
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
violioscar@gmail.com
Esta es la memoria viva de una herida de tierra que se transformó en el corazón palpitante de una ciudad, es la crónica de la avenida Independencia, una vía que no se construyó con simple asfalto, sino con el dolor de la piedra derribada, el sudor de generaciones, y la visión de hombres que comprendieron que, para alcanzar el cielo, a veces hay que destruir los cimientos del pasado; en los albores de la Villa de San Felipe el Real de Chihuahua, el desierto lo devoraba todo, lo que hoy se extiende como una majestuosa plancha de cantera y progreso, no era más que una cicatriz irregular trazada sobre la tierra árida, una senda que conectaba las esperanzas de los primeros pobladores con el latido incipiente de la Plaza de Armas. En el fragor del siglo XIX, a esta senda angosta se le bautizó con un nombre nacido de la necesidad y el sudor de mucha gente emprendedora, la “Calle del Comercio” en 1884.
Fue el Ayuntamiento de Chihuahua quien, observando cómo el destino de la ciudad se tejía en los mostradores de los mercaderes más prósperos, decidió oficializar su vocación, era el eje absoluto del trueque, allí, bajo un sol que castigaba sin piedad, las carretas cargadas de plata de las minas, y ricas telas de ultramar, chirriaban sobre el lodo en las lluvias y levantaban tormentas de polvo sofocante en las sequías. La “Calle del Comercio” era un pasadizo asfixiante, flanqueado por gruesas casonas de adobe, que se miraban frente a frente a escasos siete u ocho metros de distancia, permitiendo apenas que dos carruajes se cruzaran, conteniendo la respiración; el sacrificio era cotidiano, pero el beneficio era la supervivencia misma de una economía que se negaba a morir en el aislamiento.
Sin embargo, el alma de Chihuahua era demasiado grande para conformarse con un callejón, y durante la efervescencia del Porfiriato, en 1894, la ciudad sintió la urgencia de sacudirse la tierra de los botines, y vestir ropajes de modernidad, sin embargo, contagiados por el fervor patriótico que prometía orden y progreso, los gobiernos estatal y municipal, decidieron rebautizar su arteria más vital; la despojaron de su nombre mercantil, y la consagraron a la gesta heroica de la nación, así, nacería la avenida Independencia. Aquello no fue un simple cambio de nomenclatura, fue un conjuro, la promesa silenciosa de que Chihuahua dejaría de ser un pueblo para erigirse como metrópoli. Pero la modernidad verdadera, no llegaría con firmas en un papel, llegaría con estruendo.
Si, la avenida Independencia tuvo un arquitecto visionario y brutal, ese fue Francisco Villa, ya que, corría el gélido diciembre de 1913, y tras la toma de la ciudad de Chihuahua a sangre y fuego, el Centauro del Norte asumiría la gubernatura provisional; al asomarse por los balcones del centro, Villa no vio una avenida funcional, observó un encierro inaceptable para el orgullo de su caballería y una ofensa para la capital revolucionaria que hervía en su mente y en un acto de audacia sin precedentes, que hoy haría palidecer a cualquier urbanista, Villa sentenció a muerte la estrechez de la avenida, por lo que ordenaría que la arteria, que apenas rozaba los ocho metros, fuera desgarrada y ensanchada hasta alcanzar unos imponentes 25 a 30 metros. El método fue tajante, la demolición fue implacable, se dice que el propio General, cabalgando junto a su estado mayor, marcó con dedo de hierro la línea de la fatalidad sobre las aceras. Los mazos cayeron sin misericordia sobre el adobe y la cantera tallada; fincas coloniales, portales porfirianos, y las opulentas casonas de las familias ligadas al antiguo régimen, como los Terrazas, perdieron sus fachadas originales en medio de nubes de polvo centenario; fue un sacrificio forzado y doloroso, los dueños vieron con lágrimas de impotencia, cómo sus salones de baile y patios íntimos, quedaban expuestos al aire libre para luego convertirse en simple banqueta.
La cicatriz de esta demolición es visible hoy, en el emblemático edificio del que fuera el “Banco Minero” (hoy el lado derecho del edificio de la presidencia municipal de Chihuahua), este coloso de piedra, símbolo de la riqueza que Villa detestaba, se salvó de la piqueta pero quedó repentinamente huérfano de sus antiguos vecinos, y al caer las casonas contiguas, el Banco Minero quedó expuesto, marcando el nuevo y monumental límite de la calle, sin embargo, el dolor de la destrucción, trajo consigo un regalo de belleza incalculable, pues, al abrir la avenida, Villa rasgó el velo de asfixia que tenía y le regaló a la ciudad la magnífica perspectiva a la Catedral Metropolitana, por primera vez en la historia, sus torres de cantera, pudieron ser admiradas desde la distancia, dominando el horizonte. La obra costó 200,000 pesos de la época, una fortuna expropiada a la élite, pero el beneficio fue eterno; Villa, construyó una avenida donde su ejército pudo desfilar bajo el sol, emulando la grandeza de las capitales europeas.
Las décadas transcurrieron, y la avenida, ensanchada y orgullosa, encontró su límite geográfico frente al cauce del río; fue en la década de los 50, cuando la ciudad, desbordada de vitalidad, exigió romper sus fronteras, por ello, el presidente municipal, don Ramón Reyes García (1968-1971), recogió la antorcha del sacrificio urbanístico. Bajo su mando, se orquestó una de las epopeyas de ingeniería más ambiciosas de la época, prolongar la avenida hacia el norte y desafiar el imponente canal del Chuvíscar. Reyes, movilizó maquinaria pesada, y gestionó créditos con la fe de un soñador, inyectando más de un millón de pesos, cifra astronómica para las arcas municipales de aquel tiempo, en puentes de acero y concreto. El beneficio resonó en cada rincón de Chihuahua, por ello, la Independencia dejó de ser un majestuoso callejón sin salida, para transmutarse en la espina dorsal que uniría dos mundos, cruzando sobre las aguas y abriendo las compuertas hacia el norte infinito de la capital.
A lo largo de los años sesenta y setenta, la arteria se vistió de asfalto moderno, semáforos y luminarias, durante la gestión del gobernador Oscar Ornelas y las subsecuentes eras de regeneración política, la Independencia fue despojada de sus telarañas de cables aéreos, devolviéndole la dignidad visual a su cielo. Pero la ciudad creció hasta ahogarse de nuevo, esta vez no por adobes estrechos, sino por un mar de acero y motores, pues para 2012 y 2013, durante la administración del alcalde Marco Adán Quezada Martínez, el centro histórico agonizaba bajo el tráfico vehicular y la solución, demandaba el sacrificio más grande desde la época de Villa, había que romper las entrañas mismas de la tierra.
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