
Crónicas de mis Recuerdos
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
Continuando con la segunda parte sobre la crónica del Hotel Pacífico y entrar al mismo, era una experiencia sensorial completa, que comenzaba desde el umbral; el vestíbulo, no era solo una sala de espera, sino un escenario de altivez estética donde el mármol frío, contrastaba con la calidez de las maderas preciosas de los muebles. Don Felizardo, no escatimó en detalles, amuebló las treinta habitaciones con un estilo arquitectónico moderno-funcional, sobrio y profundamente cómodo, instalando lámparas de diseño vanguardista, cortinas de telas pesadas y elegantes, y algo que para la época era un lujo excepcional: teléfono y televisión en cada cuarto, este despliegue de tecnología solo era comparable con el del Hotel Victoria, pero el Pacífico poseía una mística diferente, una calidez provinciana y atenta que los gigantes de cadena no podían emular.
Don Felizardo solía decir, con una sonrisa de satisfacción radiante, que la gente de la Tarahumara ya tenía un hogar en Chihuahua, donde podían estrechar la mano de los amigos y conversar bajo la sombra protectora de las torres de la Catedral, a tan solo unas cuadras de distancia. Pero si el edificio era el cuerpo del hotel, el restaurante era su alma latente, el lugar donde el aroma del café de talega y las tortillas de harina recién paloteadas, creaban una atmósfera de bienvenida irresistible. La jefa de cocina, una mujer de manos sabias y temple indomable, regentaba los fogones como si fueran un altar; su menú, era una carta de amor a la gastronomía chihuahuense, los desayunos, consistían en huevos montados sobre tortillas ligeramente pasadas por aceite, bañados en una salsa de chile pasado, que era picante pero terciopelada, acompañados de frijoles refritos con manteca de cerdo que brillaban bajo la luz de las lámparas modernas. Para la comida, el "asado de puerco" del Pacífico se volvió legendario, una carne suave y jugosa, sumergida en un adobo rojo, denso y especiado que obligaba a los comensales a pedir una segunda canasta de pan. Los cortes de carne, provenientes de los ranchos de los amigos ganaderos de don Felizardo, se servían con una maestría que hacía que el cuchillo se deslizara como si fuera mantequilla, sellados con una costra de sal y pimienta que encerraba todos los jugos de la llanura.
En los años setenta, el hotel vivió su madurez dorada, convirtiéndose en un hervidero de intelectuales y profesionales, un joven estudiante de medicina llamado Roberto, recordaba que, aunque su presupuesto era limitado y ajustado, ahorraba cada centavo para hospedarse en el Pacífico cuando tenía exámenes cruciales, pues el silencio sepulcral de sus pasillos y la calidad de su iluminación tenue, le permitían concentrarse como en ningún otro lugar. Para Roberto, el hotel era un santuario de orden y paz, en medio del caos del crecimiento urbano. Similar era la experiencia de Mr. Thompson, un geólogo estadounidense de carácter enigmático que trabajaba en las minas cercanas, quien encontraba en el hotel un "oasis de sofisticación rústica". Thompson se maravillaba de que, en una ciudad tan extremosa como Chihuahua, donde el calor es agobiante y el frío cortante, el Pacífico mantuviera siempre una temperatura interior perfecta y un servicio de habitación impecable que le permitía disfrutar de un filete bien cocido mientras redactaba sus informes bajo la luz de una lámpara que parecía sacada de una revista de diseño de Nueva York.
La octava experiencia rescatada del olvido, pertenece a Carmen, una secretaria que trabajó en las oficinas gubernamentales cercanas durante años; ella no se hospedaba ahí, pero acudía diariamente al restaurante del hotel para sus reuniones de negocios. Para ella, el Pacífico era el termómetro social de la ciudad; en sus mesas, se decidían destinos políticos, y se cerraban contratos mineros, todo bajo la mirada vigilante y siempre energética de don Felizardo, quien recorría el lugar supervisando cada detalle, desde la limpieza de los ceniceros de cristal, hasta la presión de las calderas. Carmen, recordaba que el hotel siempre olía a café recién molido, y a ese perfume de los hombres de negocios que, entre humo de tabaco y risas francas, construían el Chihuahua moderno.
Con el paso de las décadas, la fisonomía del centro fue cambiando, y aquel barrio que don Felizardo soñó con transformar mediante la tenacidad y el cariño, empezó a sucumbir a las presiones de la modernidad más impersonal. El Hotel Pacífico, que nació para sustituir tugurios de mala muerte y edificios en ruinas, terminó convirtiéndose él mismo, en una reliquia de un tiempo que ya no regresaría. Sin embargo, su legado persiste en la memoria de quienes valoraron ese esfuerzo genuino por ofrecer un "hogar fuera del hogar". Don Felizardo Pérez R., el hombre que cerró los ojos y aspiró aire antes de derribar el pasado, logró su cometido, durante décadas, el Pacífico no fue solo un edificio de treinta habitaciones, sino el símbolo de una ciudad que, ansiosa de recibir al mundo, aprendió a tratar al forastero con la misma calidez con la que se recibe a un hermano.
Hoy, aunque el Cine Estrella sea solo ceniza y el hotel ya no reciba huéspedes, su historia permanece como una crónica de la resiliencia humana. Nos recuerda que Chihuahua siempre ha sido una tierra de encuentros memorables bajo las sombras majestuosas de sus torres catedralicias y sobre las piedras históricas de su pasado revolucionario. El Pacífico fue, en esencia, el reflejo de una era donde la hospitalidad era una forma de arte y la arquitectura funcional, un compromiso sagrado con el progreso. Su desaparición física, no ha borrado la huella indeleble que dejó en el alma de todos aquellos que alguna vez cruzaron su umbral buscando no solo una cama, sino un pedazo de esa Chihuahua hospitalaria, fuerte y eterna que don Felizardo construyó con sus propias manos y su visión infatigable.
El Cine Estrella no era simplemente una sala de proyecciones, era una catedral de celuloide con una marquesina incandescente que iluminaba las noches de la Aldama con un brillo hipnótico. Los huéspedes del Hotel Pacífico, solo tenían que cruzar la calle para sumergirse en la penumbra aterciopelada de su sala, donde el aroma a palomitas de maíz con mantequilla, se mezclaba con el perfume distinguido de las damas que acudían a las funciones de gala. Sin embargo, la cronología de este sector de la ciudad, daría un vuelco dantesco a mediados de los años sesenta. La tragedia se gestó en el silencio de los rollos de película, materiales altamente inflamables que en un descuido del destino se convirtieron en la mecha de un incendio feroz, devastador e incontrolable. Don Felizardo recordaba con una tristeza profunda aquella noche en que el cielo de Chihuahua se tiñó de un rojo siniestro. Desde los balcones del Hotel Pacífico, los huéspedes observaban con ojos atónitos cómo las llamas voraces devoraban las cortinas de seda y las butacas de madera del Estrella. El calor era tan intenso que los cristales del hotel vibraban con un lamento metálico, y el aire, antes puro y fresco, se volvió una masa densa de humo negro y recuerdos calcinados…Esta crónica continuará
El Centinela de la Aldama: Gloria y Polvo del Hotel Pacífico, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea los libros de la colección de los Archivos Perdidos, tomos del I al XIII, adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111 y al celular 614-148-85-03 que con gusto se los llevamos a domicilio.
Fuente: Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua.