
Desde mi trabajo como terapeuta, he acompañado a muchas familias en uno de los momentos que debería ser sencillo: el ingreso de un hijo a la escuela. Para algunos niños, este paso se convierte en su primer encuentro con el rechazo.
La escena suele repetirse. Los padres llegan con apertura y honestidad, informan sobre la condición de su hijo con la intención de colaborar y generar apoyos. Sin embargo, el ambiente cambia. No hay una negativa directa, sino silenciosa, frases cuidadas y explicaciones que parecen razonables: “quizá no contamos con lo necesario”, “no queremos que el niño se frustre”, “tal vez otra escuela pueda atenderlo mejor”. El mensaje final es claro: no será aceptado.
Desde una mirada terapéutica, esta forma de exclusión tiene consecuencias que pocas veces se consideran. Cuando una escuela cierra la puerta, no solo limita el acceso a la educación; también siembra dudas profundas. El niño comienza a percibirse como un problema y la familia aprende, muchas veces sin notarlo, a justificar el rechazo como algo normal.
En consulta, estas experiencias aparecen con frecuencia. Niños que llegan con baja confianza, padres que miden cada palabra para no provocar otro “no”, familias que se acostumbran a buscar espacios donde simplemente los toleren. Todo inicia con un sistema que prefiere excluir antes que adaptarse.
Es importante señalar que muchas escuelas no actúan desde la mala intención, sino desde la falta de preparación y el miedo a no saber cómo acompañar. Sin embargo, cuando esas limitaciones se traducen en rechazo, dejan de ser un asunto interno y se convierten en una vulneración de derechos. La educación no debería depender de qué tan fácil resulte atender a un alumno.
La escuela no es solo un lugar para aprender contenidos. Es un espacio que influye directamente en la autoestima, la seguridad y el sentido de pertenencia. Cuando se niega el acceso por una condición, se envía un mensaje que trasciende lo académico: que no todos tienen el mismo lugar.
Hablar de esta realidad no busca señalar culpables, sino visibilizar una práctica silenciosa que sigue repitiéndose. Mientras la inclusión se trate como una excepción y no como parte del proceso educativo, seguiremos atendiendo las consecuencias emocionales de una exclusión que pudo evitarse. El verdadero desafío está en los espacios que aún no están dispuestos a cambiar.
L.C.H EDNA PONCE / KP SOLUCIONES