
Por: Lucía Elia Salmón Reyes
lucysalmn@yahoo.com
Licenciada en Psicología- Universidad de Estudios Avanzados (UNEA)
Hoy me dirijo a ti, mujer, que regalas unos minutos de tu tiempo a estas líneas, muchas veces olvidamos la fuerza profunda que guardamos en el interior, y la manera en que cada día nos ofrece la posibilidad de reconstruirnos y crecer. Desde el primer aliento al despertar, hasta el reposo nocturno, cada jornada es un milagro pequeño y continuo de veinticuatro horas, que podemos emplear para edificar, transformar o sanar; los retos existirán siempre, es cierto, pero nosotras decidimos cómo afrontarlos, con qué actitud, y con qué, esperanza salimos adelante.
Es posible que en ocasiones las circunstancias sobrepasen nuestra paz, y nublen la visión para encontrar soluciones rápidas, pero precisamente en esos momentos es cuando la fe, la gratitud y la solidaridad con nosotras mismas, hacen la diferencia. Vivir bien, no es la ausencia de problemas, es la capacidad de reconocerlos, pedir ayuda cuando se necesita, y agradecer por aquello que permanece: la vida, el aliento, la posibilidad de mirar hacia adelante; cada mañana encuentro en la gratitud un anclaje, agradecer el simple hecho de despertar, la posibilidad de caminar, la oportunidad de dirigirme a mis responsabilidades, y disfrutar de la compañía de quienes amo. Con frecuencia damos por sentado lo cotidiano, el calor de un hogar, una mano amiga, el pan sobre la mesa, y perdemos la costumbre de agradecer los detalles pequeños que sostienen nuestro bienestar.
Por eso te propongo detenerte, aunque sea un instante, para elevar la mirada y dar gracias, si, necesitas claridad, pídesela al que todo lo puede; si requieres fortaleza, eleva tu súplica; si buscas paz, permítete un silencio interior donde escuchar tu propia voz. Dios, la vida, el destino, cada uno, con su palabra, nos ha confiado dones y tareas; si tienes hijos, ofrécelos a la protección que te da consuelo, y confía en que la vida tiene su curso, sin embargo, no olvides nunca que eres fuerte, que eres sal en la tierra y creadora de vidas y proyectos; la sonrisa auténtica es un acto de valentía y de belleza, porque ilumina el día propio y el ajeno. Nuestro paso por este mundo es breve, pero en nuestras manos está hacerlo significativo; transformar lo cotidiano en memoria, lo ordinario en ejemplo, la dificultad en lección. Recuerdo a una mujer mayor que conocí hace algunos años, su vida, fue un testimonio de resistencia y gratitud; nacida en tiempos de revoluciones, su infancia fue de trabajo y aprendizaje; ayudaba en la hacienda familiar, estudiaba con la guía de su madre, y desde muy joven, conoció la dureza del esfuerzo rural, siembra, cosecha, preparación de alimentos, en un entorno sin electricidad, donde todo requería ingenio y entrega.
Hubo episodios que marcaron su existencia; debió refugiarse con su madre y hermanos, para huir de la violencia y, al regresar, encontró la ausencia de su padre; la viudez de una madre con seis hijos parecía un abismo, pero la familia persistió y venció la adversidad con trabajo, solidaridad y fe. Esa mujer, ya anciana, contaba sus desvelos y dolores con una serenidad envidiable; su madre, había fallecido cuando ella tenía veinte años y desde entonces, la vida le impuso un afán diario que se tornó aprendizaje. Entre sus penas, la pérdida más desgarradora fue, la de una hija joven que dejó a cuatro pequeños en situación de orfandad; el dolor de esa ausencia la quebró, sin duda, pero también la enseñó a sostenerse en la fe y en la comunidad. A lo largo de su existencia, enfrentó duelos, alegrías, días luminosos y nubes densas; la vida, como bien decía, tiene sus estaciones y depende de nosotros la manera en que las transitamos.
En sus últimos años, luchó contra un cáncer que le quitó la movilidad en los meses finales, sin embargo, mantuvo la sonrisa, la serenidad y la fe hasta el final; su luz, su bondad y su hospitalidad, quedaron impresas en todos los que tuvieron la dicha de conocerla; despertaba al alba, para preparar café y burritos que ofrecía a los trabajadores del municipio, y más que alimento, les regalaba dignidad, calor humano, y una bendición que brotaba de su mirada y de su humilde servicio. El día de su partida, el recuerdo de sus ojos verdes y su sonrisa cálida resonó entre quienes la conocieron, como prueba de que no es tanto lo que nos sucede, sino cómo lo enfrentamos, lo que define la calidad de nuestros días. Si, algo deseo para ti, es que estas palabras sean un estímulo para cultivar la gratitud, la fortaleza y la compasión contigo misma y con los demás.
Que cada amanecer te encuentre agradecida por la vida, y dispuesta a transformar las dificultades en oportunidades de crecimiento; que recuerdes siempre sonreír, porque la sonrisa es gesto de esperanza que cambia la percepción del mundo. Permítete reconocer las heridas sin que ellas, definan tu identidad; acéptalas, atiéndelas y, si es necesario, busca apoyo en quien pueda sostenerte. Eres valiosa por quien, eres, no por lo que haces; tus esfuerzos importan, tus decisiones cuentan, y tu voz merece ser escuchada. Vive con gratitud, afronta con coraje, ama con libertad y conserva la fe que te acompaña en los momentos más oscuros. Así, paso a paso, construirás una vida que, aunque breve, será profunda y trascendente. Que Dios te bendiga, y que este mensaje sea una exhortación suave y firme para tu camino. Recuerda, mujer, que tu fuerza cotidiana es la que transforma el mundo entero.