras millones de mexicanos enfrentan precariedad económica?
Morena llegó al poder bajo una narrativa clara: romper con los privilegios del viejo régimen, combatir la corrupción y gobernar con humildad. Sin embargo, las acciones de ciertos cuadros del partido parecen indicar lo contrario. Estos viajes, aunque puedan ser financiados con recursos personales (como ellos mismos han intentado argumentar), no son inocentes políticamente. Quienes ocupan cargos públicos o aspiran a hacerlo tienen una responsabilidad mayor: la de actuar con coherencia frente a los principios que defienden.
El problema no es el viaje en sí, cualquier persona tiene derecho a vacacionar, sino el mensaje político que se envía. En un momento donde hay comunidades en Guerrero, Oaxaca o Chiapas que siguen sin acceso a servicios básicos; donde el sistema de salud enfrenta desabasto; y donde los jóvenes padecen desempleo o violencia, resulta insultante que líderes políticos se exhiban en tiendas de lujo en Europa o disfrutando del verano en Tokio como si nada.
La doble moral de estos personajes deja a Morena muy mal parado, contra diciendo el discurso de transformación que tanto los ha impulsado. Si la “cuarta transformación” quiere conservar credibilidad, necesita algo más que discursos: necesita congruencia. Y eso implica que sus miembros actúen con la misma ética que exigen a los gobiernos pasados.
En resumen, los viajes de estos morenistas no solo son vacaciones: son una señal de alerta sobre cómo el poder, una vez alcanzado, puede tentar incluso a quienes se dijeron diferentes. La transformación no se mide en palabras, sino en actos, y hoy, algunos están traicionando su propio discurso. Al tiempo.