
En México, el crimen organizado dejó de ser un adversario del Estado para convertirse en un sistema paralelo que lo rebasa. No solo lo supera en capacidad de fuego, sino en inteligencia, tecnología, control territorial y adaptación estratégica.
Mientras las instituciones de seguridad operan con estructuras fragmentadas, presupuestos limitados y rezagos normativos, las organizaciones criminales funcionan como corporaciones de alta tecnología con vigilancia propia, análisis de datos, ingeniería avanzada y capacidad de anticipación operativa.
Los datos oficiales y los estudios especializados confirman una realidad incómoda: el Estado mexicano ya no marca el ritmo de la seguridad, lo sigue.

Foto: Redes Sociales
El Índice de Paz México 2025 documenta que la actividad del crimen organizado es el principal impulsor de los niveles extremos de violencia en el país.
Desde 2015, la paz en México se ha deteriorado 13.4 por ciento y la tasa de homicidios aumentó 55 por ciento en una década, acumulando más de 300 mil asesinatos vinculados en gran medida a organizaciones criminales.
Este deterioro no ocurre en el vacío. El mismo informe señala que México destina apenas 0.7 por ciento del PIB a seguridad pública y justicia, menos de la mitad del promedio de países de la OCDE y de América Latina, lo que refleja una inversión insuficiente frente a un fenómeno criminal cada vez más sofisticado.
Diversos análisis coinciden en que una de las principales debilidades del Estado mexicano es la falta de mecanismos eficaces para generar, integrar y compartir inteligencia estratégica entre niveles de gobierno.
El estudio Inteligencia para la Seguridad Pública en las Entidades Federativas de México, elaborado por Juan Carlos Montero Bagatella, académico del Tecnológico de Monterrey, documenta que la mayoría de los estados carece de estructuras formales para producir inteligencia estratégica y que, cuando existen, están limitadas a funciones policiales reactivas, no a prevención ni toma de decisiones de alto nivel.
La investigación revela que la inteligencia en México se encuentra dispersa, subordinada a jerarquías burocráticas y, en muchos casos, sin respaldo normativo claro, lo que la vuelve informal, vulnerable a decisiones políticas y sin controles de rendición de cuentas.
En contraste, las organizaciones criminales operan con modelos de inteligencia propios, capaces de analizar patrones policiales, anticipar operativos y adaptar rutas, métodos y estructuras con rapidez. Esta asimetría ha dejado al Estado reaccionando, no previniendo.

Foto: Cuartoscuro
En la franja fronteriza, los reportes describen un esquema de control que no depende únicamente de la violencia, sino de inteligencia territorial sostenida.
La lógica criminal, se advierte, no se organiza por límites administrativos como estados o municipios, sino por zonas de control definidas por la logística del tráfico y por la capacidad de imponer reglas en corredores específicos.
Esa forma de ordenar el territorio implica lectura fina del terreno, identificación de puntos críticos, control de accesos y administración del movimiento de personas y mercancías, en un nivel que no siempre logra desarticularse con despliegues federales visibles.
En 2025 se consolidaron retenes y cobro de piso como parte de un modelo de dominación territorial. Esos retenes no son solo presencia armada, son puntos de información y control. Permiten vigilar entradas y salidas, identificar rutinas locales, controlar rutas secundarias y medir reacciones de la autoridad y de la población. En los hechos, funcionan como nodos de inteligencia en campo que sostienen la capacidad de los cárteles para conservar zonas aun cuando hay presencia federal.
También se documenta la presencia de personas dedicadas a la vigilancia criminal, el halconeo, cuya cobertura contrasta con la de los sistemas institucionales. Ese halconeo opera como un sistema humano de observación, alerta y seguimiento, que se alimenta de la vida cotidiana y de la movilidad real en calle. La ventaja no está en el enfrentamiento directo, sino en la capacidad de enterarse primero, avisar primero y ajustar movimientos antes de que la autoridad llegue.
A ese control se suma una dimensión económica que también es inteligencia aplicada.
En Tamaulipas, el control descrito se extiende a actividades económicas básicas mediante extorsión sistemática.
La imposición de cuotas a insumos, transporte y comercios no solo genera recursos, también produce información y disciplina social. Identifica actores clave, cadenas de distribución, horarios de traslado y puntos vulnerables, y con ello refuerza la capacidad de sostener control sin necesidad de violencia permanente.
Foto: Cuartoscuro
Todo esto contrasta con el diagnóstico institucional del estudio académico sobre inteligencia pública en los estados. Ahí se documenta falta de mecanismos para generar y compartir inteligencia estratégica entre órdenes de gobierno, además de una visión restringida de la inteligencia enfocada a función policial.
En ese vacío, las redes criminales construyen ventajas de campo basadas en observación, control territorial y administración del riesgo, mientras el Estado opera con información dispersa y capacidades desiguales según la entidad.
La adopción tecnológica no se limita a herramientas sueltas. Se trata de un salto cualitativo que combina fraude, espionaje, logística y blindaje operativo.
Los grupos criminales incorporaron inteligencia artificial, en particular modelos generativos, para producir deep fakes y suplantar identidades con fines de fraude financiero y extorsión, además de optimizar campañas de phishing y evadir controles aduaneros, con un crecimiento acelerado desde 2020.
En el terreno de operaciones y vigilancia, el mismo documento señala que organizaciones como el CJNG y otros grupos recurren a drones modificados para vigilar territorios, transportar droga e incluso ejecutar ataques con explosivos, reduciendo el riesgo para sus operadores, lo que refuerza la asimetría frente a las autoridades.
Ese uso de plataformas aéreas se complementa con mecanismos de protección electrónica. Se describe la presencia de inhibidores de señal de grado militar con capacidad de bloquear comunicaciones y neutralizar drones de vigilancia, junto con aplicaciones de mensajería alteradas con cifrado reforzado para evitar intercepciones.
La expansión tecnológica también se mueve por canales clandestinos de adquisición y reclutamiento. El documento ubica a la dark web como espacio de coordinación para ventas de armas, drogas y datos robados, además del reclutamiento de personal especializado.
En esa misma línea, se afirma que la liquidez del narcotráfico permite invertir de inmediato en redes de comunicación privadas, spyware y kits de hacking adquiridos en esos mercados clandestinos, así como reclutar desarrolladores y hackers para diseñar malware y operar campañas de espionaje o robo de datos.
En el plano financiero, la mutación del lavado de dinero. Se indica que criptomonedas como Bitcoin, Tether y Monero se han convertido en un canal privilegiado para blanquear recursos y que un análisis de la unidad de investigación de SILIKN, una empresa mexicana especializada en ciberseguridad e inteligencia digital, reporta un aumento de 55.8 por ciento en transacciones vinculadas al narcotráfico en los últimos años. Esa digitalización de flujos reduce trazabilidad inmediata, acelera movimientos y agrega una capa de complejidad a la persecución financiera.
En paralelo, el mismo texto registra una creciente ola de ciberataques y hackeos contra sistemas gubernamentales y empresariales, incluyendo fraudes bancarios y secuestros virtuales, como parte del repertorio criminal que ya no depende solo del control físico del territorio.
Esta expansión digital se cruza con un ejemplo concreto asentado en el análisis de frontera. En Ciudad Juárez se describe la proliferación de centros de estafas telefónicas donde personas bajo retención ilegal son obligadas a realizar fraudes financieros, hackeos y estafas de inversión, con infraestructura que utiliza enmascaramiento de dirección IP e interferencia de señales para dificultar su localización, además de reportes de limitaciones de respuesta de unidades de policía cibernética para desarticular esos nodos.
La innovación tecnológica también aparece ligada a logística de tráfico. El documento sobre tecnología criminal señala que los cárteles han desarrollado submarinos semiautónomos capaces de transportar hasta 10 toneladas de droga y que emplean análisis de datos potenciados por inteligencia artificial para estudiar patrones policiales y optimizar rutas, minimizando riesgo de detección.

Foto: X Gabinete de Seguridad
En la frontera norte, esa lógica se refleja en ingeniería clandestina que se vuelve más compleja y menos vulnerable a vigilancia superficial. Se reporta que en Sonora se localizaron túneles con ventilación automatizada, rieles electrificados e iluminación LED, y que en enero de 2026 se identificó un túnel equipado con fibra óptica para comunicaciones internas, permitiendo coordinación de trasiegos sin uso de radiofrecuencias interceptables por el Ejército.
Con estos elementos, la brecha ya no se reduce a quién tiene más armas, sino a quién procesa información, se comunica, se financia y se mueve con menos exposición. Lo que muestran los documentos es una ventaja tecnológica acumulada que se vuelve transversal, toca operación, inteligencia, finanzas y logística, y obliga a reconocer que la disputa por el control ya se libra también en sistemas, redes y canales digitales.
El análisis sobre la Frontera norte de México muestra cómo, pese al despliegue de más de 10 mil elementos federales, los grupos criminales mantienen y amplían su control territorial mediante vigilancia tecnológica, cobro de piso, retenes ilegales y redes de halconeo que superan en cobertura a los sistemas institucionales de videovigilancia.
En estados como Sonora, Tamaulipas y Chihuahua, se documenta el uso de drones con cámaras térmicas, túneles con sistemas de ventilación automatizada, rieles electrificados y fibra óptica para comunicaciones internas, infraestructura que permite operar fuera del alcance de los sistemas oficiales de detección.
El Índice Mundial de Delincuencia Organizada coloca a México como el país con más mercados criminales activos a nivel mundial y tercero en criminalidad total entre 193 naciones evaluadas.
El informe atribuye este posicionamiento a la diversificación del crimen y a una respuesta gubernamental insuficiente frente al debilitamiento institucional.
El diagnóstico es contundente porque la expansión criminal ha sido posible no sólo por la violencia, sino por la incapacidad del Estado para contener, regular y anticipar un fenómeno que opera con lógica empresarial y tecnológica.
Con información de Político.mx