
Vivimos en una época donde la identidad ya no solo se construye: se expone, se cuestiona, se reinventa y, muchas veces, se confunde.
En este contexto aparecen fenómenos como los therians: personas que no solo sienten afinidad por un animal, sino que experimentan una identificación profunda con él a nivel emocional o espiritual.
Y aquí es donde surge una pregunta delicada pero necesaria:
¿Estamos frente a una expresión artística, una búsqueda legítima de identidad… o una distorsión?
Como especialista en relaciones humanas y personalidad, es importante separar tres cosas que hoy suelen mezclarse:
1. La representación artística
2. La expresión simbólica
3. La identidad psicológica
Y no son lo mismo.
El arte siempre ha sido animal
Desde las pinturas rupestres hasta el ballet clásico, el ser humano ha usado animales para representar emociones humanas.
Un ejemplo claro:
Un bailarín interpretando al Gato con Botas en una presentación de ballet.
Ese bailarín no cree ser un gato.
No vive como gato.
No se identifica psicológicamente como felino.
Está usando el símbolo del gato para representar astucia, elegancia, picardía.
Eso es arte.
El arte es metáfora.
Es lenguaje simbólico.
Es juego consciente.
El arte expande la identidad sin reemplazarla.
¿Qué cambia cuando hablamos de therians?
En el caso de algunos therians, la identificación no es teatral ni simbólica. Es interna. Persistente. Parte de su autopercepción.
Aquí es donde debemos tener mucha prudencia y humanidad.
No se trata de burlarse.
No se trata de atacar.
Se trata de entender qué está pasando emocionalmente.
Muchas veces detrás de estas identificaciones profundas encontramos:
• Necesidad intensa de pertenencia
• Sensación de no encajar en el mundo humano actual
• Rechazo o heridas sociales
• Búsqueda de una identidad clara en un entorno confuso
• Idealización de cualidades animales (lealtad, libertad, instinto, pureza)
El animal se convierte en refugio simbólico.
Y ahí es donde aparece la línea fina entre representación y distorsión.
En psicología se habla de distorsión cuando la percepción de uno mismo se aleja de la realidad objetiva de manera rígida y persistente.
No es jugar a ser.
Es creer que se es.
No es interpretar.
Es sustituir.
Cuando la identidad humana se fragmenta o se diluye, puede buscar formas alternativas de reconstruirse. El animal ofrece algo atractivo: simplicidad, fuerza, instinto, ausencia de juicio social.
Pero la identidad saludable no niega la humanidad. La integra.
La necesidad profunda de encajar
La generación actual vive una paradoja:
Nunca hubo tanta libertad para “ser quien eres”.
Y nunca hubo tanta presión por definir quién eres.
Las redes sociales exigen etiqueta.
Los grupos exigen pertenencia.
La cultura exige autenticidad inmediata.
Pero la identidad no se construye en un día.
Se construye con experiencia, responsabilidad y contacto con la realidad.
Cuando un adolescente o adulto joven siente que no encaja, puede buscar refugios identitarios fuertes. Algunos lo hacen en tribus urbanas. Otros en ideologías. Otros en comunidades digitales. Y algunos en identidades animalizadas.
No es el animal el problema.
Es el vacío que intenta llenarse.
El ballet y la representación consciente
Volvamos al ejemplo del Gato con Botas.
En el escenario, el cuerpo humano expresa cualidades animales. Pero el bailarín no deja de ser humano.
Al contrario: usa su técnica, disciplina y conciencia para transformar su cuerpo en arte.
Eso es integración.
El arte toma el símbolo y lo eleva.
La distorsión toma el símbolo y lo reemplaza.
En el arte hay juego y conciencia.
En la distorsión hay escape y fusión.
Entonces… ¿cómo acompañar sin atacar?
Desde las relaciones humanas necesitamos tres cosas:
1. No ridiculizar.
2. No validar ciegamente sin reflexión.
3. No ignorar la necesidad emocional detrás.
Cuando una persona necesita convertirse en algo distinto para sentirse válida, no necesita juicio. Necesita contención, guía y construcción de identidad real.
Porque la verdadera pertenencia no se encuentra huyendo de la humanidad.
Se encuentra aprendiendo a habitarla.
El arte sana. La evasión anestesia.
Representar un animal en ballet puede ser profundamente liberador.
Identificarse simbólicamente con cualidades animales puede enriquecer la personalidad.
Pero perder el anclaje en la realidad humana es otra cosa.
El mundo actual necesita personas que integren su instinto con su conciencia.
Su naturaleza con su responsabilidad.
Su autenticidad con su equilibrio.
No necesitamos más etiquetas.
Necesitamos más identidad sólida.
La pregunta no es si alguien se siente gato, lobo o ave.
La pregunta es:
¿Eso te ayuda a crecer como ser humano…
o te aleja de ti?
Porque la identidad sana no borra lo que eres.
Lo fortalece.
Y quizás, en lugar de convertirnos en animales para escapar del juicio humano, el verdadero reto sea aprender a ser humanos con dignidad, fuerza y propósito.
Como en el ballet.
Con técnica.
Con conciencia.
Y con los pies firmes en el escenario de la realidad.
Con Cariño Erika Rosas.