
Hoy vengo a contarles cómo los locos nos encontramos.
No por casualidad.
No por algoritmo.
Por afinidad del alma.
Nos encontramos porque vibramos en la misma frecuencia.
Los locos somos esos que soñamos despiertos,
los que creemos en lo invisible,
los que caminamos con un titipuchal de tradiciones abriéndonos paso
aunque el mundo vaya con prisa.
Entre nosotros nos reconocemos.
Como si lleváramos un dije espiritual colgado al pecho, una señal que no se ve, pero se siente.
No hace falta presentarnos:
sabemos cuándo el otro es de los nuestros.
Y sin conocernos, nos ayudamos.
Nos impulsamos.
Nos abrimos camino.
Porque no competimos: hacemos comunidad.
Somos gente hecha artesanalmente, a la vieja guardia, con las manos, con paciencia, con fe.
Traemos las creencias de nuestras abuelas,
los rezos que no se escribieron,
los saberes de los ancestros
que siguen caminando con nosotros
aunque no los nombremos.
En mi búsqueda —esa que no es moda ni nostalgia, sino necesidad—
he tenido hallazgos increíbles.
Es verdad: con facilidad me allego de amigos, o mejor dicho, de los míos.
Y es que coincidir con personas así me llena,
me inspira y, a veces, me salva.
Ahí, en ese lugar que bien podría parecer la casa de mi abuela, esa donde siempre nos esperaba algo más que comida, nos conocimos.
Estaba detrás del fogón,
moviendo con calma lo que ya sabía que iba a salir bien.
Me preparó unos huevos oaxaqueños con hoja santa y juro que, por un momento, sentí que era la matriarca de la familia quien me los servía,
como si el tiempo hubiera decidido
doblarse tantito para dejarnos pasar.
Porque no importa qué pase,
siempre buscamos el sabor del hogar,
el lugar de donde crecimos.
Y aquí, de alguna manera, lo encontré.
Oaxaca en Querétaro.
En eso soñó Héctor Cabrera.
Un cocinero de 39 años, nacido en la Bella Antequera, con madre istmeña y padre originario de Celaya, Guanajuato.
Y Karla —no podemos dejar de mencionarla—,
su esposa y madre de sus dos pequeños hijos,
porque el sostén cotidiano también es raíz
y la vida compartida también construye.
Héctor nunca imaginó dedicarse a la cocina.
Lleva 17 años en este camino
y dice que no estaba en sus planes.
Ya sabemos cómo va ese viejo refrán:
cuéntale tus planes a Dios y se reirá.
No es improvisado.
Ha trabajado duro.
Ha colaborado con chefs reconocidos
en restaurantes y hoteles de gran calidad.
Ha sido nómada del aprendizaje.
Gracias a su abuela conoció la cocina.
Y es que las abuelas —la suya, la mía, la de ustedes— siempre tuvieron algo que enseñarnos.
Por eso las amamos,
aunque algunas ya no estén.
Ella le inculcó el amor al guiso
y el respeto al ingrediente.
Eso a Héctor nunca se le olvidó.
Se nota en cuanto pruebas lo que sus manos crean.
Llegó a Querétaro hace más de una década
y, como yo, buscaba reconectar con la raíz,
con el sabor del hogar.
Así nació XHUA’A Cocina de Raíz Oaxaqueña.
XHUA’A significa maíz en zapoteco.
Una palabra de origen. Todo es raíz.
Porque el concepto es maíz.
Héctor soñó con reproducir los platos más representativos: los sabores que te remiten al mercado de La Merced, al 20 de Noviembre, al pasillo de humo, a los chapulines que te ofrecen mientras haces el mandado.
Pasó largo tiempo buscando proveedores en Oaxaca que le garantizaran calidad, pero no se quedó ahí.
Decidió buscar mujeres, mamás y abuelas productoras.
Ellas que respetan el ingrediente,
que trabajan de forma artesanal,
que cuidan el proceso, la pulcritud y la dedicación.
La logística es compleja, pero para él vale toda la pena.
Cada preparación lo lleva a su infancia:
a las tlayudas, a los molotes, a esos sabores que no se olvidan
y que hoy se expresan en cada platillo.
Su cocina es sana, cuidada, bien integrada.
De ingredientes nobles.
El comensal que llega ahí es un privilegiado.
Antes incluso de cruzar palabra con Héctor, yo ya lo había escrito:
En XHUA’A Cocina de Raíz, el chef Héctor logra algo más que preparar comida: despierta memorias.
Cada bocado de su cocina oaxaqueña me llevó de regreso a la infancia, a esos sabores que no solo alimentan el cuerpo, sino que reconectan con el origen.
Aquí no se sirven platillos, se sirven recuerdos.
La sensibilidad con la que trabajan los ingredientes convierte la experiencia en un viaje íntimo y profundo, donde la tradición se transforma en abrazo.
XHUA’A no es solo un restaurante: es un espacio donde la raíz se vuelve presente y la memoria se celebra en cada mesa.
Entonces lo entendí mientras comía:
los locos no solo soñamos.
Nos encontramos para sostenernos.
Porque cuando alguien cocina desde la raíz
no sirve platillos:
reconoce a los suyos.
Y cuando eso sucede,
la mesa deja de ser mesa
y se vuelve hogar.
Eso también —aunque no siempre se diga—
es comunidad.
XHUA’A Cocina de Raíz Oaxaqueña & Galería
habita en la calle 5 de Mayo 144,
en La Santa Cruz, en el Centro de Querétaro.
Por si la raíz también te anda buscando.
Por, Jessica Valdez.