
“Ser servidor público implica cargar con las esperanzas y frustraciones de la sociedad y exige humildad y compromiso”. —José Mujica, expresidente de Uruguay.
Aún no inician los tiempos oficiales de precampaña, y algunos aspirantes han encontrado la manera de darle la vuelta a esa restricción. Y, bueno, aparece la “casualidad” de ofrecer a la ciudadanía la oportunidad de conocer los avances obtenidos gracias al actuar del aspirante en X puesto. ¡No es campaña!
La motivación para participar es legítima. De hecho, debemos procurar que levanten la mano los mejores perfiles, aquellos que nos conduzcan por el buen camino, impulsando el desarrollo de nuestras comunidades y el bienestar de la población. Pienso que debe ser una mezcla de vocación de servicio —influir en decisiones que afectan a la comunidad— y ambición personal, un espacio donde se cruzan el servicio, poder y prestigio.
Pero esa legítima ambición y vocación deberían ser congruentes. Hay que evitar adelantarse a los tiempos y convertir a nuestra comunidad en un aparador eterno. Nos presentamos como candidatos austeros, cercanos y comprometidos; pero cuando vemos espectaculares, portadas pagadas en revistas y bardas pintadas, resulta difícil explicar el origen económico y la capacidad de gasto.
Supongo que algunos aspirantes saben que no cuentan con una verdadera posibilidad de ser elegidos. Entonces surge la pregunta: ¿para qué lo hacen? Se intuye que buscan formar capital político y negociar otra posición que les permita mantenerse en el juego. ¿Será una estrategia efectiva a largo plazo?; ¿Cómo se mide el retorno político de inversión por cada peso gastado? No tengo la respuesta.
Es positivo que exista interés en participar en la vida pública y asumir la responsabilidad de un cargo de elección popular —tarea nada sencilla— Pero cuidado con la congruencia: la gente se da cuenta.
Por: César de la Garza Licón / cesardelagarzalicon@gmail.com